18 de julio de 2003

Un paraíso casi real

Agobiada por el calor de la meseta, los madrugones de la jornada intensiva y el cansancio acumulado de meses de intenso trabajo sueño con despertarme en un lugar paradisíaco y dejarme llevar. Si me sobrara el tiempo, volvería a Maldivas.

La visión del archipiélago desde el aire es una de las experiencias visuales más gratificantes que he tenido, paisajísticamente hablando. El avión en el que llegué, al amanecer, era un sofisticado Airbus de SriLankan Airlines que contaba con pantallas de uso individual en el respaldo de los asientos, y uno de los canales que se podía seleccionar mostraba las imágenes recogidas por las cámaras situadas en el exterior del avión, una de ellas en la parte inferior, próxima al tren de aterrizaje. ¡Espectacular! El avión tocó tierra en una isla y desembarcamos en otra, así es el aeropuerto, a caballo entre dos pequeños cículos de arena clara salpicada de verdor bordeados por aros azul turquesa, o así lo recuerdo yo.

Control de pasaportes y al taxi; un ferry, por supuesto. Llegamos al hotel. En la isla no había otra cosa. Toda la isla era el hotel, todo el hotel la isla. El personal de acogida y restauración, de la tierra de Romina y Albano; los turistas, en su mayoría asiáticos, japoneses sobre todo. Rendidas tomamos posesión de nuestra pequeña casita. Una habitación con dos entradas, una a la zona de servicios, otra a la playa; la primera con un pequeño área de descanso y ducha, la segunda con un agradable porche.

Me quemé. Me quedé dormida al sol y me quemé. Y a la quemadura se sumó una insolación que me mantuvo grogui el resto de la jornada.

Al día siguiente, me levanté con el alba y bien untada de crema recorrí toda la isla antes de desayunar. Una panza costera flanqueada por palafitos y dos largas playas fundidas en el mar me hicieron intuir para la isla una forma de lágrima, no sé si natural o trabajada, el lado más ventoso estaba protegido por un pequeño dique.

De la hamaca al agua, del agua a la hamaca, comprobé una vez más que cuanto menos se hace menos apetece hacer y por apetecer, muerta de hambre, no me apetecía ni acercame al restaurante. Lo tienen todo pensado. Descolgué el teléfono, llamé a recepción, me pasaron con otra extensión y al cuarto de hora un morenazo se bajaba de su bicicleta para entregarme una humeante pizza cuatro quesos. ¡Exquisita!

Cuando el sol se puso, que no fue precisamente a media tarde, nos acercamos al tablón de anuncios para estudiar las excursiones: buceo en los arrecifes de coral con tubo, obligada; curso de buceo con bombonas, necesitaríamos quedarnos más días; pesca, más que apetecible pero demasiado cara para no ser habituales de la caña; visita a la capital, interesante. ¿Se puede ir a otras islas? Pregunté por preguntar. Sólo si son hotel. ¿Sólo si son hotel? -Me picó la curiosidad-. Sí, los extranjeros sólo pueden visitar islas-hoteles como ésta, el aeropuerto y la capital. Parece ser que el gobierno pretende proteger así a los nativos del contacto con occidentales y occidentalizados. Bueno, pues apúntenos a la de buceo para mañana y a la de la capital iremos pasado mañana.

Lo de las profundidades marinas siempre acaba imponiéndome un cierto desasosiego así que fui la primera en regresar al barco y deshacerme de las aletas, las gafas y el tubo. ¡Como para apuntarse a un curso con bombonas y todo! Según iban regresando, mis compañeros de excursión se deshacían en elogios para describir las maravillas que habían visto e incluso tocado. ¡Menos lobos caperucita!

Ya en la playa, descubrí algo fantástico: cientos de peces de colores moviéndose en grupos, a cual más hermoso, alrededor de las estacas de los palafitos. Le perdí el miedo incluso al tiburoncillo que merodeaba próximo a la orilla. ¿Horas que me habré pasado en el agua contemplando peces? ¡Demasiadas! ¡Insuficientes! Volvería sólo para repetirlo.


Del la visita a la capital, Male, me quedo con el ritmo frenético del puerto. Cajas de pescado, cubos de agua, ruedas de cordel, redes y artes de todo tipo subían y bajaban de los barcos a hombros de curtidos pescadores mientras los pescaderos colocaban y recolocaban las mercancías en sus puestos. Turistas rigurosos, entramos en la Gran Mezquita del Viernes; fotografiamos, ya me dirás para qué, el coche presidencial a su salida de palacio, simplemente porque coincidimos con él; recorrimos sin gran entusiasmo las tiendas del Bazar de Singapur, que así llaman a las cuatro calles comerciales del centro porque casi todos los artículos que venden proceden de éste país; y nos tomamos un zumo de frutas en Gelato Italiano, el mejor bar del país (competencia, lo que se dice competencia, tampoco tiene tanta).

Vuelta a los peces de colores, vuelta a las lecturas pausadas, vuelta a los paseos románticos... pero todo se acaba, lo bueno antes. Y la vuelta más vuelta fue la de volver a casa. Echamos algo así como 23 horas, una parte de ellas jugando a las cartas en el aeropuerto de la capital de Sri Lanka, Colombo, y otra en los trenecillos del aeropuerto de Frankfurt. Si hubiéramos podido teletransportarnos, la langosta y el vino que cenamos bajo las estrellas a la orilla del mar antes de abandonar la isla-hotel, habría sido un inolvidable broche final.




sgutierrez@divertinajes.com
Otros destinos
Volver
Imprimir