12 de junio de 2007

Estamos olvidados

[«] Cuando seamos el poder

En las paredes del recinto, sobre tableros de corcho, se exponían fotografías y carteles que referían hitos gloriosos. A continuación de los himnos y discursos venían las declamaciones e  interpretaciones y, en ocasiones, se proyectaban sobre el fondo del salón bilioso la Madre Coraje, las escaleras de Odessa o las fábricas de acero templado.

El público, uno en la diversidad, coreaba sin fisuras basta al bloqueo a Cuba, se mecía al ritmo de cinturas y senos cual volcanes temblorosos entre corpiños de holán, amarraba vagones con fusiles al tren de la muerte cantando, combinaba todas las formas de lucha y aguantaba pellizas que cubren de la nieve esteparia, pero sobran a los ardores de la noche tropical.


Refriegas con la decencia

Quienes estimulados o no con la posibilidad de un pasaje barato para el trayecto Coveñas-Bogotá-Lima-México- La Habana-Londres-Madrid-Ámsterdam-París-Roma-Berlín-Praga-Budapest-Sofía-Moscú-Leningrado-Kiev-Crimea (con regreso 2 meses después), se agrupaban en la parte trasera del salón en busca de compañía propensa al escape por rutas más cercanas y gozosas, no derogan si no que, por el contrario, apuntalan la moral revolucionaria.

Distinguidas ejecutantes del oficio amoroso asistían a los actos de La Casa de las 3 Ce. Para agradecer, decían, al arbitraje de Herreño -a veces concluyente, siempre magnánimo- en sus refriegas con la decencia civil, eclesiástica y militar. De paso, añadían chispa a la causa, adquirían don de gentes y extendían sus relaciones públicas:

  • Tantos resultados con una sola acción que, además, enaltece el espíritu y congrega. ¡Qué gran ejemplo de eficacia revolucionaria!-, señaló Hidalgo Caballero a Delfina La Fina, reina del más exquisito burdel de Coveñas.
  • ¡Con Herreño, siempre! Si todos fueran tan buena persona como él, otro gallo cantaría. Cómo me gustaría ir de excursión. Imagínate, Paris, contigo-, contestó la gallarda muchacha.
  • Hidalgo Caballero, Enrique. Nombre y apellidos auténticos. Sin alias. Ocupación, estudiante de ingeniería. Profesión, Revolucionario. Subversivo de filiación Comunista. Sí, en mayúsculas. Experiencia comprobada en promoción, organización y conducción de jornadas, protestas, huelgas, reuniones y movimientos en favor de supuestos intereses populares. Agitador y propagandista de ideologías foráneas. Entera dedicación. Festivo e intrépido. Práctica atletismo, natación y caminatas al aire libre, pero no se niega unas buenas copas. Soltero. Amante de la literatura y de Delfina, alias La Fina, de profesión meretriz. Sí. Meretriz. Simpatizante de grupos sediciosos. También en mayúsculas. Que se vea claro.

    Sin alias

    El talento de Hidalgo Caballero para inventar apodos sólo tuvo un límite: él mismo. Jamás, ni en las asechanzas más tenaces, ni en las ansiosas batidas de los detectives, que lo odiaban (no hay más que mencionar al Albino Dalton, ese descolorido maricón que juró matarlo varias veces, con apenas tenerlo a tiro de fusil), aceptó llevar seudónimo:

  • ¿Para qué? -decía-, si con estos apellidos que nadie cree, es suficiente ¿Alias Don Quijote? ¿El de la Triste Figura? ¿Juan de la Cosa? ¿De La Torre Abolida? No jodas, Jequíni”.
  • Sin ocultar su identidad obraba prodigios. Una madrugada, rumbo al apartamento de Guillermo Manjarrés, Adán, una patrulla cortó el paso a la pandilla proveniente del Vergel, donde atendían La Fina y sus amigas. El desparpajo de los policías frente al documento genuino de Hidalgo Caballero se trocó en una exhaustiva requisa a los demás, que terminamos en la comisaría.

    Él, dueño del expediente más sonado de la Comarca, corrió detrás del furgón y esperó, libre y sentado en el andén del Bulevar Nariño, hasta que el abogado enviado por Martín Herreño, protector de putas y estudiantes sospechosos, nos puso de nuevo en la calle.

    Un raro embarque

    En una calle ignota de Hamburgo, por los lados de Speicherstadt, sin señas para seguir el rastro de sus pasos fidedignos ni indicios de una vida cierta posterior, Hidalgo Caballero se diluyó hasta siempre.

    La última huella la creyó encontrar La Fina -luego de infinitas caminatas  por Reeperbahn, San Pablo y Altona- en un muelle del puerto libre inspeccionando un raro embarque con destino a Sudamérica, según las palabras de un estibador ecuatoriano:

  • Debió ser algo delicado o peligroso de transportar pues -insistió el ecuatoriano- pues no le despegó el ojo. Por eso lo recuerdo muy bien y a mí personalmente me pidió mucho cuidado.
  • Con esa referencia tratamos de establecer la identidad del destinatario. La suposición de que la carga iba con destino al FEO fue acogida por casi todos. El Frente Montañas Libres que acogió las traviesas convicciones rebeldes de Hidalgo Caballero quién le acomodó la sigla en una de sus clásicas irreverencias:

  • ¿Por qué le dices el FEO?
  • Resulta que, cuando fui como adjunto político, los compañeros del Frente se quejaban con razón de que “estaban olvidados” por la Dirección. Y así deben seguir. No jodas, Jequíni.






  • cgcuevas@divertinajes.com
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