4 de diciembre de 2006

La muerte del último nómada

Maobe Belisario Nukak decidió una tarde de octubre morir. Con serenidad y tranco elegante se dirigió, con los últimos momentos de la tarde, hacia el Guainía.

En una curva de la playa se sentó a ver como caían los rayos de sol en el obscuro foso de la orilla occidental: el misterio de ese naufragio lo había asombrado desde siempre, en toda la extensión del Río Guainía y a lo largo de sus 30 años de existencia, que pronto terminarían.

Los ojos de Maobe Belisario se alternaban entre la luz deslizándose hacia la próxima noche y la preparación de hojas que envolvía en sus manos. Al rato, cuando las tinieblas erigieron una catedral de sombras en la selva, al otro lado del río, el indio tomó un bocado de hojas y las mascó con parsimonia, sin duelo pero con una vergüenza profunda en su corazón.


Grupo Nunak
Maobe Belisario era un miembro más de los Nukak, la última tribu nómada conocida que subsiste en las selvas del Güaviare y la Orinoquía colombiana.

Resolvió matarse por vergüenza. Creyó, de manera equivocada, haber traicionado a su pueblo, compuesto por algo más de 200 individuos, que ante la violencia agresiva de las guerrillas productoras y traficantes de cocaína, debieron abandonar el territorio de sus andanzas y buscar refugio en un pequeño pueblo de blancos.

Pero, llamar “blanca” a la población variopinta, india, mestiza y mulata que puebla la región es, cuando menos, una inexactitud etnográfica. En ninguna de las incontables lenguas indígenas que se hablan en esos vastos parajes todavía, se utilizan colores para distinguir a la gente. Como tampoco existen, hasta donde se sepa, palabras en Nukak para denominar el dolor que acometió a Maobe Belisario hasta decidirlo a tomar el brebaje.

Por su conocimiento de algunas palabras en español, lo convirtieron en vocero de sus hermanos. La horda de políticos, misioneros, periodistas, camarógrafos, fotógrafos, funcionarios, médicos y expertos que llegó hasta tan lejos para ver la insólita concentración de Nukak; lo asediaba con palabras incomprensibles, la mayoría, para Maobe Belisario.


Niño Nukak con
pinturas rituales
Él se esforzaba en tratar de hacerles entender por qué habían resuelto agruparse allí. Largos tramos debieron cubrir los mensajeros entre la amplia y dispersa geografía de los Nukak, para acordar reunirse en un mismo lugar con el propósito de pedir que no los persiguieran a ellos, cazadores por excelencia.

El hecho de que los caminos -trazados por los dioses a perpetuidad en las selvas-, se cruzaran con las rutas accidentales de los malhechores; no era (conforme lo dictaminaron los bejucos y las semillas en que habla el destino de los Nukak), ningún castigo celestial: a lo sumo, una consecuencia marginal de una guerra que ellos desconocen pues nunca desde el origen de los tiempos han peleado entre sí ni contra otra gente.

¿Para qué matarse por un pedazo de tierra, unos árboles o una orilla de agua? La tierra, infinita, es un universo imposible de abarcar con la vista. Menos con las manos o con la boca. Apenas inician a recorrer algún trayecto nuevo cuando la miel, los animales para cazar, las plantas del alimento o del veneno; comienzan a escasear allí donde estuvieron.

Entonces, se van a otro lugar para volver, quizás, en el momento en que la naturaleza haya tenido tiempo de hacer las reparaciones necesarias. Tal vez. No se aferran a nada ¡Todo es tan grande! Ni siquiera al camino.

La sabiduría de los últimos nómadas genuinos que quedan en estas selvas sudamericanas les ha enseñado que el movimiento, como la riqueza, es insaciable. Por eso, sin nostalgia, abandonan el lugar donde se asentaron cuando escuchan la solicitud del hábitat que pide tiempo para fructificar otra vez, con sus artes secretas.

Los Nukak no miden porque no acumulan. Como se pueden apropiar de todo, no guardan nada. Su establecimiento en un lugar es siempre transitorio. Su transito no los ha convertido en idólatras del camino.

Todo eso quiso explicar Maobe Belisario. Pero las palabras no le sirvieron para hallar una salida entre la verborrea que detuvo a los de su pueblo. Entonces decidió, avergonzado, morir en silencio.


Río Güaviare




cgcuevas@divertinajes.com
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