16 de abril de 2005

Imposible cumplir las metas

La llamada telefónica del secretario del Consejo Directivo la tomó por sorpresa. La orden fue tajante. Reducir la plantilla de personal a como dé lugar, dijo. En un veinte por ciento, que es cifra redonda y sobre el coste de los emolumentos. No por cabezas.

Fue el viernes sobre las ocho de la noche. Ya habían terminado de retocarla en la sala de belleza cercana a la oficina y su chofer la conducía a casa. Tenía tiempo de sobra para cambiarse la ropa y llegar puntualmente a la cita que tanto anheló durante años de negaciones y esperanzas destripadas en su carrera hacia la cumbre.

Por fortuna todo estaba preparado: el traje negro de líneas insinuantes, las joyas y el bolso nuevo a juego con los zapatos sobre la cama, grande y fría de ejecutiva elegante, cuarentona y solitaria.

Mientras se desnudaba decidió no tomar el baño de espuma que había planeado al detalle en las madrugadas de su agotador retiro.

Temas vedados

No pudo evitar, en cambio, sentarse al ordenador para repasar las cifras de la Vicepresidencia de Remuneración y Talento Humano, nombre rimbombante que ella misma impuso cuando asumió la responsabilidad de manejar el personal de la Dulce Compañía.

Calculó, por encima, cuánto significaba el veinte por ciento de la nómina en cabezas: por lo menos 120 operarios, quince coordinadores y diez gerentes. La cosa no sería fácil. Producción se resentiría, sin duda. Pero Ventas y Mercadeo no se podrían tocar. ¿Y las áreas de logística y soporte? Tal vez. Pero la lidia con padrinos y encomenderos sería ardua.

—Con ese recorte será imposible cumplir las metas de crecimiento- pensó en voz alta al tiempo que apagó la pantalla y decidió dejar el asunto para más tarde. Ahora lo principal era la cena en la que, por fin, debería responder una solicitud de matrimonio con todas las de la ley.

—Sólo es cansancio. He tenido mucho trabajo esta semana. —Entonces resolvió contarle la llamada del secretario del Consejo Directivo.

Aturdida por las copas, los platos y la impaciencia del momento esperado, no alcanzó a percibir la molestia que delineó el rostro de su acompañante por un instante.

—Quién lo iba a imaginar. Pero si las cosas parecen boyantes. ¿Por qué lo habrán decidido? —preguntó el hombre con interés.

—No sé. Ya te dije que Guzmán me llamó hace apenas un par de horas. Es raro que no haya esperado hasta el lunes, él que es tan cauto. Quizás la decisión la tomaron esta misma tarde.

—¿Quiénes?

—Seguramente el Consejo Directivo. De otra manera yo habría estado en la jugada. No tenía ni la más remota idea de que cocinaban algo así.

—De acuerdo. Pero es francamente absurdo —replicó él con creciente indignación— que no te consulten. Eso me huele mal, apesta.

—Y ¿por qué tanta inquietud tuya ahora? Nunca quieres poner atención a mis asuntos de trabajo. Siempre dices que son temas vedados en nuestra relación.

Juegos ambiguos

Con los postres y el café la conversación de agrió y el tono cariñoso se enfrió. Fue ella, extrañamente, la que primero perdió la calma. Algo le hizo sospechar que las preocupaciones de él no eran inocentes, que sabía más, mucho más, de lo que aparentaba.

Inclina la cabeza sobre la mesa, las palmas aprietan las sienes para no tener que verle los ojos. Cansancio, sólo cansancio apenas cansancio repite para no gritar déjame pensar con tranquilidad, para leer de nuevo aquel mensaje electrónico que denunció, por las computadoras de la empresa, transacciones fraudulentas, dinero de procedencia equívoca, juegos ambiguos a nombre de una firma fiduciaria en las Bahamas que, la revelación le ladeó la cara, él había mencionado alguna vez entre sus tantos clientes.

—Me voy —dijo al pararse de repente—. No aguanto más.

Giró él para pedir la cuenta. Ella, al vuelo, recogió el abrigo y la cartera en la puerta y salió a la noche tibia, taconeando con firmeza por la calle vacía.

Tomó un taxi y, antes de acostarse otra vez en la soledad de su habitación, retiró de su vista todos los objetos que le recordaban su presencia: la foto enmarcada en la mesa de un rincón de la sala, una bufanda de alpaca que le trajo de Buenos Aires, los frutos secos del desengaño y las lágrimas que hasta entonces habían la alegría.



cgcuevas@divertinajes.com
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