1 de enero de 2005

No celebran el Año Nuevo

Cerramos el año con una impactante tragedia que ha dejado mudo a medio mundo: el tsunami que ha azotado las costas del sur de Asia. Un imprevisible, al menos por ahora, maremoto ha provocado una serie de olas de colosales proporciones que han arrasado las costas de una de las zonas del mundo más pobladas provocando la muerte de cerca de 200.000 personas. Si atentados como los del 11-S o el 11-M causaron un extraordinario sentimiento de indignación y rechazo en todo el mundo, catástrofes como la que ha sucedido en las postrimerías de este 2004 deberían hacer que todos gritáramos en las calles reclamando del mundo industrializado que acabe de una vez con las desigualdades planetarias.

¿Acaso tiene más derecho a la condolencia y la solidaridad un pacífico indonesio que va a su oficina en las torres gemelas de Nueva York o un indio que se dirige a su lugar de trabajo en cualquier punto de Madrid y que son asesinados por terroristas sin escrúpulos que sus parientes borrados de un plumazo por la inconsciente brutalidad de un suceso natural? Me parece que no.

La diferencia entre los muertos de uno u otro momento no está sólo en la forma en que se produjeron, también hay que buscarla en el grado de desarrollo tecnológico. Un atentado es responsabilidad de un grupo de seres humanos decididos a renunciar a su humanidad y causar el máximo daño posible con los medios a su alcance, mientras que en un caso como el que nos ocupa estos días, no cabe buscar responsables para el seismo. Es posible, eso sí, plantearse una comparación entre los efectos reales de la ola gigante y de los que hubiera causado si el desastre se hubiera producido en otro punto del globo.

Existiendo las imágenes de satélite prácticamente en tiempo real quizá se hubiera podido hacer algo en lo que respecta a la prevención. Para muchas personas unos minutos u horas podrían haber significado la diferencia entre la vida y la muerte. Pero todos sabemos o intuimos que los mejores satélites, las mejores observaciones de lo que ocurre en la superficie no tienen como centro lo que sucede en medio del océano Índico, sino que más bien se dedican a movimientos de tropas o análisis de tipo militar.

Las redes de alerta creadas para este tipo de situaciones no están extendidas por todos los países y la mayor parte de los afectados no estaban incluidos en ellas. Tampoco ayuda nada que las poblaciones costeras de las naciones de esta zona del mundo estén habitadas en su mayoría por gentes que sin duda podemos calificar de pobres, aunque algunas de ellas se dediquen al lucrativo negocio del turismo y, por tanto cuente entre sus habitantes temporales a algunos miembros de la élite económica del mundo. La pobreza suele llevar aparejada una especie de conformismo frente a las adversidades naturales. Cuando las cosas vienen mal dadas, sólo cabe llorar a los muertos y seguir adelante con lo poco que queda, de forma que en la siguiente ocasión las medidas de seguridad serán aún menores, ya que lo primero es comer cada día, si eso es posible.

Después de que el mar dejara un rastro de destrucción queda una segunda catástrofe que afrontar: la del desamparo de los que han quedado vivos. Las epidemias y el hambre subsecuentes provocarán también un gran número de muertos y relativamente poco se podrá hacer por evitarlo, a pesar de que la comunidad internacional se movilice puntualmente para acallar su conciencia.

Con todo, si el maremoto se reprodujera dentro de un par de años, las consecuencias serían muy parecidas, porque poco o nada se hace por ayudar a estos países a salir de su retraso frente al mal llamado Primer Mundo. Occidente se vuelca con los damnificados de una forma hipócrita. Enviamos a nuestros médicos y bomberos a salvar lo que se pueda tras la catástrofe, pero no hacemos demasiado por evitar las condiciones que permiten que lo podría ser una tragedia se convierta en una catástrofe de proporciones apocalípticas. Nos estremecemos cuando vemos las imágenes de la desolación por televisión o Internet pero no obligamos a nuestros gobiernos a aportar una ayuda decidida y decisiva para que los desfavorecidos del mundo dejen de serlo. Y lo cierto es que, como se ha demostrado en muchísimos estudios, un reparto equitativo de la riqueza mundial permitiría que el nivel de vida de todos los habitantes del planeta subiera hasta cotas nunca vistas por la Humanidad.

Da un poco de angustia ver cómo nos preocupamos por la rodilla de Ronaldo o de cualquier jugador de béisbol, mientras en el mundo hay gente que no tiene nada, absolutamente nada. Nos preocupamos por la velocidad de nuestros ordenadores, mientras hay gente que sencillamente se preocupa porque una ola no se lleve sus escasas pertenencias.



tribera@divertinajes.com
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