1 de octubre de 2004

Alguien en cualquier calle

Apresurada y confundida llega la mujer de ojos azules. Pide un trago. Lo toma mientras Alguien le enciende el cigarrillo. Trae en su bolso una grabación y el corazón en pálpito.

Por la misma calle colonial de la que viene la mujer, Alguien pasó hace un rato. Dos muchachos indios, con bastones en la mano, se paran súbitamente del portal donde estaban acuclillados. Cambian de acera presurosos. Alguien, aunque precavido, nada teme. Sigue. Recuerda.

Se tara de un par de guardianes guambianos. Indios de un territorio al sur del sur de este país (conocido como “la puerta del Sur” situado, por tanto, al sur del norte y en la esquina norte del sur. Alguien luego lo explicará, si lo demandan y es necesario).

Últimamente se habla mucho de esos guardianes indios pues con sólo la fuerza moral de sus bastones y sin dar un solo golpe lograron rescatar a tres dirigentes suyos abusivamente secuestrados por la guerrilla. La fuerza para la paz es pacífica y digna y por lo tanto más fuerte que cualquier arma, por aceitada que éste, con los dineros.

Cincuenta y dos metros más adelante, Alguien de detiene. De una ventana, sobre la calle, una bandera con franjas azules sobre blanco y una estrella formada por dos triángulos equiláteros cruzados le roza la cara.

En el muro, al lado de la bandera, un trozo de cartulina anuncia un menú conforme la tradición. La tradición judía.

Alguien entra, dos pasos adelante, a lo que se anuncia como “restaurante israelita”. Las mesas están vacías. A las 7 de la noche nadie cena. Alguien observa los avisos en papel, impresos en láser, pegados en las paredes.

Alguien escucha al fondo una conversación en un idioma que no es capaz de reconocer. Alguien imagina que desde ser yidish, hebreo, o algo por el estilo. También hay música a alto volumen.

Detrás de la caja registradora aparece un hombre. Tiene camisa militar. Mangas enrolladas en el antebrazo. Mira a Alguien. Alguien levanta la mano y lo saluda.

El hombre, cara de dueño y atónito ante el factible cliente (olvidaba decir que Alguien, aunque mestizo, tiene un rostro de indio guane que lo enorgullece), no responde el saludo. Está en su territorio y, quizás, siente que Alguien no busca dónde comer.

Intrigado por el asunto, sigue su curso hasta llegar a la sede del Teatro de La Candelaria, reputado como uno de los clásicos latinoamericanos del nuevo teatro, aquel que, lejos de las pretensiones comerciales y frívolas de la comedia costumbrista la creado un lenguaje y una identidad propias.

Esa noche es el lanzamiento de una biografía del director de La Candelaria a la que Alguien está invitado. Antes de seguir a la sala, los asistentes toman una copa. “Para calentar el ánimo”, dice Santiago García, el director, a Alguien.

Para comenzar se proyectan fragmentos de películas en las que actuó —hace como medio siglo—, García.

Alguien tiene que salir a contestar una llamada al móvil. En el primer patio de la casona colonial reconvertida en sede teatral, se tropieza con la mujer de ojos azules que viene apresurada. Alguien le pregunta qué sucede.

La mujer cuenta a Alguien que acaba de salir de una reunión con los dirigentes guambianos y paeces en la que estuvo presente por causalidad.

Cuando aún los dirigentes indios estaban secuestrados, otro líder fue detenido por las autoridades acusado de “malversación de dineros públicos” y llevado a la capital.

Luego de que aquellos fueron liberados, un consejo de curiacas, chamanes y jefes (es sabido que los jaibanás, cuyo poder se limita a los asuntos del jaguar, a los del espíritu, no participan en las decisiones políticas), decidió movilizar las huestes hacia la capital, para forzar la libertad del líder injustamente detenido, ahora por las fuerzas oficiales.

La mujer de ojos azules acompañaba como traductora a un periodista alemán interesado en el asunto indígena.

En efecto, los guardias que Alguien vio parase con premura, eran guambianos. Serenos y silenciosos. Asistidos por la verdad de su nobleza y el ahínco de su honestidad, cruzaron más de mil kilómetros para defender su honor y hacer valer el derecho sobre su propia tierra.

¡Qué contraste con la hostigante arrogancia del restaurante israelita cercano, con la profusión de estrellas y banderas vindicatorias de la muerte! Alguien no pudo dejar de recordar a SaramagoDavid, hoy, es Goliat, pero un Goliat que… sobrevuela en helicóptero las tierras palestinas ocupadas y dispara misiles contra inocentes desarmados…”





cgcuevas@divertinajes.com
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