21 de enero de 2005

Es mejor ser rico

“Nosotros no somos ni pobres ni ricos sino todo lo contrario”, concluyó con su perspicacia de 8 años la hija de la señora que hace los oficios en la casa de la familia Conde Rivera.

Antes de examinar en detalle las repercusiones de tan sabio aforismo, hay que advertir que, pese a sus apellidos con ecos de abolengo, los Conde Rivera constituyen un grupo típico de lo que se denomina “clase media intelectual urbana”.

Alfonso, el padre, ingeniero químico, profesor universitario y líder sindical de toda la vida, disfruta su pensión dando conferencias sobre cómo alcanzar la dicha colectiva en un país donde comer es -para más de la mitad de la población-, resultado ocasional de una proeza y no un oficio ineludible y cotidiano, como dormir o jugar.

A su lado, Magda (la esposa también maestra, terminó Economía casi a la par con la mayor de sus hijas y ahora se dedica a indagar estadísticas sobre salud, empleo, educación y otras cuestiones comprendidas dentro de lo que la jerga llama “desarrollo social”), 3 muchachas y 2 hijos chiflados, completan la tropa.

Y están, también, la señora de los oficios (una delicada y antigua costumbre impide denominarla sirvienta, mucama, doméstica o cosa parecida: esos apelativos los usa gente de más prosapia y finura, para referirse a quienes cumplen a pago ciertas tareas hogareñas) y la lúcida autora de la máxima que abre la presente nota.

Los argumentos que sustentan tal afirmación son elegantes y sencillos, como los términos de una ecuación perfecta: si fuéramos ricos no tendríamos necesidad de trabajar para poder comer. Si fuéramos pobres tendríamos dificultades para conseguir la comida, incluso trabajando duramente.

En los últimos renglones del Top 500 de los más adinerados del mundo (que sigue encabezada por Bill Gates, con US $46.600 millones en el 2004), figura un banquero, paisano de los Conde Rivera, de quien se dice que “forjó su propia fortuna entre la banca, las comunicaciones y el negocio inmobiliario, trabajando de sol a sol y descansando apenas una semana de vacaciones al año”, como si de cualquier no-rico-no-pobre-si-no-todo-lo contrario, se tratase.

Un retrato del personaje señala que "la idea que tiene de un buen descanso es irse a la oficina sin corbata el sábado y revisar él mismo los planos de las obras de su constructora".

De ser cierto (cabe la sospecha de que el autor de la semblanza sea un escritor fletado por el propio magnate), el calificativo de “idea” resulta tan exagerado como el afán de agrandar el peculio que anima. Eso no merece, por más esfuerzo que se haga en adjetivar, ni siquiera la categoría de “noción”. Quizás es solo aburrimiento.

En cambio, cuando la señora de los oficios quiere darse un delicioso paseo sabatino, apresura las tareas en la cocina y la plancha, hace cachumbos a su hijita, guarda en la cartera un par de bocadillos de guayaba y queso de Paipa (¡una ricura!) y se van a mirar las casas que ofrece la constructora del potentado, soñando en comprar una, por si acaso les cae un trozo de fortuna.

O algo parecido. Alfonso y Magda aspiran a que algún día la niña y la señora de los oficios vayan a vivir con ellos. Pero le ponen, a sus anhelos, una condición que es primordial: no financiarlos jamás con préstamos de los establecimientos financieros del citado personaje (secundario), de esta historia.

Son las once de un sábado que desperdicia la llovizna. En el último piso de la torre, aquel calcula un recorte ininteligible al grosor de las paredes con el fin de, eventualmente, incrementar una diezmillonésima por unidad la tasa negociada de ganancias. Es su jornada de descanso. Por eso va en mangas de camisa. Se divierte.

La chiquilla se desprende de la mano de su madre. Está aburrida y le disgusta el barrio ofrecido a sus ojos como un rincón perdido. Piensa en algo grande y luminoso, en la suma trascendental de la sonrisa. ¿Cuántas canciones hay que cantar para hacer una felicidad, aunque sea pequeñita? En todo lo contrario.



cgcuevas@divertinajes.com
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