29 de octubre de 2004

La alharaca de los fariseos

Tremenda crisis desató en el mundo, incluida esta parte del sur que lo tiene de héroe, la oferta anticipada y callejera del último libro del único Nobel que nos queda vivo antes de que la edición oficial se ofreciera en los escaparates de las librerías, y a un precio más bajo.

El periódico El Único, editorializó tajante: “Bandidos, corsarios de lo peor, hasta piratas”. Los columnistas exigieron policía, persecución indómita. Sin mezquinar los medios que tienen mano dura.

¿Quién guardará los derechos de autor y, lo que no es poca cosa, al mismo aludido literato expuesto al arbitrio del crimen sin la debida protección del libre comercio? Atentado malvado que no merece perdón, si alguien se atreviera a pedirlo.

Recuerdos en la cara

“Todos los editores son ladrones”, decía el recorte de periódico que Félix sacó de su billetera para recordarle al Nobel en ciernes (aún no había lucido el liqui-liqui en Estocolmo), esa vieja apreciación suya.

—Tú eres pirata, le reprendió el escritor con enojo.

Félix, yo estaba al lado, sin evadir la mirada al reputado le respondió sonriente: —Tú lo has dicho.

Unos años después, con una argucia similar, el editor o librero Félix corsario o no, lo mismo da para el caso, se libró de una equívoca acusación en su contra gracias a que demostró al jurado que el malhechor (compadre, precisamente, del laureado autor, su oveja negra, timador de sus derechos y cleptómano de sus denarios), se había pifiado en el colofón de la tirada en disputa

Ahora se nos vienen los collazos

Antiguos servidores de oficio, con sus damas, a sancionar la impresión anticipada como si fuese un homicidio.

A decir que la compra en las vías del mentado libro de las putas tristes equivale a matar la madre o, lo que es peor aún, a traficar con influencias poderosas, a sonsacar el presupuesto del país con el protervo fin de asesinar el hambre de los niños, precisamente aquellos que ofrecen en las calles, libros baratos, grabaciones a un peso, sombrillas de Taiwán, falsificaciones de piezas arqueológicas, variedades de marca para poder comprar su pan de cada día. Y esmeraldas perfectas.

La ex-congresista de dudosos votos (antes aspiró, en un convento, algo más para elevar su espíritu) y ahora moralista en la radio vocifera el escándalo y demanda rigor en las autoridades. —La limpieza, ella dice, siempre entra por casa y mal papel jugamos ante un mundo que observa insólito esa falaz oferta.

Un coronel de zona aficionado al baile que sigue el paso —¡Inaudito!, proclama en el cuartel. —No lo permitiremos. Por lo menos no aquí, en esta mi jurisdicción. —¿Qué pensarán de nuestra capacidad de lucha los señores de las cámaras comerciales? —¿Qué es que vivimos en un antro?

Bello regalo

Comentarios en el mismo café de la esquina siempre a la misma hora donde comparten el mismo humo jubilado un profesor de equitación, el joyero de la vuelta, dos filósofos amantes entre ellos de la Verdad Eterna y la misma mesera los atiende.

—De ese modo se pierde el equilibrio. Las cosas marchan mal. Este es un claro ejemplo de un tropiezo ético incalificable.

—Son brutos quienes piensan que en las esquinas se venden piezas de buena ley. O quizás sea ignorancia. No saben diferenciar el deslumbre del fulgor de las genuinas gemas.

—Opinamos lo mismo. Estamos de su lado, del autor, es obvio. ¡Que pena! Y el prestigio ¿Dónde queda parado? Todo por la ambición, la premura, la envidia hacia los buenos. No debe tolerarse más esa atrocidad, que se prende.

Calla ella, que lo compró el sábado en la tarde para llevarlo de regalo a su sobrina de cumpleaños. Escucha y mira. Y calla. Lucía bien empacado y le encantó a la niña. Le brillaban los ojos repasando las hojas con los renglones que leería mañana para luego, en la escuela, exhibir su audacia de primaria en lectura.

Ella que apenas gana lo que le cuesta un mes en el destierro yendo en buses crujientes hasta un barrio lejano comiéndose un mendrugo sin hablar de las medias una que otra llamada para hablar con la madre los cuadernos del niño el arriendo cocinar los domingos arroz con algo de pollo pensar en las facturas y evocar una fiesta de sábado en la tarde cuando niñas que leen esperan un regalo no importa quién lo haya impreso si alcanza a esperanzarme tampoco cuánto gana por eso el que lo escribe quién cubre sus derechos los míos los cubre el aire, limpio sin su aspaviento.





cgcuevas@divertinajes.com
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