11 de julio de 2003

Pobre de mí

Contaros mi viaje a Pamplona rompe un poco el plan de publicaciones que había diseñado para esta sección, ¡pronto empiezo! Pero llevo toda la semana oyendo hablar de los sanfermines y no puedo resistir la tentación.

Fue hace casi veinte años, o sea nada, y Pamplona era la primera parada de un paso del ecuador (acabábamos de terminar cuarto de carrera) que nos llevaría además a San Sebastián y París. No éramos un curso muy bien avenido, así que nos repartimos los dineros que conseguimos vendidendo loterías y entradas de discoteca, y cada grupito lo celebró a su modo.

Los que seguiríamos hasta París nos dimos cita con los que pensaban recorrer Italia en furgoneta, con los que atravesarían el país en moto y con algún que otro solitario de ida y vuelta. No quedamos en ningún lugar concreto, ya nos encontraríamos...

En el andén de la estación del Norte, en Oviedo, el 6 de julio, nos despedimos de nuestros familiares en cuanto vimos asomar por las ventanillas a las dos compañeras que se habían subido al tren en Gijón. Cuando llegamos a la capital navarra las fiestas ya habían comenzado, estaban en pleno Riau-Riau. Sin decidir aún qué haríamos, nos encontramos con nuestros moteros. Besos y abrazos como si hiciera años que no nos veíamos. Nos trasladaron en sus vespas hasta un camping a unos 7 kilómetros. Montamos las dos tiendas que llevábamos y nos echamos a temblar. Caía un sol de justicia y las únicas sombras que había, convenientemente aprovechadas por sus dueños, eran las de los coches. De día sería imposible aguantar allí.

De nuevo en las calles de Pamplona, B. llamó a sus primos pamplonicas y quedaron para tomar unos vinos. Insistían en que nos instaláramos en el piso que acababan de comprar pensando en boda. A pesar de nuestras negativas, nos dejaron las llaves. En torno a la medianoche, empezó a lloviznar y, rendidos por el cansancio, consideramos que no era mala idea dormir a techo. Dos en una moto trajeron los siete sacos y algún neceser.

Me despertó la televisión. Los más madrugadores la habían encendido para ver el encierro. Decidimos que la fiesta era para vivirla, no para verla; y nos prometimos asistir al resto de los encierros, cada día en un punto del recorrido. Algunos, yo incluída, amenazaban con correrlos... Levantamos al resto y, para evitar arrepentimientos, nos acercamos al banco en el que trabajaba nuestra anfitriona con el fin de darle las gracias y entregarle las llaves. Primera sorpresa: durante las fiestas, los pamplonicas trabajan y continúan su ritmo de vida casi normal, ¡qué remedio!

Vuelta al camping con los bártulos. Efectivamente, allí no había quien parara. Optamos por la piscina. Y al atardecer, con camisa blanca y pañuelo rojo, vaqueros y botas de loneta clara (yo creo que ese modelo ya ni existe, pero por aquel entonces se usaban para jugar a baloncesto y eran lo más), nos integramos en uno de los ríos rojiblancos que fluían por las calles de la ciudad, eso sí, nos agarrábamos a cada bar como si de una tabla salvavidas se tratara; y, en una de esas estaciones apareció, de uniforme sanferminero uno de mis ex. Habitual de estos pagos. Nos alegramos todos y aportó al grupo, además de su experiencia, algo muy útil: un coche. Para entonces ya se nos habían pegado dos daneses prendados de dos asturianas (y, al poco, correspondidos). Perdimos a los de la furgoneta, y los de las motos aparecían y desaparecían.

De pronto me sorprendí gritando ¡agua! y alegrándome de que me empaparan. Una tradición como otra cualquiera. La gente que va por la calle muerta de calor pide agua, y los vecinos desde balcones y ventanas vacían sus cubos sobre los alborotadores. Todos contentos.

Saltamos, cantamos, bebimos, bailamos... nos divertimos de plaza en plaza hasta la madrugada. Y a eso de las seis nos sentamos ante la verja de la explanada que hay frente al Museo de Pamplona, queríamos ver el encierro en su origen, y desde allí se divisa toda la cuesta de Santo Domingo. Desde nuestra atalaya observábamos todos los movimientos de preparación. Los mozos sacaban del recorrido a turistas borrachos y entusiastas imposibles. Y cuando por fin se oyó el chupinazo, el vello acabó de erizársenos al comprobar que los mozos, que periódico enrollado en mano esperaban a los toros en lo alto de la cuesta, a una cierta distancia de la puerta de los toriles, en lugar de echar a correr calle arriba lo hacían hacia abajo, al encuentro de las fieras. Me impresionó el arte con el que después de acercarse y guiarlos durante breves instantes les abren camino para que los liguen otros corredores. Comprendí que se enfadaran y criticaran a los que sin ningún tipo de preparación ni conocimiento se ponían a correr delante de los toros sin ton ni son, entendí que eran esos insensatos los que provocaban la mayoría de los accidentes.

Nos fuimos a desayunar al Iruña. Lo haríamos cada mañana. A pocos nos habían cobrado antes por utilizar un baño. Era un pequeño lujo que merecía la pena. Soñábamos con la piscina y sus árboles, para dormir a pierna suelta, pero antes nos fuimos a visitar el Museo de Pamplona, caminando ajenos a los furgones policiales que recogían a los más perjudicados por la fiesta desmedida, por el alcohol.

Atardecer tras atardecer hicimos la ruta de los bares (San Lorenzo, Descalzos, Santo Andía, Plaza de la O, Plaza Recoletas, Ansoleaga, Campana, Jarauta al fin); noche tras noche bailamos de la Plaza del Castillo a un Parque, posiblemente el Antoniutti; una madrugada tras otra hicimos guardia en distintos puntos del recorrido para ver el encierro en primera fila (en Mercaderes se me relajaron las piernas al dormirme y me dí un buen barbillazo contra la valla; en el tramo de Telefónica me sorprendió ver al fanfarrón de mi ex sudando al encontrarse de cara con dos toros que se habían vuelto; en la plaza comentábamos divertidos los revolcones que estaba sufriendo un mozo hasta que vimos que era P., nuestro P.moto); mañana tras mañana desayunamos en el Iruña como señores, antes de hacer la visita cultural de turno y retirarnos rendidos a nuestra piscina del alma. Todos los días hasta el pobredemí. Entonces recogimos nuestras cosa y nos subimos a un tren rumbo a San Sebastián. Compartían vagón con nosotros muchos de los pedigüeños que pululaban por Pamplona.

Recuerdo San Fermín como una verdadera Fiesta. Una fiesta en la que nos divertimos a más no poder y de la que salimos completamente ilesos, magulladuras de P. aparte. Una fiesta a la que posiblemente no volveré (lo decidí aquel mismo 14 de julio) y sin cuyo disfrute no habría querido morirme.

La información más actual la tenéis en:
www.sanfermin.com
www.sanferminonline.com




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