|
20 de diciembre de 2006
Felicidad fugaz e inútil
No es mucho, si se tiene en cuenta que los más previsores empiezan a comprar a finales de octubre (cuidando de no cruzarse con las, cada vez más habituales, festejos de Hallowen o ‘de los niños’ que en algunas partes traten de disfrazar el homenaje a las brujas), mientras otros esperan hasta mediados de enero siguiente. Ríos de algodón y mermelada Ritos de origen desconocido y largo arraigo, los intercambios de obsequios para celebrar eventos especiales, no sólo influyen en la economía si no que provocan tendencias sociales difíciles de eludir. Las nochebuenas latinoamericanas (emparentadas hoy más con el Papa Noel o el San Nicolás que con los Reyes de España, me refiero a los 3 Magos, no con la actual familia gobernante de Juan Carlos, ¿así es que se llama?), alrededor del pesebre (belén), fragantes y tibias, las habríamos olvidado hace rato de no ser por la evocación de los juguetes cuidadosamente empacados al lado de un río de algodón, tributario de un lago en tapas de mermelada Interminable fila de legos y artificios
Porque, salvo horrorosas excepciones, el regalo de Niño Dios, Papa Noel, San Nicolás o Reyes (Magos), debe ser efímero: cuando aguanta más de 3 meses de uso debe desconfiarse de su procedencia y, por tanto, de su intención. Tal vez en resarcimiento de la fugacidad de los juguetes encontrados en el pesebre, belén, árbol, chimenea, etc. algunos, cuando adultos, prefieren intercambiar cosas más útiles y duraderas como agendas empastadas en cuero, anchetas, fruslerías de escritorio, sobres con dinero, cenas suntuosas (y untuosas), joyería fina y un largo etcétera. La casi perfecta simetría de la justicia
Sin embargo, si la Navidad fuese justa y las cosas al revés, como deben ser; los pobres deberían recibir bagatelas costosas, viandas exuberantes, licores finos y libros de formato grande con fotografías luminosas. En cambio los potentados obtendrían mercaderías chinas, reproducciones baratas, chocolates corrientes y relojes de marca falsificados para dejar a las familias de clase media la cena de asilo, el pan de los orfanatos y la limosna de las aceras: todos ganando una porción fugaz e inútil de felicidad. Seriamos, entonces, todos niños de nuevo. Sorprendidos por los caprichos de un destino que se descuelga de las estrella, atraviesa desiertos con cofres de especias y se atora en un estrambótico vestido rojo; reiremos con nuestro infortunio mientras envidiamos el cachivache que le tocó, en suerte, a nuestros prójimos.
|