21 de marzo de 2006

El leve avance de la voracidad

Avanza, vaya si avanza, don Felipe en su pretensión de hacerse propietario si no de todo al menos de la mayor parte de la banca nacional. Ya tiene casi el 30 por ciento.

¡Qué si avanza! Hay ver cómo empezó. Hijo de un sencillo vendedor de drogas, es decir, de medicamentos, quien logró acumular una pequeña fortuna gracias a la facilidad con que fiaba y concedía créditos (en especial a ancianas desahuciadas y enfermos terminales de la clase media), y a la dureza con que cobraba a los sucesores las cuentas acumuladas.

El muchacho entendió que las argucias jurídicas podrían servir de apoyo a la actividad comercial del padre. Se matriculó en la universidad pública (él, que bien podía pagarse una privada), para sacar el título al menor costo posible.

Jamás discutió con sus profesores o compañeros de clase. Nunca se le oyó alzar la voz más allá de lo debido, sonreír sin condescendencia o invitar a un café. Parco, discreto, gris, invisible, Felipe aprovechaba todo momento libre de clase para inventar zancadillas que dieran con los deudores del viejo en tierra previa extracción de todo lo posible.

De ese modo, antes de graduarse ya se había hecho a un par de caserones abandonados, herencia de los consumidores de las pócimas que su progenitor vendía con fruición a los moribundos.

Así inició su propio negocio de bienes raíces. Cerca de diez años tardó en construir un emporio constructor que adquiría saldos de ocasión, terrenos baldíos y calles abandonadas para edificar urbanizaciones que promovía como palacetes cuando eran, en realidad, tristes imitaciones de cartón-piedra, baldosas desportilladas y tuberías remendadas.

Felipe nunca tuvo ningún reclamo de los clientes pese a la evidencia de sus abusos. Al tiempo con la expansión de sus edificaciones, creció su red de relaciones con políticos de todos los tamaños e inclinaciones, con las autoridades urbanas y de policía y, desde luego, con los controladores del descontento: al menor atisbo de queja, una visita a deshoras pero oportuna por parte de un forzudo guardián de los intereses de Don Felipe, aliviaba los reclamos.

Y ¿a quién mejor solicitar un crédito a largo plazo para la compra de vivienda que al mismo vendedor? Operación sencilla y redonda como una pera en dulce: yo te vendo, yo te presto, yo te entrego, tú me hipotecas, yo te cobro y te expropio, si es el caso, para cubrir la deuda con el banco que te presto y es tan mío como lo empezó a ser tu vida desde el mismo momento en que, atraído por la publicidad, pasaste por esa puerta sin regreso que te trajo inevitable y eternamente hasta mí.

Tácticas parecidas llevó a término Don Felipe para hacer a aquella floreciente cooperativa de ahorro y crédito, a la agencia de seguros que parece tan prometedora y a una casa de cambios que le llamó la atención por la flexibilidad con que se plegaban, sus administradores y dueños, a las sugerencias ávidas de Don Felipe.

Con paciencia de artesano enlazó una pieza con otra hasta que, sin que casi nadie percibiese el trasfondo de esas jugadas, tejió una madeja de relaciones que hizo caer un banco provincial en sus manos. Luego de otro y otro más tuvo la fuerza necesaria para pensar en un banco estatal, de cobertura nacional, en trance de privatización.

Imperturbable dejó pasar unos cuantos ministros que no eran de su agrado hasta poder colocar aquel afín a sus intereses para diseñar entre ambos una operación que lo hizo dueño, por mucho menos de lo calculado por la prensa (no pocos raya-cuartillas y microfoneros están en sus nóminas secretas), de aquella que en su momento fue considerada la joya de la Corona título que perdió y siguen perdiendo tras cada nueva adquisición del voraz Felipe, el hijo del droguista que suministró siempre las medicinas al abuelo del actual Fiscal general de la Nación.



cgcuevas@divertinajes.com
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