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8 de febrero de 2007
Esto con Franco no pasaba
El rodillo comenzó sobre las dos de la tarde y ahí lo tengo, sin sonido, en Antena 3, Cuatro y Telecinco. Si la TV es el circo del siglo XXI, conozco a las fieras: se hacen pasar por periodistas del corazón, no saben ni hablar, destripan sus fuentes y se pasan por el forro la única petición de la familia de la muerta, que no dejan de ser los padres de la Princesa de Asturias. En la nota que informó del fallecimiento de la hermana pequeña de Doña Letizia se pedía “respeto” y “prudencia”. El derecho a la información libre se debe ejercer, como bien firmó el padre de la fallecida, otrora reconocido periodista en Asturias, con el más absoluto respeto; primero, por la muerta, manda huevos tener que estar recordando ciertas cosas a estas alturas; segundo, por la criatura de seis años que dentro de una docena podrá demandar, si quiere, a semejantes rapaces catódicos; y tercero, por el debido ídem a las familias, incluso la mayúscula. Porque debido respeto habría mucho, pero el sinónimo miramiento para evitar que se desnudara en antena la vida de Erika, poco; para contar que había estado de baja últimamente; para hilarlo con el punto final de la relación con su padre, menos; y de ahí a las conjeturas, todo fue una. Y ahí la prudencia se fue al garete. El ejemplo más claro de lo visto y oído pasó a las puertas del domicilio de la difunta, entre niños saludando a cámara y la nube de cámaras que abordó a la juez de la Audiencia Nacional que levantó el cadáver. Una de las microfonadas preguntó, a voz en grito: —¿Puede desmentir que se trata de un suicidio? Me da vergüenza ajena hasta escribirlo. Está por encima de la guerra de trincheras. Es un ataque de la profesión desde la retaguardia. Desde que murió el dictador, los periodistas nos hemos ganado a pulso el derecho y el deber de mantenerles bien informados. Pero si la tele es el nuevo ‘pan y circo’, aquella vieja fórmula de los emperadores más corruptos del Imperio Romano, qué lástima que encima esté llena de mendrugos.
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