3 de octubre de 2005

Las cosas de manera impecable


De libro Hand shadows, de Henri Bursill (1858)

Todo es mejor cuando hay disciplina, planeación y ganas de triunfar: eso lo aprendí de mis padres y lo aplico a diario en mi hogar. Empezando por Sebastián, mi marido, y por los niños.

Él ya ha aprendido a superar esos momentos de aburrimiento (que eran más frecuentes antes, cuando empezó esta etapa de nuestras vidas) y poco esfuerzo tengo que hacer para recordarle sus deberes.

Nos conocimos cuando, por esas casualidades de la vida, él desempeñaba un cargo mediano en la administración municipal y yo, recién llegada de un postgrado en finanzas, fui recomendada por mi tío, el ex-ministro, para asesorar una misión internacional encargada de evaluar el cumplimiento de las recomendaciones de ajuste.

Pronto comprendí que allí había un buen prospecto. Pero, había que inyectarle una buena dosis de ambición y de capacidad política pues, de lo contrario, se quedaría rondando infinitamente en el estrecho ambiente de las rutinas provinciales.

Aprendió. Y, gracias a que lo hizo, hoy es un ejecutivo importante. Con mi ayuda, desde luego. Y la de mi familia. Yo ando pendiente de todos los detalles.

Conozco su agenda y las reuniones que le programa su secretaria son previamente consultadas conmigo. Reviso sus documentos. Examino al detalle la hoja de vida de quienes le rodean y apruebo –o desapruebo-, las invitaciones que recibe o que hace.

Pero con discreción. A la sombra. Que nadie sospeche ni se insinué siquiera que soy el poder en la sombra. Ni por asomo: en éste medio repleto de alimañas, de trepadores y chismosos, una afirmación se esa clase iría en desmedro de su imagen. Sería fatal.

Sebastián lo sabe. Le he enseñado a ser prudente en las declaraciones, cuidadoso en la elección de sus confidentes y estricto en el cumplimiento de los horarios: eso nos permite tener tiempo para la familia y los asuntos domésticos, para repasar los guiones y seguir al pie de la letra los compromisos mutuamente adquiridos.

Hace poco, cuando una revista lo nominó al título de Ejecutivo con Mayores Proyecciones del país, se destacó el hecho de que Sebastián dedica tiempo a los niños, los lleva dos veces por semana al colegio, los sábados al club y todos los domingos a la Iglesia; a diferencia de colegas suyos que, por andar en asuntos de negocios, descuidan esos aspectos tan importantes en la vida moderna.

Como siempre, en esa ocasión me escabullí con elegancia. Pasé al segundo plano. Eso, lejos de molestarme, me agrada. Es mi papel y actúo en consecuencia. Jamás alzo la voz, o la mano, para pedir atención hacia mí.

Es mejor que él lo haga como cuando vamos a un restaurante y saluda a los conocidos mientras vamos a las mesas del fondo.

Los meseros esperan sus indicaciones, no las mías, y cumplen las órdenes con diligencia y exactitud sin saber que, previamente, yo he revisado en casa la colección actualizada de cartas y he dispuesto hasta el último detalle a fin de asegurarnos que todo salga bien.

Disfruto el tiempo que dedico a estas actividades de planeación hogareña. Mientras Sebas está en la oficina y los chicos estudian, encuentro grata mi ocupación en organizar las cosas de manera impecable.

¿Que el anonimato me anula como persona? No lo creo. Así soy feliz. Además, así manejo mis gustos estrictamente privados con holgura y tranquilidad.

Sin que nadie en la calle se voltee a mirarme preguntándose dónde me ha visto antes, gris e incógnita, sin dar explicaciones a nadie, puedo ir al club, a la peluquería, de compras, al cine o a dónde dispongan los caprichos inconfesables de quien ordena y manda sobre mí.

Acerca de esa persona me está vedado decir nada. Me ciño estrictamente a su mandato. Ella cumple con ordenarme y yo con acatar. Igual que yo hago con mi esposo, uno de los diez nominados al Ejecutivo con Mayores Proyecciones y quien, tengo la certeza, merece más que nadie el galardón por su disciplina, planeación y ganas de triunfar.



cgcuevas@divertinajes.com
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