7 de julio de 2005

Don Quijote que vuelve del Sur (II)

Además de recuperar la sonoridad chispeante del Quijote, ésta presentación teatral de La Candelaria es una fiesta de incuestionable raigambre popular. Por el colorido de la puesta en escena, el brillo de la música y el gracioso manejo de las actuaciones.

Está compuesta de doce cuadros breves, que ilustran algunas aventuras del caballero y su escudero. Aunque inspirados en pasajes de la obra de Cervantes (en especial de la segunda), sintetizan situaciones que incitan la lectura de aquel o de éste pero, por sobre todo, al reencuentro.

Las escenas se suceden sin interrupción y, casi sin darnos cuenta, nos llevan de una barca náufraga del punto equinoccial, a campos (quizás manchegos, aunque podría ser andinos), por donde fieros leones van a la Corte.

Bordeamos la aldea de El Toboso (que bien podría ser un pueblo cundi-boyacense, como Ráquira o Villa de Leyva), para alcanzar el coto de caza de unos Duques, la Ínsula de Barataria, los bosques nocturnos donde el caballero y su acompañante disputan ambiciones personales en pos de una Dama, o unas monedas.

La escenografía es ligera, imaginativa, impresionista: pocos elementos sirven para recrear una atmósfera propicia para alentar el vertiginoso ciclo de sucesos que se enlazan.

Exenta de prolijas recitaciones, la acción se expone y desencadena por sí misma, sobre un substrato vital que urde, ricamente, el hilo visible de los acontecimientos.

Es una fiesta de los sentidos. Nunca una inerte secuencia que adormezca la atención. Los diálogos, breves y sustanciosos, conforman un abanico de expresiones e imágenes burlescas y pomposas, ceremoniosas y proverbiales, anacrónicas y actuales, dogmáticas y satíricas.

Juegos del lenguaje y la visión. Acompasados retozos que, desde el escenario, generan un ambiente carnavalesco, travieso y vibrante. Aún en los momentos de más penetrante tensión dramática, la locura tiene un resquicio para deshilvanar la risa, junto a unas cuantas reflexiones.

De ahí que éste Quijote, el de La Candelaria, resulte grácil, divertido y conmovedor. Nada liviano (en el sentido de que no aligera la carga profundamente humana que identifica la obra cervantina), aunque distrae y alecciona.

Es farsa. Sí. Pero, como en los mejores momentos de la comedia referida a los temas hondos que inquietan el espíritu, al final, mientras algunos entre el público canturrean cierto estribillo, otros meditan acerca de sus alcances:

“busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad…”

Escuálido el Quijote (digo el actor, César Badillo quien lo representa en la versión de La Candelaria), gordezuelo y saltarín Sancho (refiérome a Fernando Peñuela, que recrea al escudero, especialmente en las negociaciones), ambos, y los demás, son emblemas de una patria inaugurada al amanecer de un día de octubre de 1492, bautizada de acuerdo con los cánones en legajos que cumplen algo así como 400 años hoy van y vuelven, vuelven y van, de allá para aquí, de Acá para el sur, o el occidente y en todas partes narrando la esperanza y algunas alegrías. Pienso.





cgcuevas@divertinajes.com
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