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12 de mayo de 2007
Investigadores de lo obvio
Digo esto porque se acaba de publicar una monografía sobre el impacto del uso de los móviles en la memoria de los usuarios. ¿A qué no saben qué es lo que han concluido los estudiosos? Pues algo que cualquiera con dos dedos de frente les podría haber dicho antes de que empezaran, que la utilización de las agendas de los teléfonos provoca que la gente no sea capaz de retener los números de teléfono que apunta. Y ¿para que querríamos recordar los números si precisamente los apuntamos para que no se nos olviden? Esa es precisamente la función de la agenda, evitar dejar a la memoria la tarea de recordar decenas de números que, al final, sólo utilizaremos un par de veces. Decir que usar un teléfono móvil (o su agenda, para ser más concretos) hace que se pierda la memoria es como decir que utilizar un microondas para calentar la leche del desayuno hace que se usen menos los quemadores tradicionales de la cocina. Evidentemente, para eso tenemos el microondas y el móvil. Si los estudiosos en cuestión hubieran ido un paso más allá, podrían haber concluido que la utilización de agendas telefónicas de papel tiene el mismo efecto que emplear la del teléfono. Si apuntamos el número en su hoja correspondiente, no tenemos que preocuparnos de memorizarlo. Lo mismo se podría decir de las presintonías de la radio, que evitan que nos acordemos del punto del dial exacto en que podemos localizar nuestra emisora favorita, o de la función “historial” del navegador de Internet, que nos evita tener que acordarnos de la dirección exacta de las páginas que hemos visitado. Cuando estaba en el colegio, los profesores de matemáticas nos decían que no podíamos utilizar la calculadora en los exámenes, no porque nos dieran los resultados, sino porque al usarlas perderíamos destreza con las operaciones básicas como sumar, restar multiplicar y dividir. Evidente. Cuando alguien no utiliza habitualmente una capacidad pierde habilidad con ella. Pero eso sucede con cualquier experiencia. Si uno no entrena, difícilmente podrá aguantar a buen ritmo los 42 kilómetros de una maratón. Lo que no acabo de entender es cómo hay gente que se dedica a hacer estudios sesudísimos sobre temas cuyo resultado es obvio para la mayoría de los mortales. ¿Cuál es el motivo que se dedique tanto esfuerzo y dinero para decirnos algo que todos sabemos de forma más o menos intuitiva? Podríamos decir que se trata de confirmar con pruebas científicas lo que parece claro para todo el mundo y así se puede hablar del tema con conocimiento de causa. El problema es que, en este caso, como en otros similares, ya hay muchos estudios que demuestran la hipótesis general sin que haya necesidad de demostrar también cada hipótesis particular. Es decir, sabemos que la práctica ayuda a mejorar las habilidades, mientras que el desuso hace que estas se reduzcan, así en general. No parece necesario investigar si en cada actividad se cumple la teoría. Aunque, por otro lado, todos estos tratados deben dar trabajo a mucha gente, lo que no deja de ser una buena cosa. En caso contrario, ¿a qué se dedicarían los investigadores de lo evidente? El empleo de sexador de pollos está últimamente muy desprestigiado y el de contador de pelusas provocadas por el cambio de pelo de mi gato todavía no ha alcanzado una categoría profesional apetecible.
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