28 de mayo de 2007

Fin del extravío en Crimea

[«] Oda a la empanada en Moscú

Poco antes de la medianoche, en uno de los salones del Palacio Massandra frente a las costas del Mar Negro en Crimea, los contertulios se deleitaban con varias botellas de magaratch, el vino insignia de las bodegas que fundara Nicolás II en 1786.

La conversación fluía en español. Mientras Valentina (una mujer baja y elegante que dejó, siendo muy niña, la villa manchega donde nació, unos años después de la Guerra Civil), mantenía cierto acento ibérico, una pareja de rasgos pronunciaba con cadencia al parecer antillana –sudamericana, en todo caso-. Desde hacia varios años Valentina les servía de guía por encargo del Politburó, que también escogía al resto del séquito sofocado con las inflexiones eslavas.

Tiene su encanto

La pareja –formada por el conocido intelectual Leopoldo Varela y su esposa Justina Matíz-, aprovechaba la temporada para reponerse del atafago de sus frecuentes viajes por todo el mundo. Semanas atrás, habían acompañado el traslado de los restos de César Vallejo al cementerio de Montparnasse, el lugar donde reposan desde aquel jueves en París con aguacero.

La charla derivó hacia los Krasny Kamen ucranianos y las comidas que mejor se avendrían con los aromas de las cepas locales: cada quien, en confianza y al gusto, mencionó canapés de salmón, lonjas de congrio, estofado de cola, zetas ahumadas, huevas de esturión, empanadas de yuca.

Las voces se desperdigaron en susurros cuando un camarero entregó un cartapacio a Varela quien despeinó su melena blanca, se explayó en el ancho sillón y leyó en silencio para, luego de unos minutos, dictaminar:

—Tiene su encanto. Es un poema decoroso, pero es evidente que quien lo escribió no posee una experiencia que se pueda llamar considerable en el tema. —¿Quién es el autor? –preguntó su mujer, en la silla de al lado-. —Un tal Torcuato Alcántara. Se trata, sin duda, de un seudónimo. Quizás mexicano…no sé. Nunca lo había oído nombrar. —¿Por qué dice Usted -preguntó la traductora-, que no tiene conocimientos suficientes al respecto? —Es evidente –afirmó Leopoldo sin descuidar las miradas que lo rodeaban-. Entre los ingredientes faltan algunos esenciales y la descripción de las formas de preparación, aunque prolija, no abarca la ingente elaboración de nuestras empanadas. —En cambio Usted sí parece, excuse mi impertinencia, conocer ampliamente el asunto-, dijo un coronel de inteligencia cuyo aspecto sería después distintivo de la política exterior soviética. —Puedo afirmarles, camaradas, que he catalogado más de dos mil tipos diferentes de empanadas lo cual, a razón de 4 ó 5 pasteles comidos por cada tipo, me otorga los méritos para considerarme el mejor empanadológo del planeta-, sentenció Leopoldo Varela con esa sorna suya aplaudida en todos los continentes.

Juguetón, el parloteo siguió con risas, cantos y brindis hasta casi el amanecer. Cuando alguien mencionó a Los Cantos Apetecidos todos se pusieron de pie y recitaron a coro:

¡Cuánto período oscuro
sin tu voz delirante
No podía andar el mundo
Sin tu guía incesante.
Pero llegó el navío
 contigo a la vanguardia
y al silencio hizo eco
el fin del extravío!

Escolios del camino

Cerca del medio día siguiente, como las amigas que eran, Valentina y Justina caminaban tomadas del brazo por el litoral del Mar Negro. Justina pedía a la guía mayores datos sobre la Oda a la Empanada, que había dejado estupefacto a su marido (como éste le confesó en la intimidad de las habitaciones del Ala Este aunque jamás, después de esa madrugada, lo volvió a mencionar*). Valentina aseguró no saber nada al respecto.

La extrañeza de Varela obedecía tanto a la exquisitez de los versos como a la incógnita de su autoría y a la manera cómo habrían llegado a ese palacete desde la lejana Sudamérica (pues, sin duda, de allí provenían). A su perspicacia no escaparon la fecha ni el lugar, ignoto, que figuraban al lado del nombre del autor.

Como es bien sabido, Varela fue cercano al cariño del Kremlin empezando por el propio Stalin del que, se dice, acompañó de joven en las noches azarosas del asedio a Moscú. En su obra -incluidos ensayos, poemarios, libros de viajes y relatos, discursos y conferencias-, no escatima elogios al paraíso hermoso hecho realidad.

Con mirada de cóndor escrutaba los indicios que viajeros sudamericanos dejaban a su paso por la Europa Oriental de la Posguerra. Pero nadie podría afirmar, a menos que se trate de un infame reaccionario, que fuese delator ni aquí ni allá: ancho y abierto como sus nativas playas, estaba negado para la hipocresía, la astucia y el cinismo que demanda el espionaje, inclusive cuando se practica en favor de un ideal noble.


* En su curso avanzado de Poesía Olvidada, el profesor Fermín Estrada afirma, con argumentos de peso, que en los Escolios del Camino Leopoldo Varela incorpora algunos versos que, si no son de Torcuato Alcántara, se ciñen con extraordinaria semejanza al estilo de nuestro apreciado poeta.  





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