14 de noviembre de 2005

De subida

Se dispararon los precios. Bueno, en realidad, los disparamos nosotros, los del Comité Comercial de la Dulce Compañía después de profundos y complicados estudios tendientes a demostrar que lo que sube no baja y que más valen cien pájaros en jaula que uno sólo en la mano o como sea que sea.

Disparados como proyectiles de perdigón con la idea de desplumar ingenuos, para que caigan,
redonditos, en nuestras bolsas y aquí seguirlos desplumando hasta los huesos: en eso consiste el negocio.

Ni que fuéramos, sostuve en su cara al delegado del Departamento de Precios y Damnificados, DEPREDA, damas de la caridad o sociedad de ayuda solidaria para ir a regalar nuestros productos. Tenemos que, le subrayé, suplir costos cada vez más crecidos y sostener márgenes aceptables de rendimiento pues de lo contrario los accionistas se verán perjudicados y querrán invertir en líneas más atractivas con lo cual se nos genera un problema mayor.

El delegado de DEPREDA se mostró firme al comienzo. Pero yo me conozco esos funcionarios públicos como a mi mano. ¡Qué si los conozco! En otra ocasión les contaré cómo u porqué.

El caso es que le deje soltar su parrafada socialistera, fariseo y rojiza.

-Que quede sentada en el acta la posición del Señor Delegado, dije a la secretaria del Comité Comercial. Con la advertencia de que no necesitamos su aprobación pues si bien la Dulce Compañía como tal está sujeta al régimen de precios controlados, no es menos cierto que la línea de la que hoy nos ocupamos está incluida en el régimen de precios libres.
-Habría que verlo en detenimiento, argumentó el delegado de DEPREDA.
-Con mucho gusto. Pero no en esta reunión. Le sugiero aceptar mi invitación para efectuar una inspección más detenida esta misma tarde, después del almuerzo, si le parece.
-Acepto encantado.

Sí, aceptó encantado. Cómo no iba a hacer lo mismo que viene haciendo desde hace ya ¿cuatro, cinco? Años. Almuerzo de postín, obviamente a cargo de la Compañía y tarde libre para la secretaria que, también es costumbre, nos acompaña con una amiga en esa celebración. Luego que cada quien ocupe el tiempo como mejor le plazca pero, por si algo falta para completar la jornada, unos billetes cuidadosamente deslizados bajo el mantel que el cheque grande vendrá al cierre del trimestre cuando en los estados se refleje el provecho de la subida.

Los clientes son lo de menos. Ansiosos por probar las novedades que la publicidad les ofrece, la emoción no les permite descubrir que, salvo el empaque y un par de detalles superficiales, todo es lo mismo que antes aunque un poco más delgado, menos consistente y más rápidamente consumible para así, aumentar la sensación de vacío y procurar una nueva ración de nuestros amados y novedosos (por esta temporada), productos.

La principal habilidad comercial, les digo a mis muchachos, es la audacia para apretar los puños y ordeñar con vigor la vaca. Nada de sensiblerías. Pulso firme y mano dura para no dejar que una gota caiga en vasija ajena. Después, si queda tiempo, un par de caricias a la bestia es suficiente y hasta luego el amigo.

Sabiduría concreta: al pan pan y por lo que vinimos, vamos. Vender barato no es gracia, así cualquiera vende. La sólida está en vender caro, en trepar los precios y aumentar las ventas. En eso, pregunte si quiere al Presidente, yo soy maestro. Por eso me tiene aquí, a sus gratas órdenes.



cgcuevas@divertinajes.com
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