4 de julio de 2003

Primer destino: OVIEDO

Oviedo fue mi primer destino, siempre será mi destino eterno. A Oviedo fui a parar cuando salí del confortable útero de mi madre para aterrizar en este mundo, y a Oviedo vuelvo cada vez que quiero reencontrarme con todo lo que siento mío.

¿Que qué queda de mi primer Oviedo? Allí poco; en mí, cada día más (malabares que hace la memoria con la edad). Entre otras cosas, quedan la Catedral ante la que me fotografiaban cada Domingo de Ramos y el parque de San Francisco en el que daba de comer a los patos el barquillo que acababan de comprarme mientras admiraba el despliegue cautivador de un pavo real; recuerdo el alboroto de las peleas de gallos en Casa Manolo y el olor a cacahuetes tostados que inundaba los días de diario la zona del Fontán. El Centro Asturiano, el Club de Tenis y la Temporada de Ópera en el Campoamor. El caldo humenate con un chorrín de vino los días de invierno, la sidra refrescante las tardes de verano, los bollos preñaos los días de fiesta, el borono después de la matanza, los frixuelos del Miércoles de Ceniza, los garbanzos con espinacas del Desarme, el pote con pantruque, la fabada, el arroz con leche...

El Oviedo gris (no tanto) de mi infancia se ha transformado en el resplandeciente Oviedo de hoy sin dejar de ser, sin embargo, la Vetusta de Clarín. Lo mejor de Oviedo es que apenas ha crecido en cantidad, lo ha hecho en calidad. Sigue teniendo los cuatro barrios de siempre, y los puedes atravesar a pie de punta a punta casi sin cansarte, pero hoy tienen más color, más gente. Para explicarlo, me quedo con dos cambios nacidos en democracia: la popularización de las fiestas locales y la toma de las calles para su celebración (no os podéis imaginar lo elitistas que eran las fiestas de San Mateo, sin ir más lejos); y la transformación urbanística que muchos han copiado y otros siguen rechazando, esa que devolvió a los ciudadanos de a pie (y nunca mejor dicho) sus calles y a las fachadas sus colores. Y cómo no, los Premios Príncipe de Asturias.

Antes de pasear la ciudad, os recomendaría subir hasta el Naranco para contemplarla y admirar dos de las razones por las que el conjunto monumental del Prerrománico asturiano es patrimonio de la Humanidad: Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo.

Otra excelencia de este nuestro arte es San Julián de los Prados. Si en el caso de Santa María y San Miguel la estampa que forman con el entorno ya vale la visita; a San Julián, atrapado en la margen izquierda de la salida a la autopista Y, hay que entrar, aunque cueste conseguirlo, ¡sus frescos son espléndidos! Es comprensible que conciliar las visitas culturales con los oficios religiosos no es tarea fácil, pero las eternas discusiones entre las administraciones civil y eclesiástica sobre quién debe regentar este Patrimonio de la Humanidad tampoco ayudan.

Ya en el casco antiguo, la Catedral es visita obligada. Además de la riqueza arquitectónica de las capillas, cobija tres obras maestras de la orfebrería prerrománica asturiana en la Cámara Santa: la Cruz de los Ángeles, la Cruz de la Victoria y la Caja de las Ágatas.

¿Museos? Hay un par y están a la vuelta de la esquina (textual) el Arqueológico, imprescindible para los interesados en el prerromnánico, y el de Bellas Artes, con una colección permanente nada despreciable.

Muy cerca se encuentran la Universidad, los Palacios Conde Toreno, Camposagrado, de Valdecarzana y de la Rúa, la Capilla de la Balesquida y San Tirso El Real. Y la Plaza del Fontán. Cuando empezaron a remozarla creíamos que perdería el atractivo del pequeño patio de casas apuntaladas que tan pronto hacía de mercado como de teatrillo o de restaurante. No fue así. En ella sigue latiendo Oviedo, en lo que tiene de Villa, de pueblo grande.

Con todo, no puedo ocultar que la de las sidrerías se ha convertido en la ruta más gloriosa de la ciudad. La calle Gascona es el eje turístico (rebosante de ovetenses) de un fenómeno al que se suman zonas de magníficas sidrerías en todos los barrios de la ciudad, al respecto cada uno tiene sus preferencias, y son sagradas. Yo me quedo con la simpatía del Ferroviariu, la buena cocina de Los Lagos y el negocio de Terra Astur.

Y como buena ciudad universitaria, los bares de copas son fundamentales y pronto centenarios: el Cícero, con sus carajillos con nata y su patio para empezar a disfrutar la noche ya sea oscura o de luna llena; la calle San Ildefonso para ir de copa en copa (Ñeru, La Regenta, Bitácora, Sal si Puedes...); la Santa Sebe para vivir el ambiente más tolerante y tolerado; La Tintorería Cubana o Pick-up para mover el esqueleto... Todos en un pañuelo entorno a la Catedral.

En esta su segunda juventud, Oviedo, ciudad invicta, se ve gratamente invadida por turistas para los que continuamente se construyen nuevos hoteles y se abren más y mejores restaurantes; no faltan tampoco las tiendas de regalos ni los productos típicos: casi todos gastronómicos, ¿cómo no? Fabes, embutido, sidra, queso, casadielles y carbayones, un dulce con el gentilicio que los ovetenses ostentan en memoria del gran roble que dio sombra en la ciudad y en cuyo recuerdo luce una placa la calle Uría.

Aviso a navegantes: nunca anuléis un viaje a la capital del Principado porque las previsiones metereológicas digan que va a llover. No llueve tanto como dicen y aunque orbaye la temperatura es agradable en cualquier época del año.






sgutierrez@divertinajes.com
Otros destinos
Volver
Imprimir