22 de mayo de 2007

Oda a la Empanada en Moscú

En la carpeta marcada con el sello de máximo secreto los investigadores encontraron un texto cuyo significado verídico aún no han podido establecer.

Impresa sobre cartulina con colores brillantes, en grafía cirílica y con la trascripción en español al frente, aparece una retahíla de endecasílabos acoplados por una coda reiterada:

Oíd atentamente
este crujir sabroso, frugal y aún caliente…        

Se trata, es obvio, de la Oda a la Empanada suscrita por Torcuato Alcántara en agosto de 1969 en la Mesa de Ruitoque: una celebración poética al pastel frito de harina con relleno de arroz, papa y carne aliñada que se prepara en quioscos y bazares de los barrios y mercados de todos nuestros países.

Es de suponer que el poema debe guardar algún misterio pues, no por nada, fue descubierta en el despacho del antiguo director de asuntos sudamericanos, días después de la disolución de la URSS, en el corazón de la zona más reservada del Kremlin.

Resulta del todo imposible establecer cómo y porqué se salvó la Oda, junto a varios memoriales, fichas e informes de pesquisas verificadas en secreto por agentes soviéticos y locales en aquellos inaccesibles parajes.

Basta decir, por ahora, que está aquí, a diferencia de infinidad de documentos de inestimable valor histórico perdidos en medio del caos que siguió a la disipación del que alguna vez disputó la condición de país más poderoso del planeta.

Se sabe que Torcuato Alcántara, autor de extensas elegías a las empresas revolucionarias de la época, también aprendió por su cuenta idiomas tan raros como el alemán, el ruso y el francés, además del itálico en que leyó a Petrarca, y por eso su obra abunda en reticencias a la “Linda Hija de la Espuma”, a “La Apolínea Inagotable Carroza y otras alusiones a los maestros latinos. 

De ahí algunos deducen, quizás con razón de sobra, que él mismo tradujo al ruso la Oda escrita para atender la solicitud que, en su momento, le hiciese Martín Herreño, su mecenas y protector de casi toda la vida.

Pareja sin sarcasmos

Alcántara y Herreño formaban una pareja que, sarcasmos y caricaturas aparte, ilustró a la perfección nuestro aprendizaje de la dialéctica.

El primero era hierático y enjuto como bastón de menesteroso, descuidado pero ágil en la andadura, el gabán siempre le excedía unas pulgadas mientras, solo, urdía por la calle frases incomprensibles.

Martín Herreño, en cambio, el aspecto de un tonel resistido a caer en redondo, aguantaba la gala del chaleco de paño severo, sobre una corbata anudada a la perfección, una sonrisa debajo del displicente bigote estalinista

La cabeza lampiña de Torcuato almacenaba todo el barroco del arte y la literatura. En sus caminatas por las lomas de loco sin compañía se repetía párrafos inéditos de Goethe, cantos del Purgatorio y trovas provenzales…

Aquesto dixo el ebrio una vegada,
auesto dixo por la mandrugada,
yo dello non me curo,
yo dello non se nada

Vidas paralelas

Vivía de nada. Por encargo de Herreño daba una que otra lección de lenguaje a las hijas de los jerarcas de la comarca o corregía las pruebas del Correo Comunero y en los actos del Partido recitaba la Elegía de los Oficios, su obra más reputada.

La vez que fue a sacar, para unas votaciones, copia de la cédula perdida, le gustaba repetir el diálogo que mantuvo con el funcionario de turno:

–Usted, ¿Qué hace?
–Soy Poeta
–Y, perdón ¿En qué trabaja?

Tuvo, hasta antes de la demolición, una habitación en el patio de atrás de La Casa (como siempre llamamos, en genérico, la espaciosa morada que fue sede compartida del Comité Comunista, el Centro Cultural y el Correo Comunero, las 3 empresas mantenidas por Martín Herreño), pero había períodos en que se ocultaba, según algunos, en una heredad que conservó en la Mesa de Ruitoque.

Por lo general, el poeta comía en la mesa del patrón pero los platos y gustos eran diametralmente opuestos: mientras éste moría por una rabadilla de gallina de corral sobre cojines de lechuga, aquel consumía un tazón de lentejas con pan; cuando Martín engullía un guiso de bagre, Torcuato roía una zanahoria.

Alcántara detestó los saturados platos de la cocina popular que Herreño reverenció al punto de, en los preliminares de uno de sus viajes detrás de La Cortina de Hierro, exigir a su camarada la elaboración de una Oda a La Empanada, una versión en ruso y otra en español, para regalar a los dignatarios que lo atendían entre agotadoras jornadas de trabajo por la Madre Patria.



cgcuevas@divertinajes.com
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