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28 de abril de 2007
Elefantes furiosos
El motivo no es que los elefantes, a los que la leyenda atribuye un carácter rencoroso y una memoria prodigiosa, se estén vengando de los humanos por alguna antigua afrenta, sino más bien que se están quedando sin alimento y lo buscan donde tradicionalmente lo hallaban. Como el parque natural, protegido por tanto, sufre de una tala incontrolada e ilegal, los animales se quedan sin comida, al tiempo que sus tradicionales rutas de migración se ven invadidas por elementos artificiales. Lo que sorprende es que esto pase en un área que ha sido declarada como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En otras zonas de Sumatra los enfrentamientos entre los elefantes y los humanos ha dado como resultado, además de las pérdidas económica un balance de 3 personas y 23 animales fallecidos (datos de la región de Bengkalis en 2006). Es significativo que las especies animales, o al menos una, se rebelen contra los seres humanos que invaden sus territorios. Casi siempre lo que acaba sucediendo es que los animales o bien se van o bien mueren y los hombres imponen su voluntad. En este caso no ha sido así y los habitantes de una buena parte de estos asentamientos, en su mayoría ilegales, han tenido que recoger sus cosas y establecerse en otras zonas. Pero curiosamente, los medios de comunicación se hacen eco de la noticia liberando de culpa a quienes realmente la tienen: “La deforestación a elefantes y humanos en las selvas de Sumatra”. La nefasta manía que tienen los árboles de desarraigarse en los parques naturales protegidos es, en última instancia, la causante de unos tristes sucesos que han obligado a luchar a dos especies por el espacio vital y el alimento. Menos mal que, como de costumbre, basta con seguir leyendo un poco más allá del titular para darnos cuenta de lo que realmente sucede. O al menos de una parte, porque tampoco queda demasiado claro por qué los habitantes de la zona se dedican a la tala indiscriminada mientras el gobierno del país, que debería encargarse de proteger lo que él mismo ha decidido que se debe proteger, mira para otro lado hasta que la situación se hace insostenible. Y mientras tanto, en España, seguimos con nuestras tonterías de siempre. Un ejemplo. Dice Luis Hernández de Carlos, presidente de Fedecine, asociación que agrupa a las salas de exhibición cinematográfica de España comparando las descargas de películas en Internet con el cambio climático: “hay quien duda de su gravedad, pero todos vemos que nieva menos en la Sierra. Pues en el cine pasa lo mismo”. La afirmación, publicada por El País, la hizo Hernández en el marco de la Primera Mesa del Cine contra la Piratería. Allí se dieron datos como que, según una encuesta, el pasado año los internautas nos bajamos 132 millones de películas [sic] y se vendieron 41,5 millones de filmes en el “top manta” a pesar de que la policía intervino un millón de discos con copias ilegales de películas. La primera conclusión que nos aporta la Mesa es que los viedoclubs están muriendo poco a poco por esta causa. Nada se dice de la escasa oferta de estos establecimientos, casi siempre limitada a las películas de mayor éxito en las salas de cine, ni de la expansión brutal de la televisión en todas sus modalidades. Tampoco se habla del precio de las entradas de los cines (una familia media se gastará, entre unas cosas y otras unos 40 euros en ver una película en cualquier sala), ni de la calidad del cine español, que salvo honrosas excepciones no suele gozar del favor del público nacional. Por supuesto, la criminalización de los usuarios de los programas P2P estuvo a la orden del día, considerando los ponentes en su mayoría que son simplemente delincuentes. Nada se dijo del carácter lucrativo que deben tener las copias para que se pueden considerar como delictivas ni, mucho menos, de la inmoralidad que supone fomentar la delación entre la población antes del inicio de cada proyección o de que se obligue a quien paga por un DVD a ver unos contenidos (el anuncio ese de “la ley actúa”) que quizá prefiriese saltarse. Eso si los ponentes se quejaron amargamente de que a la gente no le parezca una práctica moralmente reprobable lo que ellos llaman piratería y que, recordemos una vez más, no esta tipificado como delito, crimen o falta por las leyes españolas. Vamos que entre la malvada deforestación y la terrible crisis que atraviesa el sector del cine en España, no nos va a quedar otra que afiliarnos a Greenpeace y plantarnos frente a la central nuclear de Trillo para protestar de lo mal que está la cosa. Yo, de momento, me voy a la playa a disfrutar de la sequía de Almería, mientras aún podamos respirar. Hasta la vuelta.
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