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13 de enero de 2007
El zapatófono
Como enseguida dirán algunos fabricantes, no hay nada nuevo en este producto. Ya hay teléfonos con pantallas táctiles, con reproductores mp3, con cámara de fotos, con la capacidad para reproducir películas, etc. Lo que no está tan claro es que haya un dispositivo que combine todas estas funciones de una forma que sea fácil para el usuario. Vamos, que lo esencial en el iPhone no es lo que hace sino cómo lo hace, es decir, la manejabilidad del sistema. Todavía no he podido examinar por mí mismo el aparato en cuestión, pero a primera vista me da la sensación de que hace tantas cosas que inevitablemente se confundirá con el famoso zapatófono de Anacleto, agente secreto. Será todo lo maravilloso que se quiera pero como teléfono es grande, como reproductor de mp3 resulta enorme y como reproductor de películas es claramente insuficiente. Pero bueno, es lo que marca el signo de los tiempos o, por decirlo de forma menos cursi, lo que quieren los usuarios (o lo que las compañías hacen que los usuarios quieran). Dicen que lo más interesante de él no es cómo está diseñado, qué pinta tiene o lo que hace, sino que lo bueno es el concepto. Apple siempre se ha caracterizado por ir unos pasos por delante del resto de los fabricantes de informática e incluso de electrónica de consumo y su nuevo gadget parece seguir esa tendencia. ¿Significa esto que dentro de unos años todos los teléfonos móviles serán tan complejos como este iPhone? Puede que sí, no lo sé, pero hoy por hoy yo he renunciado a la cámara de fotos en el teléfono. No la uso prácticamente nunca y cuando lo hago no sé que hacer con las imágenes obtenidas que, por otra parte, tienen una calidad indigna. Así que fuera la cámara de fotos. Lo mismo me sucede con el reproductor de mp3. Tengo un buen número de archivos de este tipo, pero sólo los oigo en el ordenador. No utilizo walkman o similares más que para pasear al perro en las frías noches de invierno y, ahora que no tengo perro, no me sirven para nada. Por tanto, tampoco necesito esta funcionalidad en el teléfono, de modo que reniego de ella. Yo necesito un teléfono sencillo y cómodo, no un centro multimedia con el que experimentar todos los maravillosos avances de la tecnología, por mucho que me lo quieran vender los fabricantes. Y creo que en mi situación estamos muchos miles de consumidores. Ello no es óbice para que el nuevo aparatejo sea una virguería y, como dicen los chicos, mole un montón. Pero es que a mi también me gustan mucho las gollerías tecnológicas de última generación, pero ¿realmente necesito unas gafas de visión nocturna o un limpiador de micropiezas por ultrasonidos? Puestos a escoger un chisma de alta tecnología, me quedo con un navegador, que al menos me sirve para no perderme demasiado en mis desplazamientos a ciudades desconocidas, para entablar interesantes discusiones con mi mujer sobre su utilidad o para fastidiar al director de Tráfico controlando dónde ha colocado sus radares de velocidad. O a lo mejor es que son un carca cavernario que siente reticencia hacia los nuevos inventos que generan nuevas necesidades y que nos hacen comprar compulsivamente lo que va apareciendo en el mercado. Pero dejando a un lado todas estas consideraciones, lo cierto es que el iPhone será el cacharrito del año y se va a vender como churros, aunque creo que a España no llegará hasta dentro de bastantes meses; seguramente los justos para ser la estrella de la próxima campaña de Navidad. Ya veremos. De momento, basta con hacerse eco de la noticia para que no digan que estamos fuera de la actualidad y desearles feliz año a todos. P.D.: Por cierto, ¿cuando acabarán con los odiosos contestadores automáticos (y dispensadores de publicidad) en los servicios de atención al cliente? Esa era una de mis peticiones a los Reyes Magos, pero creo que no son tan mágicos como creía.
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