30 de noviembre de 2007

El fin de la dictadura

De la dictadura de la audiencia, claro. Porque me pasa como a los directivos de las grandes cadenas, manías que uno tiene, me encanta desayunar mañana con el resultado final del duelo nocturno. He de reconocer que lo miro con impaciencia, como el alumno (que no se examina, en este caso) corre al tablón para comprobar su nota. Como todas la calificaciones, serán objetivas, que no democráticas.

Esta reflexión nace tras la explicación de uno de mis alumnos que esta mañana resumió para el resto de la clase, él que estudió publicidad, cómo funcionan los audímetros. Esos aparatos del demonio que, cada vez que los recuerdo o me los recuerdan como hoy, se me vuelven a caer los palos del sombrajo. Cinco años ya criticando la tele y nunca se llevó una colleja el mecano de Sofres, qué cosas. Pues aquí va, y si alguno no sabe de lo que hablo, como también dicen mis muchachos, lo van a flipar.

El audímetro es un dispositivo electrónico que registra de manera automática y permanente el consumo individual de televisión. Después, manda estos datos a un gran ordenador central que los procesa y que obtiene las cifras de audiencia estimadas para el conjunto de la población. Con ellas, los ejecutivos de televisión deciden la retirada o continuidad de los programas, así como el precio de la publicidad.

Ya somos más de 40.000.000 de ciudadanos en España y más de la mitad vio anoche la tele, aunque sólo fuera unos minutos. Pero sólo hay 3.305 hogares, dicen que seleccionados aleatoriamente, que controlan todos los movimientos del mando a distancia. Son datos del año pasado: 9.019 telespectadores son los que realmente tienen el poder en sus manos.

Por lo que cuentan los que tienen uno en casa (sí, sí, ¡existen!), el cacharro no es tan moderno como pudiéramos imaginar y además no suele estar programado para enviar la recepción de canales locales o de pago. Es decir, los digitales y las redes de cable van al paquete de “Otras” y ahí se quedan. Todo esto, y lo de los 3.000 hogares, me parece obviamente injusto, por más que diga la empresa que “estamos por encima de la media de otros países más vastos como Estados Unidos”.

Toda esta reflexión en alta voz nace de la pura rabia, de acabar asumiendo como importante lo inadecuado, porque supone la comunión diaria de una rueda de molino. Una reflexión que nació de un alumno, que hoy aquí quise reproducir como mero altavoz y cuya última palabra escribe, sin su permiso, Enrique Bustamante, catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la Universidad Complutense de Madrid, en su artículo ‘Cómo acabar con la dictadura de la audiencia’ y que aquí resumo:

“Esta ley de plomo convierte de paso a la cultura en mercancía total: sólo es lo que vale en el mercado, lo que alguien está dispuesto a pagar en tiempo y dinero. El resultado ha sido la drástica homogeneización de todas las cadenas hasta abocar a las “aplicaciones asesinas”, aquellas que, como Gran Hermano, Operación Triunfo o las permanentes crónicas rosa y negra, matan toda diversidad en televisión y, declinadas en cascada, en el conjunto de industrias culturales. Porque la televisión sólo es la abanderada de esta comercialización extrema de la información y la comunicación. Y sus leyes se están extendiendo a los otros medios y actividades culturales.

Felizmente, ese proceso no está cerrado, no puede todavía prever la maravillosa capacidad de elección cultural del ser humano, y no resulta ineluctable. Programas televisivos de diseño se estrellan estrepitosamente. Pero el daño, el deterioro sufrido por la delicada ecología cultural, sigue adelante. Es necesario resucitar, reinventar, nuevos indicadores de eficiencia: termómetros de la satisfacción del usuario, barómetros de formación cultural del ciudadano, pesas que indiquen el grado de la innovación e incluso de la subversión de la creatividad, ratios para medir la diversidad. Un arsenal al servicio de la supervivencia de la cultura.”






aadistan@divertinajes.com
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