6 de junio de 2007

Cuando seamos el Poder

[«] Fin del extravío en Crimea

Si nos hemos detenido de más en el texto de Torcuato Alcántara no es por impostada erudición literaria, si no para rehacer el itinerario que siguió un escrito lugareño hasta parajes tan inusuales. Torcuato nunca salió de la Comarca.

En cambio, se calcula que Martín Herreño viajó por lo menos 17 veces a los países de la llamada “órbita soviética”. Un hecho insólita que, en las condiciones extremas de la Guerra Fría, sólo se explica si hubiese de por medio un potentado, quizás un diplomático o, vaya uno a saber, un agente secreto con muchos recursos a su alcance y una poderosa protección.

Consejero y coreógrafo

Herreño no gozó de gran fortuna. Los ingresos que obtenía se iban en atender las empresas a su cargo y las solicitudes de estudiantes, artistas y otros desamparados. Nunca tuvo cargo público alguno ni se empleó –si eso puede llamarse empleo- excepto cuando, casi un niño, trabajó como ayudante en albergues de obreros, por las Selvas del Opón.

Sus mañas de negociador, la cortesía al plagio de los monseñores jesuitas y la elegancia extemporánea hacían de él un embajador de estirpe, capaz de allanar el carácter de los burócratas con los que conferenciaba -aquí como allá- tanto en presente como, cuando las circunstancias lo imponían, por teléfono.

No obstante esos atributos, sólo se acreditó como director del Correo Comunero. En el Centro Coveñas Cultural, quizás su obra más querida, el mando se lo repartían cantantes, comediantes y bailarinas mientras él se ejercía de consejero y coreógrafo ad hoc. Se sabe que, como encargado de las finanzas, tenía asiento en el Comité Comunista de la Comarca pero esto, por las condiciones propias del momento y la región, era asunto reservado.

En cambio, las relaciones de Martín Herreño conformaban un abanico que incluía camioneros y estibadores, ministros y secretarias del despacho, mandos y reclutas del distrito militar 32, prelados y curas de la diócesis, putas y contadores juramentados, profesores y lustrabotas, políticos y contrabandistas, el gremio de joyeros y fabricantes de calzado (No en vano Coveñas de San Pascual es llamada “Capital del Cuero Andino”), músicos e infinidad de marchantes y propietarios de pequeños negocios, entre otros.

Conforme el acontecer

A todos saludaba con voz afable y venias cariñosas. Raras veces descolgaba la valija negra prendida como eslabón a su derecha y, por eso, raras veces daba la mano: cruzadas 3 ó 4 frases con la interlocutora o interlocutor -y si encontraba un asiento a mano- se sentaba para espulgar, extraer y obsequiar en secuencia un ejemplar del Correo u otra publicación socialista, talones de rifas y lotería, calendarios de Moldavia, listas de exposiciones artísticas, itinerarios de excursiones por Asia y Europa, postales húngaras o catálogos de maquinaria.

Cada destinatario era cautivo con el recuento de los beneficios de la entrega y sus correspondientes gastos: saldos de correo, papelería, premios, medicinas para un artista enfermo, apoyo a la familia de un preso, admire semejante paisaje, allá merece ir, amplíe el negocio, compare, gracias por el abono, cuando seamos el Poder contando, claro, con colaboradores como Usted.

No menos atractivo tenían las medallas con hoces y martillos cruzados sobre estrellas rojas, los carretes de cine, las porcelanas y campanas de cristal, los discos de vinilo, los pliegos doblados del realismo socialista y las fotografías de conciertos y marchas en blanco y negro frente al Mausoleo de Lenin.

Pero estas piezas eran la reserva para eventos como el aniversario de la fundación del Partido, el Primero de Mayo, la visita de un delegado del Comité Central o la Revolución de Octubre que se designaban, conforme el acontecer político del país, bajo títulos sin sospecha como Fiesta de la Aurora, Día del Trabajo, Recepción de la Amistad y Efemérides de la Unidad Internacionalista.

Era entonces cuando el compañero Herreño, si no estaba de viaje, ordenaba el arreglo de La Casa con semanas de anticipación al Acto Principal: brigadas de colaboradores, cantantes, niños pioneros y militantes de la sección juvenil, mujeres y hasta veteranos conspiradores ahora en la legalidad, dedicados a repintar paredes, alistar gallardetes y banderas, pulir el estrado y alistar el recinto para la ocasión.

El lustrado del símbolo, sobre el portón de entrada, se dejaba para lo último: un muchacho designado para tan alto honor, trepado encima de un andamio, brillaba con un potingue la placa de bronce que anudaba 3 ce sobre un horizonte de rayos.





cgcuevas@divertinajes.com
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