12 de marzo de 2005

Bueno, bonito, barato

Hace unos días leía un reportaje de una página web dedicada a los PDA. En él se decía que, con el tiempo, cualquier dispositivo electrónico acabará alcanzando un precio que se cifra en los 100 euros (100 dólares si estamos en Estados Unidos o 100 libras si estamos en Gran Bretaña).

En el caso de los ordenadores, hace ya muchos años que el precio de referencia se estableció en torno a las 100.000 pesetas y con el advenimiento del euro, esta cifra se situó, lógicamente, en 600 euros.

Es decir, cualquier pieza de electrónica de consumo que inicialmente cuesta bastante más dinero acaba por situarse en la banda de los 100 euros (o 1.000), una cifra redonda que, psicológicamente, hace que el aparato en cuestión nos resulte barato.

¿Y qué sucede cuando el dispositivo alcanza este precio mínimo? Una de dos. O bien va mejorando sus prestaciones o bien es sustituido por un modelo de gama superior, pero siempre manteniendo el precio límite. Se podría vender por menos dinero, pero eso no interesa al fabricante y, en el fondo, el comprador pensará que si vale menos que ese precio límite es que no tiene la calidad suficiente.

Pero en la venta de dispositivos electrónicos, como en cualquier venta, el comprador no quiere que le den gato por liebre o que le engañen en el precio, de forma que no está dispuesto a pagar mucho más sólo por la inclusión de un pequeño logotipo. Puede que sí esté dispuesto a desembolsar algo más si el diseño merece la pena, pero no por una caja cuadrada que cualquiera puede hacer.

Así, las grandes firmas del sector han tenido que ajustar sus precios a los de los fabricantes OEM. Estos basan su negocio en la integración de componentes de terceros, algo que los grandes llevan haciendo algún tiempos menos. La diferencia entre unos y otros es que las grandes marcas dedican bastante esfuerzo a probar los equipos con la idea de evitar problemas al cliente y, además, ofrecen un servicio técnico y post-venta que no suele estar al alcance de los OEM.

Los compradores, cada vez más sensibles a la relación precio/calidad hace tiempo que decidieron que comprar un aparato de marca desconocida no es necesariamente malo. De hecho, se piensa que el precio es menor porque no el fabricante no tiene que hacer frente a los gastos derivados del marketing y la publicidad. Por ello, cuando en una gran superficie se oferta un dispositivo a un precio realmente bajo, es posible ver cómo los clientes se llevan las caja sin apenas mirarlas. ¿Un DVD por 40 euros? Para casa sin dudarlo. Y si luego se estropea, puedo volver a por otro, porque por lo que cuesta uno de los “buenos” me puedo llevar cinco de estos.

Pero volvamos al precio límite. Cuando sale al mercado un producto, el precio suele ser muy superior al que debería ser. Unos pocos apasionados de la tecnología se hacen con él rápidamente y, poco a poco, se va popularizando hasta llegar a ser un bien de consumo masivo. Durante ese tiempo el precio se va reduciendo hasta llegar al límite inferior. Tras un tiempo variable, el aparato desaparece del mercado, ya sea porque deja de venderse o porque sale algo mejor o por una combinación de ambos motivos.

Actualmente, en el mundo de la tecnología, el tiempo que va desde el lanzamiento a la desaparición está en torno a los dos años. Por esta razón, los fabricantes no suelen dedicar mucho esfuerzo a la fiabilidad. ¿Para que hacer un producto que dure 20 años si dentro de 2 estará obsoleto? Eso deriva en una peor calidad de los productos y en un tiempo de vida menor.

Pero realmente eso no le importa a nadie, ya que el coste de la sustitución del producto averiado es muy pequeño. Además, no nos engañemos, siempre nos gusta tener algo recién comprado.

Todo esto es consecuencia del rápido avance de las tecnologías involucradas en el diseño y fabricación de aparatos electrónicos. Las constantes mejoras permiten ofrecer mejores productos a menor precio; los precios caen en picado tras los primeros meses de vida en el mercado; los compradores se lanzan a la renovación sin pensárselo mucho; la calidad se ve reducida como consecuencia de la reducción de los ciclos de vida de los productos, …

Al final lo que tenemos es una electrónica de usar y tirar, lo que no deja de ser una pena y signo, además, de nuestra cultura consumista. La ventaja podría ser que los países menos desarrollados se beneficiaran de tecnologías punteras a bajos precios, pero me temo que las políticas comerciales de las empresas globalizadas no quieran desaprovechar los mercados vírgenes con políticas de precios bajos, sino que más bien pretenden que pasen por el ciclo industrializador completo.



tribera@divertinajes.com
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