3 de diciembre de 2004

Fe de ratas

Por fortuna la felicidad no es como la soñamos: plana, inmaculada, lenta como una caminata por senderos que huelen al atardecer de un domingo sin objeciones. El famoso Dominus Dei es solo uno en la semana y no una embestida cotidiana de paraísos fiscales.

Menos mal que hay dificultades, tardes de martes, quiebras, ramalazos de espanto y vilo en el equipo del alma cuando juega finales. Atraso en los impuestos, letras vencidas y ruptura de platos, cismas y editoriales que opinan diferente, mediodías infernales y tramos de lujuria con culpa.

Porque ¿Qué sería de la vida si no hubiese catástrofes, conjuras, destrucciones, pérdidas que, en posible, reparará el olvido? No habría memoria, ni futuro, ni azahares en los altos altares del rechazo.

Si todo fuese una partida de alegres militares jugando con las damas un partido de golf infinito con palos de corindón y champagne permanente ¿Dónde amontonarían los caddies las sobras del Cuerno de la Abundancia?

Pero, con una tenacidad digna de mejor suerte, sigue la gente detrás de las quimeras de un futuro prometido que empieza con desfiles, banderas y discursos. Y ahora el candidato nos presenta el Alba del Período, describe su programa con panes para todos, un trabajo radiante, asegura, rebaja de tributos, circo abierto hasta tarde, despido de inmigrantes apestosos e ingratos, grandeza de la Patria, vencer al enemigo.

Si cruza algunas cuadras del parque de la izquierda verá, en otra tarima, al otro postulante que proclama lo mismo: bizcochos y hospitales, avenidas, limpieza, seguridad y controles que incluyen, desde luego, la expulsión de la escoria procedente del Sur, que nos quita el reposo con bailes y tambores, el País estará más tranquilo cuando salga el desorden que viene de Macondo.

Por lemas como esos se incrimina y se mata, se forman los partidos, se diseñan las guerras y se contagia el odio hacia quienes dicen, de otra manera, lo mismo.

No hay por qué preocuparse: son palabras benditas, igual a las que repiten desde siempre los curas en las misas, los pastores alemanes –me refiero a los luteranos-, los santones de la India, los salmistas, ayatolás y el resto de colegas. Por los caminos que ellos trazan en la congregación, se llega al Paraíso que no es otra cosa que un tiempo inmaculado, abundante y ocioso sin mosquitos ni lluvia, con ríos de leche, miel y música celeste.

El reino del Edén se edifica, homogéneo, con la fe de los humildes, que roen las montañas en busca de mendrugos, que les puedan servir para escalar hacia un mejor peldaño de ese estado hostil, incrustado en los genes, que viene del vergel habitado por Adán y, sobre todo, por Eva.

Aunque en cuestión de países idílicos hay para todos los gustos inclusive en los mínimos detalles y las tendencias locales: pon allí unas lechugas, alumbra esas alitas de ángel con las ínfulas, retira ese camello, que el traje sea azafrán, quema incienso en el cráneo de los infieles mientras, a la reserva van, por el momento, esa hoz y la esvástica.

Bajo sus diversos trajes, a los embajadores de la Tierra Prometida se les identifica por los ojos proféticos, el rictus atormentado con que advierten la Gloria Por Venir. Pueden ir de corbata de seda, con el cuello eclesiástico, chaqueta verde oliva, turbante y alpargatas, descalzos, con vestidos de marca las damas perfumadas, o fétidas vestales de monasterio extremo, desnudas hechiceras y amargas celestinas.

Pero todas y todos llevan en la mirada anuncios de un Luminoso Mañana siempre, desde luego, que se cumplan al pie de la letra los dictámenes que emiten los guardianes de la fe, vigías de las frontera que hemos tenido que cruzar sin retorno (y sin tener, siquiera, una visa de tránsito), al salir desterrados, por siempre, de Nirvana.



cgcuevas@divertinajes.com
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