11 de julio de 2007

Coveñas os despide

[«] Ya sabes mi paradero

El adiós se convirtió en acontecimiento digno de la aventura que partía y de figurar como la mejor narración de su género.
En medio del garaje de Berlinas Pascual, la cooperativa de chóferes engalanó al Rayo Occidental, el mejor bus de la flota, con banderas y guirnaldas. Del techo colgaron un letrero que se mantuvo allí ¡tanto tiempo! que sirvió hasta el funeral, por fortuna muchísimos años más tarde, del mismo gerente que ahora alborotaba: “BIENIDOZ El pueblo de COVEÑAS, os despide”.

Banderines con los colores nacionales pegados en las columnas. A un costado del mesón, dieciséis sillas dispuestas para los expedicionarios, el guía y una que nunca fue ocupada. El Quinteto de Antaño entonó auténticas melodías del inolvidable Repertorio Patrio hasta el instante en que el maestro de ceremonias carraspeó para anunciar el Programa.

Hacia extrañas naciones

El Rector del Instituto Técnico, Monseñor Páramo fue, como siempre, concreto. Confundió el discurso con uno para el Centenario, pero al fin levantó el brazo leven anclas antes de seguir aturdidos con las disertaciones sobre hondos vacíos dejados, vienes germinando allá, orgullo por transitar hacia extrañas naciones y pares de contar.

Cada uno de los pasajeros había recibido, con la factura del último pago, un instructivo que incluía una enumeración exhaustiva del equipaje estrictamente permitido cuyo contenido se verificó antes de imponerles el membrete de la Casa y elevarlo a la canasta superior del Rayo Occidental en medio de los aplausos de familiares y amigos, las poses para los fotógrafos y los cohetes al viento incierto de la tarde. En esto (como en todo lo que tenía que ver con los asuntos a su cargo), Martín Herreño era, aparte de su torpe simpatía, meticuloso al detalle: máximo cinco trajes completos con sus respectivas camisas o blusas, nada de ruanas, un par de sandalias, suficientes interiores para el camino que es largo y provechoso. Comprobó los cepillos de dientes, el número de calcetines, las gotas de valeriana benditas para los nervios, una corbata por si las moscas y la gorra contra el sol.

No quería que el más mínimo incidente empañara la travesía pues, como su experiencia decía, un zapato mal amarrado puede dar al traste con las relaciones bilaterales que tanto cuidado merecen para consolidar la paz y la amistad entre los pueblos. Algo así le ocurrió una vez que, lástima, el rugido del motor Rayo Occidental señaló el fin del principio.

Haciendo tránsito

En el orden preestablecido subieron las gradas entre dos líneas de edecanes uniformados con la chaqueta de la cooperativa de transporte. Cada quien ocupó la silla asignada. Los pitos del bus se confundían con los fuegos artificiales lanzados desde la cordillera, los pañuelos agitados contigo a la distancia, el himno comarcal interpretado por el Quinteto de Antaño, la vuelta alrededor de la Plaza Peralta, los gritos, los besos enviados con los dedos, el aire cargado de juramentos y nomeolvides hasta la curva del Teatro Copelia para tomar la carrera 17 y doblar hacia la salida de Portacho rumbo a la capital donde se pernocta esta noche pues mañana debemos estar descansados para ir al consulado húngaro donde nos entregan los pasaportes con visa y, luego de la tarde libre, nos desplazamos al Aeropuerto El Dorado para tomar el vuelo que nos ha de llevar a Lima donde se efectúa la segunda escala técnica y allí, en un Aeroflot último modelo,
haremos transito hasta México y Canadá para cruzar por la parte de arriba, no por el Caribe, el Atlántico hasta Londres donde, ahora les tengo una grata sorpresa: el matrimonio Segura conformado por esa brillante pareja que forman don Anselmo y su Señora esposa doña Amanda de Segura quienes forma parte de esta tripulación cerebra nada menos que sus bodas de plata matrimoniales. Aplausos para ellos y larga vida a su encomiable presencia: por cortesía de la Casa se les hará entrega formal de un presente relacionado con una obra valiosísima que forma parte del tesoro del famoso Palacio de la Ermitage, en la ciudad que lleva el nombre de uno de los más grandes hombres de la historia, nada menos que Vladimir Ilich Ulianov alias, Lenin —¿Arias qué? ¿De dónde?, ¡Ay, Mitico! No entiendo nada—, reclamó doña Amanda al oído de su marido con sus manos entre las del anciano joyero que imaginó, de inmediato, una maravilla de Fabergé, tan mentado en los libros y fascículos que consultaba en su taller, al fondo de la casa. —Deja Mandita que horita te lo explicó


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