1 de agosto de 2003

La perla del Mar Negro

No sé por qué, me he acordado hoy de Sochi, la ciudad balneario rusa por excelencia. Situada a orillas del Mar Negro, en las estribaciones del Cáucaso, vivió un gran esplendor cuando el régimen soviético estaba en auge y me cuentan que el capitalismo la ha engalanado con creces.

Volé a Sochi desde Moscú en un avión cuyas azafatas calzaban zapatillas de andar por casa, tal vez por lo temprano del despegue, y ofrecían, empujando por cabina un carrito doméstico de cromados descascarillados, lo último en venta a bordo: pelucas y medias de lycra. ¿Quién se apunta al carnaval? ¿O montamos un atraco?

En fin, llegamos al hotel a media mañana. La Gostinitsa Shemchushina, o lo que es lo mismo, el Hotel Perla. Una mole perpendicular al mar en la que ya se anunciaba la celebración del Cinetauro, el Festival de Cine más importante Rusia, que en ese su cuarto año traspasaba las fronteras para convertirse en internacional. Sorpresa: las dos camas, estrechísimas, que amueblaban la habitación estaban sujetas a la pared y colocadas formando una L. ¿Alguien tenía algún plan apasionante? No, no me refiero al de darle el último retoque a la tesis doctoral, que también. Menos mal que desde la terraza la vista del mar, tan azul como el que más, era espléndida.

Si el hotel se alzaba en un extremo de la playa, la urbe se asomaba por el otro; entre medio, una hilera inacabable de clubes deportivos y casas sindicales formaban el paseo marítimo, la primera línea de mar. Era 1994 y aún se respiraba la opulencia de los jerifaltes conviviendo con la ilusión obrera en una vistosa mezcla de casonas decadentes y grandes balnearios desconchados con orgullosas residencias de colectivos obreros y hoteles para turistas ricos o extranjeros. Una de esas villas, ahora convertida en museo, fue el regalo que recibió de manos del estado en 1928, ocho años antes de su muerte, el escritor Nicolai Ostrovski. Por cierto, autor de la obra con cuyo título bautizaríamos más tarde un capítulo del libro que empezamos a pergeñar allí: Rusia en la encrucijada (Espasa Calpe, 1997).

La ciudad como tal, agolpada en torno a la Kurortni Prospekt, Avenida Balneario (¿podía llamarse de otra manera la calle principal?), no había acumulado en sus casi 100 años de existencia grandes atractivos más allá del Dendrarium, un hermoso jardín botánico en cuyas 16 hectáreas crecían –según la guía- 2.500 especies de árboles y arbustos.

Si algo de lo vivido en Sochi se ha asentado en mi memoria para siempre, eso es el recuerdo imborrable del sabor y la textura de los shashliki, pinchos morunos hechos sobre brasas con generosos trozos de carne de cordero macerada en vodka y servidos con cebolleta. ¡Me voy a ahogar con mi propia saliva! ¡No puedo escribir más!

Haré un esfuerzo por los más impacientes, por los que quieren ver Sochi ¡ya! Esos, que pinchen aquí.






sgutierrez@divertinajes.com
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