3 de julio de 2007

Ya sabes mi paradero

[«] Hay otra orilla

El tiempo ocupado en medir los terrenos de la querencia abona el desamor y por eso ella prefería —antes que reprenderlo— entregar a su amado semillas y hélices, gérmenes y arrebatos, almendras y cigarros: para calcinar tus caprichos atizo mis sensaciones y luego tapono el deseo cuando nuestros cuerpos se separan y declaro risas en tu olfato y poesía en tu mirada y oigo los pimentones que me preparas y degusto el aroma de tu parquedad.

En busca de comida

Caída en cuenta de que el apetito le pedía alejarse de la Procesión de Corpus Christi anduvo al paso de satisfaction, a que ques now mientras pasaba a su lado la Banda de Guerra del Instituto Benedictino seguido por el séquito de Monseñor Páramo bajo los palios cándidos y detrás en pleno el Gabinete del Gobernador y el Gobernador mismo abriendo paso a la Sagrada Figura y tras la Susodicha Imagen colegios varoniles y femeninos y legiones marianas somos mil y sociedades mutuarias, cooperativas y gremios profesionales y oficiantes de oficios varios todos dispuestos a asaltar, enseguida, los tenderetes de los barrios, los restaurantes del centro y las mansiones contiguas al Palacio Comarcal en busca de comidas y bebidas.

En tales circunstancias se conocieron —no por desfiles piadosos, motines universitarios o algarabía de putas— sino por querer, cada uno por su modo a horas indistintas, zamparse él un buen trozo de gacela ahumada con yuca y ella un bocado de jaguar asado a las finas hierbas. Él sentado en una mesa del fondo y ella al otro lado del mostrador, en el segundo cruce de miradas, tuvieron que escucharse ya te he visto, yo también a ti, mucho gusto, el gusto es mío, juntemos estos gustos sin dejar de beber, de acariciarnos y decirnos: desde que te conocí sólo oigo la voz cuando viene de vos. Paladeo la lluvia cuando brilla mi desamparo. Despierto cuando su insomnio me adormece. Me hace falta el silencio para olerte. Aire, a mí, para morder tu resuello. Envidio nuestra felicidad. La desnudez afirma la elocuencia. Que no nos avergüencen las guerras ajenas.

Desfallezco por las cinturas concisas, las grupas gruesas, los senos sobrios y los labios lánguidos: soy comandante de las partes de adelante, convicto de las elipses, perseguidor perseguido por unas piernas largas, mártir de los tacones y alumno de las sacudidas: atorméntame más allá del error con la inocencia de tu cabello y el desenfreno de tus labios. Agótame Delfina Felina Fina Definitiva.

Repertorio de juegos

Enfrentó la timidez para ofrecerle el resto de esta vida sin otra condición que la confianza en un repertorio de juegos y dilemas compartidos. Le entregó un anillo de oro blanco para —como a una cigüeña— alejarla del hastío, sembrarla de alas y alimentarla con sapiencia.

Quienes creyeron advertir el paso próximo de Hidalgo Caballero hacia "formas superiores de lucha" (como llamábamos entonces irse a la acción guerrillera), carecen de razones suficientes para sostener tal sospecha pues aunque subió algunas gradas en la jerarquía de la organización, más le pudieron las ganas de proseguir sus tareas pero con ella ahora a su costado.

Los registros de la policía afirman que nunca fueron tan vehementes sus discursos, tan arrojadas sus decisiones ni tan huidiza su presencia. Eso dicen las notas oficiales. Pero, sostiene Delfina, jamás halló más protección que cuando dejaban su complacido sudor en las almohadas regadas por el piso del recinto privado en El Vergel donde mismo tuvieron que despedirse por exigencias perentorias del compromiso político, si te quieres preocupar ya sabes mi paradero bajo la luna o bajo el fuego volveremos a arañar los lechos.

Al pie de la letra

El día que le llegó, por los canales clandestinos, una nota en que la citaba, Delfina recorrió despabilada los tribunales, las esquinas, las oficinas y cafés donde podría estar Martín Herreño para que la guiara hasta la otra orilla del mar. Al fin lo encontró en sabrosa charla con el doctor Emeterio Upegui, veterano adalid en El Vergel y plazas similares.

De inmediato, y en el mismo despacho, se pusieron a la tarea. Coincidencialmente, la próxima excursión organizada por Herreño saldría en 27 días. Mientras Upegui dictaba a su secretaria los documentos para obtener la visa de turismo, Delfina discutía el itinerario:

—Si le digo que no es posible cambiar el programa es por es así, mijita, créame, —explicó benevolente Martín Herreño.
—Créame usted a mí. Es de verdad urgente que esté en Lisboa para esa fecha. No puedo fallar ni un minuto. Es de vida o muerte.
—Te entiendo. Pero nada más se puede hacer. Lo mejor es tener paciencia y confiar en que las cosas se darán como tú las quieres.
—¡Cómo no va a ser posible evitar la escala en Canadá! —soltó la muchacha, convertida, en de minutos, en experta en trayectos internacionales.
—Serenidad y paciencia Fina, que no panda el cúnico —terció Upegui sin dejar la pipa que lo acompañaba—, yo sé por qué te lo digo: has lo que te dice Herreño al pie de la letra.



cgcuevas@divertinajes.com
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