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2 de octubre de 2006
El guía espiritual adjunto Dos años de camaradería crearon entre el Inspector Máximo y el Mentalista una sinergia tan íntima que, al final, no faltó quien los confundiera en las reuniones sociales. Y pensar que fue la propia esposa del Inspector quien propuso la designación del Mentalista como asesor de su marido, pocos días antes de la toma de posesión. - Es difícil-, anotó el Inspector, pues
no creo que exista un cargo para un perfil tan definido.
Con entrada directa al Despacho, derecho a usar vehículo de placas oficiales, escoltas y secretarias a su disposición, Federick pasó rápidamente de mano derecha a sombra del poder y, luego, al poder en la sombra. Aún no cumplía 6 meses en el cargo cuando ganó la consideración de imprescindible para el Inspector Máximo, quien decidió no tomar decisión pequeña, mediana o grande sin contar previamente con la opinión de su preceptor. Todo movimiento en la nómina, cualquier disposición relacionada con las investigaciones o los juicios a criminales, el color de las cortinas y el diseño de los carnés de identidad, la orquesta que tocaría en la fiesta de fin de año, el traje que debería usar el Inspector Máximo en las reuniones mensuales con el Presidente de la República o en sus presentaciones ante el Congreso, la corbata de las recepciones oficiales, el regalo a los ahijados, la sonrisa frente a los noticiero, todo gesto del funcionario debía contar con la aprobación del Mentalista. Pocos, casi nadie, se dio cuenta de que cada observancia de las indicaciones reflejaba un gradual parecido entre uno y otro: Màrginne subió de peso, la voz se le amortiguó con la gravedad de la autoridad suplantada y la discreción del lobo se instauró en sus pasos. Al mismo tiempo la risa del Inspector se afeminó, lo mismo que el sobresalto de las manos y la altanería de los párpados. - Creo que el Jefe se nos amariconó-, dijo un
veterano detective a su colega mientras veían sus declaraciones
en el televisor del bar. – Y lo malo es que se le nota-.
Nada sabe, ni quiere saber, de historias que mencionan las prácticas esotéricas de la jerarquía nazi o las devociones oscuras de la tiranía que instaló en Argentina el “brujo” López Rega durante el gobierno de Isabel Perón. Para la señora del Inspector Máximo la
mejor decisión de su marido fue haber designado a Federick
Màrginne en el cargo, merecido justamente, de guía
espiritual adjunto.
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