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25 de abril de 2007
Gracias por la ternura
Hacía ya 6 años que Fernando -el artista- no pasaba por los dominios de Juan Carlos -el soberano- debido a una razón que Acá muchos padecemos pero que Allá les importa un comino: la inclusión de los nacionales de Acá en la lista de los repudiados que deben soportar afrentas a granel y satisfacer exigencias increíbles cuando quieren –o necesitan- ir Allá. 6 años desde cuando alguien de Allá –un amigo- decidió imponer visado a los compatriotas de Fernando y Gabriel y Álvaro (el escritor, el piadoso) y César y Carlos –el suscrito- y Rocío –la corsaria- y millones más. Entonces, algunos indignados juraron no volver a pisar los dominios de Isabel y Juan Carlos –los antes mencionados- mientras se mantuviera el requisito del visado. Sin embargo, cuando Álvaro –el escritor- fue llamado a recibir una medalla (que en vez de la imagen de Isabel tenía la de Miguel –el manco-) no dudó en romper el reciente juramento. En cambio Fernando –el artista-, aunque ya había enviado las tarjetas de invitación a la boda de su hija que se celebraba Allá se mantuvo en sus trece: trasladó la ceremonia a Venecia y no volvió hasta ahora, al homenaje de sus 75 años. Apoteósica, gorda fue la celebración. Atractiva, para que Fernando aceptara romper su viejo juramento y tramitara el visado con el visto bueno de José Luís –el jefe- y sus subalternos. Juan Carlos -el mismísimo-, apuntaló los trámites que para otros –los olvidados-, son imposibles de entender, y tan indignos, que resultan violentos. Carmen –la Calvo- no cabía en sí de la dicha. Ni se diga Noemí –la oportunista- quien calificó el permiso de ingreso como un salvoconducto de “amor, gratitud y admiración”.
Cuando le llegó el turno de agradecer, añoró aquella época, cuando no necesitaba permiso, en que aprendió en el Museo –El Prado- de Velázquez, Murillo, Goya, Zurbarán –sus antecesores-.
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