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13 de noviembre de 2004
Divulgación científica
Sin embargo, cada cierto tiempo me pongo manos a la obra y obligo a mi poco cultivado cerebro a tratar de entender los conceptos expuestos. Creo que es un empeño sano y, en el peor de los casos, algo se me quedará, aunque sólo sea por la fuerza de la repetición. Saco a colación este libro porque en él, Hawking trata de desempeñar una labor divulgativa que normalmente está en manos de los periodistas. La aproximación del científico a la divulgación es, evidentemente, mucho más rigurosa que la de los “plumillas”, pero también mucho más oscura ya que su precisión les obliga a dar por conocidos una serie de conceptos con los que la mayor parte de nosotros, periodistas o no, no estamos familiarizados. El trabajo de los periodistas dedicados al mundo de la divulgación es, por esa razón, muy importante. En una sociedad tan tecnificada como la nuestras debería ser una preocupación de todo el mundo entender con el máximo nivel de detalle que fuera posible los aparatos que nos rodean y facilitan la vida y, como consecuencia de ello, los conceptos científicos en que se apoyan. No es que yo pida que cualquiera pueda dar una explicación clara y detallada de, pongamos por caso, la teoría de la mecánica cuántica, pero si sería bueno que nos sonara aunque fuera de forma superficial. Y sin ir tan lejos, ¿qué menos que saber a qué distancia de nosotros se encuentra la estrella que nos da la vida o como funciona nuestro sistema sanguíneo? Estamos en época de SIMO, un momento del año que para los profesionales de las diversas ramas de la informática de nuestro país representa un punto de inflexión en el calendario. Por supuesto, los medios de comunicación se han hecho eco de esta importante feria y nos han acercado los prototipos y gadgets más espectaculares, como un teclado enrollable, teléfonos con tecnología Bluetooth o pantallas de plasma de enormes dimensiones. Pero apenas de ha dicho una palabra sobre la tecnología aplicada a ellos y mucho menos a los fundamentos científicos sobre los que se apoya. Y lo malo es que los periodistas, que somos los encargados de comunicar al mundo aquello que va sucediendo (y, por tanto, los avances científicos) cada vez sabemos menos de lo que hablamos, hasta el punto de escribir (o leer) auténticas barbaridades. No sería justo reclamar en cada periodista un experto en astronomía, medicina, informática, física, química, etc., pero si se debe exigir que cuando se hable de algún tema que no se domine o bien se acuda a un experto o bien se documente uno sobre la cuestión. Conviene leer, de vez en cuando, libros orientados a la divulgación, aunque sólo sea porque nos ayudarán a comprender un poco más el mundo que nos rodea y, por tanto, a ser un poco más autosuficientes. Quien sabe como funciona un motor puede tener alguna oportunidad de repararlo cuando se estropee y no haya un mecánico cerca; si el ordenador decide no arrancar, puede que podamos solucionar el problema si conocemos algo sobre sus interioridades. No es necesario llegar al extremo de leer a Hawking, pero siempre habrá un volumen que se ajuste a nuestras capacidades y, además, seguro que resultará interesante..
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