3 de diciembre de 2005

Mi PC, su PC

Hacía mucho tiempo que no me dedicaba a enredar en el PC. Y cuando digo enredar me refiero a modificar los parámetros de funcionamiento de la máquina, a tratar de afinarla para mejorar sus prestaciones y a eliminar la “basura” que inevitablemente se acumula en los ordenadores gobernados por las distintas versiones de Windows.

El paso de tiempo se nota en todo y el estar metido a fondo en un campo del conocimiento, sea este cual sea, o no, más aún. Con ello quiero decir que si hace algunos año, pocos, dominaba todas las chorraditas tecnológicas y de software que iban apareciendo en el mercado, ahora he de decir que, lamentablemente, me he quedado atrás. Pero esto tiene una parte buena: tengo más tiempo para mí y para mi familia.

¿Por qué dice esta tontería?, se preguntará usted, amigo lector. Sencillamente porque antes, cuando era un experto en eso de la limpieza de los ordenadores (no me refiero al uso del Mister Proper, sino de otras sofisticadas herramientas que dejan el disco duro y la memoria más limpios que el cerebro de algunos políticos) dedicaba muchas horas e ingentes esfuerzos a que mis ordenadores fueran los más rápidos de su clase y se pudieran aprovechar al máximo. Otra cosa es que realmente se les sacara partido, pero las posibilidades ahí estaban.

Con el advenimiento de Windows XP este insano entretenimiento perdió parte de su gracia. Ya no se podía trabajar en las entretelas del sistema con la libertad que proporcionaban sistemas operativos anteriores. Los técnicos de Microsoft crearon una cosa que se llama Registro del sistema y eliminaron los clásicos archivos de configuración en los que los usuarios con algunos conocimientos podíamos modificar a nuestro antojo algunos parámetros.

Por otro lado, esa entretenida labor conocida con el nombre de desfragmentación del disco, algo que parece prometer una entretenida tarde de puzzles, se complicó mucho. No es lo mismo revisar un disco de 40 ó 5 Mb que uno de 100 GB. Lo que antes nos mantenía ocupados una media hora, ahora nos lleva varias horas y, claro, se pierde toda la gracia.

Los ordenadores personales se parecen cada vez más a los coches modernos, en los que cuando abres el capó del motor aparece todo oculto por una gran tapadera, los elementos clásicos (batería, varilla del nivel de aceite, filtro del aire,...) está perfectamente integrados en su propio medio ambiente y el usuario apenas sabe donde poner el agua de limpiaparabrisas.

Aunque la mecánica del PC permanece más o menos igual y sigue siendo relativamente sencillo cambiar algunas piezas, la lógica del mismo se ha complicado hasta extremos increíbles, en aras de una mayor facilidad de uso. Vamos que en todas partes cuecen habas. Conducir resulta más sencillo pero hacer pequeñas modificaciones o reparaciones sólo está al alcance de los expertos.

Todo esto tiene dos consecuencias obvias. La primera es que todo va cada vez peor (me refiero a los ordenadores, no a los coches que en términos de robustez y fiabilidad están muy por encima de los PC) y que resulta muy difícil impedir que el rendimiento vaya cayendo en relación directa a las horas de uso.

La segunda consecuencia obvia es que los expertos en informática tienen cada vez más trabajo.

Lógicamente si unimos los dos corolarios llegaremos a la conclusión de que, tanto en el caso de los coches como de los ordenadores, lo que se pretende es que tan sólo los profesionales puedan entenderse con las máquinas. Lo que genera un mayor mercado, pero también un descenso en el rendimiento profesional y personal de los usuarios de PC.

Y así, sobre la marcha, se me ocurre pensar que si a todo lo mencionado anteriormente unimos la cada vez mayor complejidad del software empleado en estos ordenadores, lo que va sucediendo es que la vida útil de un PC se va reduciendo paulatinamente, contribuyendo a mantener la salud de un sector de la economía que amenaza con hacerse omnipresente, si es que no lo es ya.

Más vale que pare aquí, porque si sigo extrayendo consecuencias enlazadas acabaré concluyendo que el objetivo final de los fabricantes de software (y de uno en particular) es el dominio del mundo. Teoría que, por cierto, goza de cierto predicamento entre los sectores más aficionados a la conspiranoia.

Para ir concluyendo y a modo de justificación del titular. Propongo que el icono ese llamado Mi PC que aparece en el escritorio del ordenador deje de llamarse Mi PC para pasar a denominarse Su PC. No por una cuestión de educación y respeto (¿se han dado cuenta de que ya casi nadie llama de usted a casi nadie?), sino porque yo no siento como mio un aparato que hace lo que a él le parece bien y al que sólo un experto tiene acceso, previo pago claro, cuando me da problemas. Aunque si lo pensamos bien, lo mismo nos sucede con la lavadora, el equipo de sonido, la consola, la plancha, .... Ay, les dejo que tengo que hacer las maletas, que me voy de vacaciones a ver si limpio mi propio disco duro cerebral.

Hasta la otra semana.


tribera@divertinajes.com
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