22 de octubre de 2004

¿Quién concibió ese arte?

Hay amores que parecen odio disfrazado de cariño. Hay aplausos que hieren como disparos de envidia aún sin madurar.

Existen engaños con cara de cemento y a veces vamos (en taxi por la avenida central o colgando al filo de una noche), creyendo que nos aman cuando, en realidad, se trata de un sencillo rencor que nos habla con besos, como aquellos elogios que van directo hígado.

En esta hora, que es de confesiones, vamos ser recíprocos. Admite, por ejemplo, que detrás de la máscara de conejo de la suerte exhibes esas fauces hambrientas de bestia que la rabia alimenta.

Todo para que el comentario que deslizas, civilizado y elegante, ingrese a las vértebras de la víctima con dulzura asesina. “Me encanta verte bien, de nuevo”.

Los dientes brillan con tono infantil. La fiera calla. Ronronea cuando escucha de allá para acá el consabido “Gracias. A mí también me alegra el encuentro contigo”.

Luces tan elegante con el vestido nuevo.

Aquí primero el cliente.

Te respaldo en el triunfo igual que en la derrota (Y ¿en caso de que haya empate?).

Tu gusto es exquisito, proverbial y famoso.

Visítenos para tener el placer de atenderlo.

Mi aspecto juvenil se lo debo a la dicha de estar tan bien casada.

Qué niños tan preciosos.

Eso se llama brillo: que buena decisión.

Siéntase como en su propia casa.

Me atengo a los consejos de su sabiduría.

No hay mal que por el bien no venga.

Estamos para servirle.

Descuentos especiales.

Soy fiel hasta la muerte.

El interés común por encima de todo.

Consolidar la unión, nuestra única tarea.

Superar las expectativas de nuestros compradores.

Créditos favorables y amplios plazos.

¿Qué sería de este mundo sin esos chispazos que hacen de la vida un tramo a veces soportable?

La chispa de la vida.

Volviendo a los slogan.

Que son invento viejo, nos lo dicen las biblias, los coranes, los relatos hindúes. Zherezada repite en su noche incesante las fórmulas añejas que vienen desde Nefertiti (quizás de un poco antes), calmando las palabras, apaciguando las envidias, soplando esos dolores que cocina el alma para romper la cara sonriente de los otros.

Fórmulas heredadas de antiguas cortesías que perviven a fuerza de repeticiones en la entrada de los clubes, en las salas de espera de los aeropuertos y de los burdeles.

También, hay que decirlo, en los consultorios de los odontólogos, en las salas de juntas de las editoriales, en las plazas de toros y en el foso frente a la tarima donde ensaya la orquesta una sinfonía de aleluyas y gratia plena.

Las saben los gendarmes. Las replican los geólogos. No hay enfermera que las ignore o deje de utilizarlas dentro y fuera de su turno nocturno.

De tanto repetidas esas buenas maneras hoy son más que costumbre: un soplo invisible de aire sin el cual sería insoportable saludar a los vecinos, comprar pan de tibieza o tomar, en el bar de la esquina, una cerveza fría cuando sea madrugada.

Bienaventurado quien inventó las disculpas para vestir de ángel el insulto demoníaco. Quien concibió el arte de esconder -tras la amabilidad-, el odio que nos cunde merece estar por siempre a diestra del dios padre, al lado izquierdo, por debajo, rodeándolo de genuflexiones, sonrisas y zalamerías.

En lo hondo de la noche brille su luz perpetua. Mil gracias por la decencia que disfraza la furia. Sin esa gracia venida desde el fondo del espíritu humano, habríamos retornado hace tiempo a esa animalidad impertinente que llora cuando algo le duele y toma lo que quiere.



cgcuevas@divertinajes.com
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