11 de febrero de 2005

Cuando todo es de la tierra

Antes de iniciar batalla, decía la orden perentoria que se distribuyó por todos los campamentos, debía leerse el “Requerimiento”, así, con mayúsculas.

Breve y tajante. Dios es Uno y Creador de lo que existe. Su representante directo reside en Roma y desde allí reparte estas tierras de Acá, del Sur, conforme su leal saber y entender. Sin apelación y quien se oponga, que se atenga a las consecuencias, que para proveerlas están las tropas ansiosas por desparramarse.

Sobran los mandaderos

Quetzalcóatl
En cuanto a lo primero, dice el traductor que respondió el jefe cobrizo, aguileño y sereno, no hay discusión. Aunque aquí no contamos, todavía, con concilios ni sabios teólogos, creemos que Quetzalcóatl, Sugamuxi, Wakan Tanka (o como corresponda llamarse, según el sitio y la lengua que se hable), es fuente y fin de todas las cosas. Claro que con otros pues, con todo y su inmenso poder, necesita ayuda para que las cosas le salgan más o menos.

Pero, sobre lo otro, si tenemos, qué pena incomodarlo, algunos reparos. Ese que usted menciona, de Roma o como se diga, sencillamente debió estar borracho cuando se atrevió a entregar lo que no es suyo a quienes, tan chiflados como él piden y reciben lo ajeno, con perdón de su ilustrísima.

Es de aclarar que aunque nos oponemos, obviamente, a tan absurda repartición, no hay inconveniente en que los hasta aquí llegados se queden si les place.

Tierra para todos hay. Mire nomás cuánta extensa llanura al borde los caudalosos ríos y del mar. O, si prefieren, los valles de más arriba están desocupados. Y a sus dioses pueden llamarlos como quieran.

Pero eso sí: con el debido respeto a lo de los demás incluidos los que de esta porción hemos surgido desde el comienzo, que no sabemos cuándo fue aunque sospechamos hace rato. Las intimidaciones sobran, así como esos títulos a que alude en su “requerimiento”.

Fundar es poner un nombre

Luego allá, un absorto ginebrino dicen que coincidió con lo que dijo el jefe cobrizo (antes de caer despanzurrado por su amable respuesta, el indio, no el ginebrino que por acá no vino), con aquello de que los frutos son de todos y la tierra de nadie.

Sin embargo, muchos Don Nadie la han pretendido y la siguen pretendiendo a pedazos grandes y menos grandes. Fundadores, les llaman, de países y comarcas, que existen desde siempre, sólo por que imponen un nombre al uso que les convenga. Sin el más mínimo respeto por el que, los aborígenes, le habían puesto desde antes.

Después vinimos a enterarnos de que los recaderos obtenían, por sus oficios, un porcentaje y cuántos más títulos. Que adelantado o almirante, oidor, virrey, señor, encomendero en fin. Villa que va bautizando, sobre el despojo de los cobrizos, acta que de inmediato se expide en sendas copias: una para el archivo propio y la otra para enviar de vuelta, a reclamar su parte.

La tierra no es letra muerta

Con el transcurrir del tiempo, las sangradas escrituras se fueron volviendo más prolijas en la medida en que el reparto se expandía. Del primer nombre se desgajaron parcelas menos grandes, medianas, diminutas superficies deslindadas por milimétricas fronteras.

Pero, cada dueño lo es, en realidad, de una exclusividad temporal sobre un precario fragmento. La división artificiosa de la tierra en los papeles, no corresponde a la unidad profunda que mantiene el conjunto, indivisible, del suelo y sus honduras, el aire inexpugnable, la lluvia, los olores y los frutos que incluyen a los seres que se mueven pues por Acá se considera todavía (aunque en silencio), que el pueblo, la gente, las personas, son criaturas también como los árboles, las boas, los cóndores y los jaguares.

Así es la tierra, aunque de otra forma la quisieran quienes guardan su propiedad en letras muertas estén, o no, vencidas.

El mundo en la cabeza

En Valladolid, los redactores del extravagante “Requerimiento” no consultaron las constelaciones ni los mapas. Las líneas divisorias hipotéticas cubrieron, en su vaga fórmula, toda la tierra “nueva” que se hallará, textualmente, de mar a mar.

No les cabía este mundo en la cabeza. No podían creer que en esta fracción (en lo que al Sur respecta), no se acunaran pretensiones de grandeza. Cuando es la inmensidad el fuero, es más sensato procurar tener la cabeza, el cuerpo, la vida y las simientes en el mundo. Los pies sobre la tierra y amar el mar y las demás piezas del todo como partes de un sueño, que a veces, se deslíe en los abrazos.



cgcuevas@divertinajes.com
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