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20 de junio de 2007
Paréntesis en Bogotá
Antes de regresar a Coveñas, Delfina La Fina aceptó quedarse unos días en Bogotá para deshacerse del frío en el cuerpo y la desazón de alma que traía de su busca infecunda por el Viejo Continente. El recorrido entre el Aeropuerto El Dorado y Usaquén con la amabilidad de Los Funza, Darío y María, la trajo de nuevo a tierra. Un ajiaco consistente y los rones que mojaron la charla del regreso terminaron por adormilarla esa noche. En cada esquina
Despertó con el corazón, a penas acuclillado, entre este lado del mar y el que dejó al otro lado. El susurro de los copetones entre las ramas de eucaliptos, la bienvenida de La Sabana extendida azul a sus pies y la fragancia doméstica de los tamales, perfumaron con apetito su piel de abandono. Paseó, siempre en compañía de María y Darío, por los bosques de La Calera, los comercios de Santa Bárbara y la bohemia de La Candelaria. Cenaron en Monserrate langosta y champaña, tomaron colaciones en la Puerta Falsa y chocolate con almojábanas en la Florida. Sin abrumar la nostalgia que mudaba en cada esquina, Los Funza la cobijaron durante el paréntesis entre las dársenas oxidadas de Hamburgo y el diciembre luminoso de la Capital. Pero llegó la hora de volver a su reino de El Vergel.
En agosto, casi seis meses antes, había partido de Coveñas con el auspicio de Martín Herreño, perito en tours quien trazó un itinerario convincente, reservó hoteles y aviones y -como las dos veces anteriores-, le garantizó que no tendría ningún inconveniente para encontrarse con su amado. No bien aterrizó, se entregó a su busca por todo Ámsterdam. Repasó los canales y las calles húmedas, los parques y hostales. Sin el aspaviento de las turistas que no quieren ser confundidas -pero ojala sí-, pasó muchas horas en la Warmoesstraat y preguntó a las colegas del Hilo Rojo, por si alguna recordaba haber visto a Hidalgo Caballero. Con la mirada diáfana de quien busca el amor perdido momentáneamente -pero que aún vive- y la certidumbre de que nunca, en ninguna parte, fue menos ni más que la mujer de Hidalgo Caballero, sin ligas legales ni convenciones púdicas:
–¿Los otros hombres? Son tu público. A ellos te debes, como yo al mío. No tengo nada que reprocharte y, menos aún, tu noble oficio. Lo que yo hago es reprobable para algunos rancios. Pero tú, olvídalo-, replicó una mañana de sábado, a las disculpas de ella por encontrarse ocupada en su linda faena cuando él la fue a buscar.
Malas enseñanzas Ahora, en cambio, tras indicios fugaces y vestigios precarios, debió pasar desolada por Leyden, Rótterdam, Amberes y Lieja. En Breda compartió largos ratos con Carolina Pérez, hija de un periodista español quien, por encargo de su padre, iba a la caza de otras huellas, las de un tal Diego Alatriste que combatió en los tercios del Rey contra los holandeses insurgentes. Contrastaron –con mejillones y cervezas conventuales de por medio-, las trayectorias que las llevaron a ese punto ese momento y reprocharon a dúo las malas enseñanzas de geografía e historia en el colegio de monjas. La española siguió a Ostenda y La Fina salió para Gantes. Allí la recibió Michel Ickx, un maestro que se me esforzaba en aconsejar mejores alternativas a la cerrada burocracia comunitario-europea. Con voz pausada y pronunciación peninsular le dio indicaciones sobre la posible ubicación de Hidalgo Caballero: –Ojala lo encuentres y cuando así sea dale un abrazo y un saludo en mi nombre-, apuntó el anfitrión de venerable barba.–¡Cómo! ¿Acaso Usted lo conoce?-, preguntó asombrada Delfina. –Desde luego. Y lo quiero como a un hijo. Me habló muchas veces de ti y alguna vez te vi con él en Badajoz-. –Pero…no es posible. No lo recuerdo-, siguió dubitativa la muchacha. –Estabais en el bar de Félix. Pero no era prudente que nos vieras en esa ocasión.
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