27 de junio de 2007

Hay otra orilla

[«] Paréntesis en Bogotá

El coronel Aurelio Buendía, asiduo de El Vergel desde sus tiempos de recluta, declamaba una perorata sobre las virtudes del meretricio. Rodeándolo, los hombres carcajeaban bajo el humo mientras las muchachas aplaudían su elocuencia. El círculo se abrió para dar la bienvenida a la agasajada. Ella, vestida con su habitual traje oscuro ceñido al cuerpo, respondió con finura el saludo de los invitados y de las mujeres engalanadas a fin de deleitar a los amigos, más que de atraer clientes.

Evarista, la Vetera, un poco retraída debido, quizás, a la interrupción de su retiro obligado por los reumas, algo murmuraba al oído de Delfina:

—Te veo triste, mijita. ¿Qué pasó? No debiste hacer este viaje.
—No fue en balde, Vetera. Tenía que comprobar que nunca volveré a verlo—, le respondió La Fina.
—Nunca digas nunca que casos se han visto. Bueno, pero lo importante es que ya estás aquí, alegra esa cara que qué dirá la gente.
—¡Ay, Vetera! No estoy yo para celebraciones. ¿Cómo se les ocurrió organizar esta rumba sin decirme?
—Cosas de las muchachas. A mí no me consultaron. Me enteré hace un rato apenas.
—Excúsame…

Pendiente de los detalles, dispuso la repartición de tragos conforme los gustos de cada quien, aduló y se dejó adular sin comprometer más de unos minutos en cada mesa y ordenó silencio para permitir al trío Arnedo pulsar los deseos quebrantados con una melodía infinita.

Sin saberlo, no tenía porqué, el propio maestro Antonio Arnedo había compuesto el jazz que ahora interpretaba al saxofón en su honor, Hay otra orilla, para tantear la distancia de esa ausencia intocable.

Las luces atemperadas del salón perseguían la música con la constancia de una mano entre los muslos y la otra, desmayada, sobre las teclas. Los timbales regulaban, sin interrumpir, la fruición de las maderas y los vahos del tabaco de Piedecuesta mezclaban su hálito con los licores sedientos de reclamos.

La fundación de las viudas

El Vergel nació a mitad de siglo a raíz de una masacre equivocada. Cierto día, cuando venían de un concierto didáctico, un grupo de músicos fue fusilado a orillas de una carretera por bandoleros liberales que consideró partidarios del Directorio Conservador a quienes, en realidad, eran profesores del recién creado Conservatorio de Coveñas.

Dos viudas de ese error asesino aceptaron sin remilgo la propuesta de Evarista y decidieron montar un burdel.  Por los lados de la Plaza Mutis alquilaron una casa esquinera que luego compraron para acondicionarla a su amaño: el piso bajo se habilitó como vestíbulo y bar y los dos superiores los reservaron para otras atenciones. En el antiguo garaje construyeron un apartamento al que estaba tajantemente prohibida la entrada de alguien distinto a ellas, las fundadoras.

Delfina fue acogida allí cuando tenía doce años. De su familia, víctima de la violencia enganchada contra los pobres del Opón, heredó la firmeza de los sustraídos precozmente a la vida. Aprendió a vencer el sopor de las jornadas colegiales y el aturdimiento de vientre, mientras ayudaba  a las fundadoras a acicalarse para las labores nocturnas.

Ejercicio en volúmenes

Distrajo, hasta quedar exenta, las horas de estudios estériles con la lluvia de los violines adyacentes, con el retintín de las copas ajenas, el roce de otras prendas en caída, las caricias sospechadas en los demás y un trino entre sus brazos. El día que le tocó, pasó sin dudas la puerta para dar inicio a su destino voluptuoso.  

Nunca permitió que se dieran por perdidos los cursos que tomó en la facultad de artes. Por el contrario, cuando accedía a revelar las razones de su emancipación, afirmaba que provenía de una inclinación formada en el estudio de las proporciones y los trazos de las naturalezas.

Aquellas mañanas de universidad se lanzaba -luego de dejar preparado el desayuno a sus trasnochadas benefactoras-
a buscar la perspicacia de las sombras y la intuición de la luz en el abismo de la geometría.

Se ejercitó en puntos, rayas y volúmenes. Supo la mimesis del Greco, corrigió la plenitud de Rubens y la reverberación de Degás, copió las meninas de Velázquez y las estrías de Doré sin omitir los destellos que Miró le volvería a recordar entre las paredes de su casa en Barcelona años después.

Fue por esas aproximaciones como se convirtió en asistente habitual de la Casa de las 3 ce y no por invitación de Marín Herreño, aunque este visitaba con frecuencia El Vergel, como otros negocios similares, en ejercicio de las funciones que antes se expusieron aquí.



cgcuevas@divertinajes.com
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