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22 de mayo de 2007
Oda a la Empanada en Moscú En la carpeta marcada con el sello de máximo secreto los investigadores encontraron un texto cuyo significado verídico aún no han podido establecer. Impresa sobre cartulina con colores brillantes, en grafía cirílica y con la trascripción en español al frente, aparece una retahíla de endecasílabos acoplados por una coda reiterada: Oíd atentamente
Es de suponer que el poema debe guardar algún misterio pues, no por nada, fue descubierta en el despacho del antiguo director de asuntos sudamericanos, días después de la disolución de la URSS, en el corazón de la zona más reservada del Kremlin. Resulta del todo imposible establecer cómo y porqué se salvó la Oda, junto a varios memoriales, fichas e informes de pesquisas verificadas en secreto por agentes soviéticos y locales en aquellos inaccesibles parajes.
Se sabe que Torcuato Alcántara, autor de extensas elegías a las empresas revolucionarias de la época, también aprendió por su cuenta idiomas tan raros como el alemán, el ruso y el francés, además del itálico en que leyó a Petrarca, y por eso su obra abunda en reticencias a la “Linda Hija de la Espuma”, a “La Apolínea Inagotable Carroza y otras alusiones a los maestros latinos. De ahí algunos deducen, quizás con razón de sobra, que él mismo tradujo al ruso la Oda escrita para atender la solicitud que, en su momento, le hiciese Martín Herreño, su mecenas y protector de casi toda la vida. Pareja sin sarcasmos
El primero era hierático y enjuto como bastón de menesteroso, descuidado pero ágil en la andadura, el gabán siempre le excedía unas pulgadas mientras, solo, urdía por la calle frases incomprensibles. Martín Herreño, en cambio, el aspecto de un tonel resistido a caer en redondo, aguantaba la gala del chaleco de paño severo, sobre una corbata anudada a la perfección, una sonrisa debajo del displicente bigote estalinista La cabeza lampiña de Torcuato almacenaba todo el barroco del arte y la literatura. En sus caminatas por las lomas de loco sin compañía se repetía párrafos inéditos de Goethe, cantos del Purgatorio y trovas provenzales… Aquesto dixo el ebrio una vegada,
Vivía de nada. Por encargo de Herreño daba una que otra lección de lenguaje a las hijas de los jerarcas de la comarca o corregía las pruebas del Correo Comunero y en los actos del Partido recitaba la Elegía de los Oficios, su obra más reputada. La vez que fue a sacar, para unas votaciones, copia de la cédula perdida, le gustaba repetir el diálogo que mantuvo con el funcionario de turno: –Usted, ¿Qué hace?
Por lo general, el poeta comía en la mesa del patrón pero los platos y gustos eran diametralmente opuestos: mientras éste moría por una rabadilla de gallina de corral sobre cojines de lechuga, aquel consumía un tazón de lentejas con pan; cuando Martín engullía un guiso de bagre, Torcuato roía una zanahoria. Alcántara detestó los saturados platos de la cocina popular que Herreño reverenció al punto de, en los preliminares de uno de sus viajes detrás de La Cortina de Hierro, exigir a su camarada la elaboración de una Oda a La Empanada, una versión en ruso y otra en español, para regalar a los dignatarios que lo atendían entre agotadoras jornadas de trabajo por la Madre Patria.
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