29 de mayo de 2005

Obligados a pensar, el miedo

Antes de la globalización, cuando el mundo eran tres, por Acá disfrutábamos la esperanza de un Plan Marshall, ese lindo invento gringo para la Reconstrucción de Europa.

Después, el advenimiento de la UE llevó a algunos, ingenuos, a creer, que el mismo Viejo Continente, ahora reconstruido y boyante, sería la de verdad “Alianza Para el Progreso”.

Ni uno ni lo otro sino todo lo contrario. Nuestro Tsunami* diario (que deja en la puerta de los cementerios quince veces más personas que los turistas desaparecidos en la catástrofe) nos impone la obligación de pensar en lo que debemos hacer sin la caridad de los ricos.

Con lo que no sólo se liberan los supuestos pagadores de ese “impuesto al miedo”, del miedo; sino nosotros, de la tarea de causarlo.

El miedo se mueve, incesante y provechoso, como un mendigo con una piedra en la mano al lado del semáforo para pedir limosna.

Miedo al mal, miedo al bien, miedo a no saber en dónde está la diferencia entre bien y mal. Miedo, digámoslo sin miedo, a las diferencias.

Miedo en los tuétanos

El miedo determina, por ejemplo, políticas (si así pueden llamarse), para legalizar (o no), la presencia de inmigrantes Allá. Por que Acá, exuberante territorio con cabida para todos, la Puerta Abierta no es un dictamen de filas onerosas que suplican asilo: es práctica extendida por el simple designio de bienvenida al que llega.

Cuando, con el miedo de la guerra metido entre los tuétanos, Acá llegaron blancos, rojos, expulsados, marranos, frutos deteriorados por los imperios únicos fueron bien recibidos y, aún mejor, prosperaron.

Si el miedo es el Poder que rige atrás del Trono pues, la fórmula es sencilla: tumbemos al Tirano de su silla espantosa que con él caerán tirios, troyanos y toda esa caterva se insanas ambiciones.

El vuelo de partida

Hace poco leí (creo que aquí mismo. ¿En Pan Tumaca? No recuerdo), la desazón de alguien por tener que esperar la partida de un vuelo.

Peor, pensé mientras leía, (ojala no tengas que vivirla nunca), la espera cuando llega un sudaca (inclusive con todos los papeles en regla y muchos más requisitos: que su cara de indio afronte primaveras, que tenga buenos saldos en las cuentas bancarias, pasaje de regreso y fecha confirmada), en las aduanas.

—¿Motivo de su viaje?

—Quiero hacerlo

—¿Razón de la estadía?

—Tengo ganas de moverme por la tierra

—Y ¿sus ingresos?

—Las mañanas ¿Cómo se ven desde éste lado?

—¡Calle! Nosotros hacemos preguntas. ¿Nacionalidad?

—Soy sudaca orgulloso. Un poco, quizás, patético. Pero, por si no lo ha notado, peripatético. Como casi todos.

—¿Peri… qué? ¡Responda!.

Al fin, después del escrutinio de maletas con olor a guayaba y a la-Virgen-de-Guadalupe-te-guarde-de-esos-animales-hijo-mío-, es posible que te den la entrada –provisional- al Paraíso.

Estadía sin zozobra

En plena encrucijada puedes tomar el tren de cercanías que te indicó el pariente para llegar al, probable, refugio donde te espera una tribu anhelante de noticias y tamales.

Podrás optar por la línea del metro, si eres afortunado, que te deja en Atocha cargado de nostalgia e imaginando una ruta de regreso que no permite desandar lo que has volado.

Mentir te corresponde de ahora en adelante. Jurar que llevas muchos años cotizando al seguro social, pagando impuestos. Falsear los documentos para demostrar que tienes derecho a permanecer Allá, conforme los últimos decretos que te permiten una estadía larga y sin zozobras. Pagar un soborno, también vale, con tal de asegurar la permanencia.

Recuerdo una noche y otras cosas

Tal vez por el acento dejado en la acera de una calle, detrás de La Boquería, en Barcelona, alguien sintió que yo era de los suyos:

—Compadre, saludó, ¿Cómo te sientes por aquí?

—Pues, ahí la voy pasando, hermano. ¿Y tú?

—Lo mismo. Me gusta verte.

—Igual. Me encanta que estés vivo.

Aquel amanecer nos encontró cantando melodías caribes al borde gris de un Mediterráneo distinto al del poema. Repasamos historias que las abuelas nos habían legado, gritamos por las calles y juré que a mi regreso, que no se ha producido, publicaría una nota (quizás es ésta), sobre la humillación de admirar los palacios construidos con la sangre del oro que nos habían quitado.

Ahora, aquí en el consulado, mientras espero que me den la visa, recuerdo esa charla… y otras cosas. Espero a que me den la visa.

* Del japonés : “gran ola en el puerto”.



cgcuevas@divertinajes.com
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