2 de octubre de 2006

El guía espiritual adjunto

Dos años de camaradería crearon entre el Inspector Máximo y el Mentalista una sinergia tan íntima que, al final, no faltó quien los confundiera en las reuniones sociales.

Y pensar que fue la propia esposa del Inspector quien propuso la designación del Mentalista como asesor de su marido, pocos días antes de la toma de posesión.

- Es difícil-, anotó el Inspector, pues no creo que exista un cargo para un perfil tan definido.
- Entonces lo nombras como asesor externo, secretario privado o qué se yo.
- Debo examinar la cuestión-, replicó el alto funcionario, -pero admito que es una excelente idea-.

Finalmente Federick Màrginne, parasicólogo titulado en una improbable academia de Nueva Orleáns o Atlanta; consejero de modelos, reinas de belleza y diplomáticas; mentor de diseñadores, deportistas y actores de televisión, etc. ingresó a la nómina estatal. No directamente, pues los criterios atrasados de la administración pública no reconocen, todavía, credenciales de reciente prosapia. La mediación de una amiga, kinesióloga titulada y propietaria de una sala de belleza, facilitó la contratación de Màrginne.

Con entrada directa al Despacho, derecho a usar vehículo de placas oficiales, escoltas y secretarias a su disposición, Federick pasó rápidamente de mano derecha a sombra del poder y, luego, al poder en la sombra. Aún no cumplía 6 meses en el cargo cuando ganó la consideración de imprescindible para el Inspector Máximo, quien decidió no tomar decisión pequeña, mediana o grande sin contar previamente con la opinión de su preceptor.

Todo movimiento en la nómina, cualquier disposición relacionada con las investigaciones o los juicios a criminales, el color de las cortinas y el diseño de los carnés de identidad, la orquesta que tocaría en la fiesta de fin de año, el traje que debería usar el Inspector Máximo en las reuniones mensuales con el Presidente de la República o en sus presentaciones ante el Congreso, la corbata de las recepciones oficiales, el regalo a los ahijados, la sonrisa frente a los noticiero, todo gesto del funcionario debía contar con la aprobación del Mentalista.

Pocos, casi nadie, se dio cuenta de que cada observancia de las indicaciones reflejaba un gradual parecido entre uno y otro: Màrginne subió de peso, la voz se le amortiguó con la gravedad de la autoridad suplantada y la discreción del lobo se instauró en sus pasos. Al mismo tiempo la risa del Inspector se afeminó, lo mismo que el sobresalto de las manos y la altanería de los párpados.

- Creo que el Jefe se nos amariconó-, dijo un veterano detective a su colega mientras veían sus declaraciones en el televisor del bar. – Y lo malo es que se le nota-.
- Dicen, en cambio, que la loca del Federick parece cada día más macho-, comentó el vecino-.
- Será de facha, por que ese ya no tiene remedio. En la cima las apariencias engañan más que a ras de piso.
- Y ¿a quién quiere ese brujo engañar? Si todo el mundo sabe que desde antes del bautizo Federico Martínez, por que ese es su verdadero nombre, ha sido más volteado que una toalla en remojo-, preguntó el veterano.
- No creo que el verbo sea precisamente engañar. Tal vez lo único que buscan es mimetizarse el uno en el otro. Como los camaleones.
- Y ¿Para qué?-
- No sé, tan sólo digo por decir-. ¡Oye! Dos cervezas más, y pronto.

Lejos de tales murmuraciones, la mujer del Inspector se pavonea en los clubes a espaldas de los bríos recién adquiridos de su recomendado y de las gráciles maneras de su marido.

Nada sabe, ni quiere saber, de historias que mencionan las prácticas esotéricas de la jerarquía nazi o las devociones oscuras de la tiranía que instaló en Argentina el “brujo” López Rega durante el gobierno de Isabel Perón.

Para la señora del Inspector Máximo la mejor decisión de su marido fue haber designado a Federick Màrginne en el cargo, merecido justamente, de guía espiritual adjunto.



cgcuevas@divertinajes.com
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