14 de enero de 2005

Fiesta de ascenso

Mientras saborea una piña colada, desde una playa caribeña, el Director llama a sus amigos y relacionados para desearles prosperidad en el Nuevo Año y, de paso, para prevenir las dificultades que puedan suceder en lo inmediato.

Se ensaña en particular contra los arribistas que su colega (para sostener la conversación, mientras avanza la fila en el mercado), afirma que son todos los que no están arriba pero aspiran a ascender en la metafórica escalera y obstaculizan los legítimos intereses del grupo que ellos dicen representar.

Una pausa para seguir

Tras una breve interrupción (que ocupa en describir las curvas –prodigiosas, afirma-, de una turista), el Director arma la réplica. Hay formas y formas de ascender dice, de acuerdo. Es loable que se acaten las buenas maneras, pero no que para subir se te cuelguen de las perneras como si fuesen la única tabla de salvación.

Frente ya a la registradora y sin modos de atender, al mismo tiempo, la disquisición, la pregunta de la cajera sobre la tarjeta de cliente platino (no la dorada, sino la otra, para mejor aprovechamiento de los puntos y descuentos), la colocación de las compras en el mostrador y los demás artículos de primera necesidad (mientras, imagina al Director pidiendo, por señas, al camarero que le llene de nuevo el vaso), el colega propone una pausa para seguir, posteriormente, con el tema.

Vuelta al asunto

Un poco más tarde –mientras el portero ayuda solícito al chofer y al escolta a colocar los últimos paquetes en el ascensor y marca al último piso, donde el colega vive, arriba-, vuelve a pensar en el asunto. Le da algunas vueltas con cierta premura pues en un par de horas llegarán los invitados y debe revisar los detalles que, no en vano, le han merecido el prestigio de buen anfitrión y mejor candidato.

Vendrán, ha confirmado, dos miembros de la Junta, idiotas sin remilgos, y sus esposas ídem. La Adjunta del Ministro y su acompañante de turno. El Editor de negocios del periódico y un joven sobrino que un poco se asemeja a la progenie delicada. La asistenta del Secretario de Hacienda, un rato antes de que el insigne funcionario haga su entrada apresurada y breve, observará si en el menú hay suficientes zanahorias. El Decano de económicas en compañía (nunca advertida de antemano), de tres o cinco alumnos y asistentes. Un par de agregados comerciales, contratistas del Estado y los inefables enviados del Fiscal, que nos protegen.

No es, pues, la cena un mero asunto de comida y licores, de platos y buena ubicación en el proscenio. En realidad se trata de una operación que amerita supervisar cuidadosamente los detalles, así las viandas no sean del otro mundo. Semanas de minucias tácticas, para que los invitados, además de satisfechos, proclamen con sinceridad, a quince vientos, que todo estuvo bien: más que perfecto.

Anticiparse a tiempo

Más que una tradición es una ceremonia de cálculos y mensajes cifrados para alinear las piezas, los peldaños, en favor de las ambiciones –llamadas estrategias-; para impulsar el Programa -así lo denominan-, que debe despejarles el futuro, consolidar los patrios objetivos y garantizar las metas definidas.

Abundancia de brindis y promesas. Intercambio de obsequios que alienten la memoria para apuntalar, en los meses siguientes, precisas decisiones favorables. De eso se trata pero, hay que decirlo, según las normas de fina cortesía, al oído, con estilo circunspecto y elegante.

Y todos tan contentos. Al menos eso piensa cuando ordena que la vajilla quede intacta y acompaña, hasta la puerta del ascensor que debe devolver, al sótano, a los conspicuos asistentes.

Cuando, con la última copa, realice el balance particular, calculará ascensos, favores a futuro y promesas de contratos, mejores posiciones, un par de sueltos en las páginas sociales con discretos registros del evento. Sin entrar en detalles pues, como todos saben, vale más un guiño que catorce palabras de complicados argumentos. El quid está en cómo ser concreto.

¡Cómo se pasa el tiempo! Mañana es ya hoy. En unas cuantas horas empieza el Año Nuevo y no hemos avanzado. Por eso es necesario coger la delantera al antojadizo devenir de los días. Avisparse antes de que salten las liebres, enviadas por los eternos enemigos, aquellos que, lejos de pensar en los Principios, buscan trepar por las expeditas escalas del Delito.



cgcuevas@divertinajes.com
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