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15 de octubre de 2005
Fideos chinos y tortugas
Pues los científicos, más concretamente los arqueólogos, han tirado por tierra la idea de que la pasta es originaria de Italia. Unos investigadores chinos han descubierto un pequeño bol con fideos de mijo enterrados en el barro de la región de Laija, al noroeste de China. Este recipiente y su contenido tienen una antigüedad de unos 4.000 años, lo que lleva a pensar a los estudiosos que esta particular forma de preparar el cereal proviene de aquel país, dando al traste con la tradicional idea de que su procedencia se sitúa en Italia. Hay diferencias, por supuesto, con respecto a la actual forma de preparar la pasta. La fundamental es que se trata de fideos de mijo y no de diferentes clases de trigo, como se prepara en la actualidad, pero lo que importa es el concepto. Una vez más, las pruebas científicas tiran por el barro (nunca mejor dicho) una idea arraigada en la tradición popular. Y, una vez más, los chinos demuestran que no por el hecho de no pertenecer a nuestra cultura occidental están menos avanzados o se desarrollaron más tarde que los que vivimos a este lado del mundo. Ya sucedió con la tinta o la pólvora, por citar sólo dos inventos que se creían patrimonio de la cultura occidental y que resultaron ser productos de la ciencia oriental. Ahora nos encontramos con que una de las comidas más populares del mundo no es italiana. Como no lo es el aceite que nuestros vecinos europeos venden por todo el mundo como propio y que parte de nuestras aceitunas. Los italianos, pueblo listo donde los haya, han convencido a medio mundo de que son los mejores en muchos terrenos, cuando lo que hacen en muchas ocasiones es vampirizar y adoptar como propios tradiciones y productos ajenos. Pero en esta ocasión, las pruebas desmienten a la tradición: la pasta se originó en China y no en Italia. ¿Tiene esto alguna trascendencia para nuestra vida cotidiana? Seguramente no, porque seguiremos comiendo spaghetti al dente aderezados con salsa boloñesa, pero al menos sabemos que los primeros en convertir la harina de un cereal en algo comestible fueron quienes ahora reclaman el lugar que merecen en la historia de la Humanidad. Y ya que hablamos de cosas que sucedieron hace muchos años, me gustaría dejar constancia aquí de un cumpleaños que se disponen a celebrar los amantes de las tortugas de todo el mundo. Es el 175 aniversario de Harriet (conocida por el nombre de Tom hasta que un biólogo se percató de que no era macho sino hembra), una tortuga gigante de las Galápagos. Este animal es, probablemente, el más viejo del mundo y aunque no come pasta (prefiera las berenjenas, el perejil y las judias) puede tener también su lugar en a historia, ya que se dice de él que es uno de los quelonios que examinó Darwin en su expedición al archipiélago del Pacífico. Lo malo del caso de Harriet es que es una de las diez supervivientes de su especie, lo que la sitúa de hecho en el catálogo de especies extinguidas. A pesar de ello, la tortuga hace gala de una gran vitalidad y es posible que nos entierre e muchos de nosotros. Sería interesante que los adelantos científicos permitieran sacar al simpático animal de esa triste lista.
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