3 de marzo de 2007

Una nueva religión

En los últimos años hemos podido asistir al despliegue de una nueva religión. No se trata de una secta escindida de cualquiera de los grandes credos mundiales, sino de algo relativamente nuevo: el neoecologismo.

Sus fieles se reclutan entre las capas más afortunadas de la población mundial y sus apóstoles son los que antes llamábamos creadores de opinión. Tiene incluso oráculos que hablan con palabras incomprensibles llenas de jerga científica en la que las palabras comunesw tienen incluso un significado diferente al corrientemente aceptado. Así, por ejemplo, “probablemente” ha de entenderse como “prácticamente seguro”.

Los neoecologistas se cuentan por millones y su fe se alimenta sin cesar a través de los medios de comunicación. Los mandamientos llegan en forma de confusos informes científicos que los sacerdotes se encargan de masticar y traducir a una serie de dogmas que los fieles aceptan sin el más mínimo atisbo de duda. Las voces discordantes se acallan con el estigma de la herejía y los herejes son denigrados públicamente tanto por la jerarquía como por los feligreses.

El neoecologismo se permite incluso emitir un informe de veinte páginas dirigido a los mandatarios políticos mundiales (policymakers) en el que, bajo el título de Cambio climático 2007: Las bases científicas y físicas, ofrecen una serie de datos que refuerzan sus tesis apocalípticas. Y lo hacen con el respaldo de una de las organizaciones supranacionales más incompetentes de la historia. Cuando se trata de estos temas, la ONU recupera su aura de santidad y deja de ser una herramienta imperialista al servicio de los intereses de las grandes corporaciones y países.

Los profetas toman las afirmaciones del sanedrín del neoecologismo, el IPCC (Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático) y las adoptan como dogmas de fe, esculpidos en piedra, inmutables e infalibles. Poco importa que no toda la comunidad científica esté de acuerdo con los análisis realizados por el IPCC. De nada sirve que estudios realizados por científicos diferentes tan dignos de respeto como los que integran el IPCC lleguen a conclusiones distintas y muchas veces contradictorias con dichas conclusiones.

Estas tesis colocan a la Humanidad como el mayor enemigo de nuestro propio planeta, obviando otras causas que pueden afectar a los cambios que se puedan producir en el clima. Es decir que todos somos grandes pecadores, la salvación está a nuestro alcance si seguimos los dictados de los que saben lo que nos conviene, los herejes no se merecen otra cosa que el lapidamiento intelectual, los dogmas no se discuten, la Santa Inquisición, digo, el IPCC, es quien decide lo que es aceptable o no y los sacerdotes gozan de un status especial dada su dedicación en cuerpo y alma a la causa. ¿Les suena?

Los profetas de la nueva religión se aprovechan de la mala memoria de sus adeptos y deforman los datos para dar más énfasis a sus proclamas. Un ejemplo, se dice que el huracán Katrina es una clara muestra del aumento en frecuencia e intensidad de los huracanes a lo largo de los últimos años y que sus devastadoras consecuencias están íntimamente ligadas al calentamiento global. No se aportan los datos oficiales que demuestran que ni el número ni la potencia de los huracanes han aumentado sensiblemente en las últimas décadas ni se dice que gran parte de la culpa de los daños es achacable al mal mantenimiento de los diques de Nueva Orleáns. Tampoco se comenta que los científicos ya habían dicho que si un huracán tocaba las costas de la ciudad se podría producir una catástrofe

El caso de la ola de calor en Europa en 2003 también es paradigmático. Se menciona como un adelanto de lo que está por venir. Se nos recuerda que unas 35.000 personas murieron en el continente por causas achacables a esa ola de calor como un ejemplo de lo dramático que es el calentamiento. No se dice, como sí argumentan algunos estudios, que ese desastre natural tiene características locales y que no se puede enlazar con cambios globales a gran escala. Tampoco se mencionan las 100.000 personas que murieron en Europa durante el invierno de ese mismo año por culpa del frío.

Podríamos seguir con muchos ejemplos, pero la limitación de espacio nos lo impide. Seguramente en semanas posteriores hablemos de algunas afirmaciones discutibles y discutidas de los neoecologistas.

Y también dejamos para más adelante a los heraldos del Advenimiento Verde, como el inefable Al Gore, un tipo al que hace unos años se consideraba como un mediocre en la mayoría de los medios de comunicación mundiales y que hoy, gracias a una película más cercana a El día de mañana que a un documental realmente científico, ha ascendido a los altares de la religión dominante.

Lo malo de todo esto es que la mayor parte de la población sigue a los líderes de este movimiento religioso con una actitud acrítica que le lleva a repetir y aún exagerar los dogmas sin el más mínimo conocimiento de causa. Se oye mucho lo de “lo dicen todos los científicos”, afirmación que no se corresponde con la realidad pero que encaja con la línea de pensamiento permitida y cuando se argumenta que hay quien no comparte el dogma la respuesta suele ser que serán esbirros de las petroleras y eléctricas que no quieren perder su negocio, sin tener en cuenta que el IPCC, por ejemplo, es un órgano político creado por una asociación política y con unos objetivos políticos o que muchas organizaciones ecologistas reciben subvenciones de los estados (políticas) y de las empresas a las que critican.

Obviamente, el ecologismo tiene muchas cosas buenas. Vivimos en ciudades que son un asco y no tenemos mucha idea de cómo preservar la naturaleza, por lo que todo lo que se haga para reducir la contaminación o para gastar menos energía es bueno. Esto es de cajón y ningún crítico hacia al neoecologismo dice lo contrario. Lo negativo es actuar sin saber cuáles serán las consecuencias, asustar a la población con datos sesgados y tratar de imponer una visión no con verdaderos debates sino con dogmas inatacables.

tribera@divertinajes.com
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