24 de septiembre de 2004

En vidas de extinción

Se jubiló la bibliotecaria. Aquella dama provecta, de moño y antiparras. Había resistido los embates de la máquina de escribir eléctrica y de los préstamos a domicilio. Sin alteraciones. En sus trece. Que en ella siempre fueron setenta.

Difícil conseguir ahora un detective privado sinceramente alcohólico. Los abstemios no tienen la virtud del cinismo. Aunque cobren, en dólares, buenas piezas, sólo prueban las Diet. Y no fuman.

Para no hablar de los periodistas de corbatín y sombrero. Ni de los fotógrafos ídem marcando con sus flashes la escena del delito. Ni de las siluetas en tiza sobre el suelo. Ni de los crímenes pasionales. O, peor aún, de la crónica roja. Extinta.

Asépticos, los camarógrafos, esperan en la camioneta a la reportera que almuerza con el ministro del ramo. ¡Quién lo iba a imaginar! En la misma mesa. Y ríen. Sin interferencias en la señal satélite: ahora desde Cancún. Mañana desde el otro lado de las luciérnagas.

El portero abre la puerta del garaje desde su móvil mientras, inmóvil, sigue las incidencias de Discovery Channel. Que, ¿no era el nombre de un perfume?

La infidelidad se volvió una estadística. Los amoríos sólo aumentan algunos porcentajes. Sin vencedoras. Ni vencidos.

Abren más restaurantes vegetarianos. Salones de gimnasia. Pero con otro nombre. Clausuran cines de barrio. No hay orfelinatos. Ni policías que persigan la quema de banderas. Ni banderas. ¿Alguna vez ondearon las banderas?

No hay tíos trabajando en aduanas. No hay fronteras. Por lo tanto, se liquidó el contrabando. Desapareció la farmacia de la esquina.

Se alquilan, a buenos precios, suicidas. Los perros ya no ladran a la luna. Escasean las gatas. No hay arañas. Las pocas gatas ya no arañan.

¿A dónde fueron los cobertizos? ¿Dónde están los centinelas con su reloj de cuerda colgando en la cintura? ¿De capa caída? ¡Si no hay capas!

El alquitrán exhibe su brillo embetunado por lentas avenidas. Pocos se avienen. Muchos aviones. Y escasas las canciones.

¿Quién recuerda las velas? ¿Los bolos de los viernes? ¿La inoperancia de las telefonistas? ¿Las serenatas? ¿Las fiestas del patrono? ¿Los cohetes al amanecer sobre la plaza? Yo tampoco. La verdad sea dicha. Aunque no sea dicha la verdad. Está olvidada.

Sólo Chavela Vargas recuerda que hubo en esta tierra unos volcanes echando humo como amor destilado desde las tetas soberbias de su Macorina.

Vi, si mal no estoy, películas en blanco y negro. Fue antes del Technicolor. El televisor iba en la sala. La alcoba de papá era un sagrario de dónde salía la Vieja casi siempre preñada. Y alegre como una golondrina a servirnos arepas con caldo de papas y toronjil.

Zapatos con carramplones. Dentistas. No odontólogos. El peluquero, sin pretensiones de estilista, intentaba, seducir con versos de tango a la bibliotecaria.

Chismeaban las malas lenguas (ahora se denomina “levantar indicios”), que jamás lo logró. Nunca se sabe. Aunque entre saber y no saber está la duda (O estaba. Ya no hay duda).

Pues, sí eso ocurrió: si entre la Doña Bárbara de los libros y el cortador de cabelleras alguien nació, puede ser un criminal de ahora, ministro o alcalde, camarógrafo, almacenista, contador (o contadora), de sueños. Sacristán adventista. O dentista.

Crónicas gris y rosa publican las revistas. Las que ojea el camionero sentado en el sillón de terciopelo mientras espera cruzar un puente con su carga bien provista. Pero ausentes del diario, pan de cada día. El mismo que se anuncia con campañas sin campanas con bombos y platillos.

A propósito. ¿Cuándo fue la última vez que oímos un mugido? No hablo de televisión, ni de película. No de metáforas, ni de elucubraciones. Al simple y clásico mugido de una vaca. A eso me refiero.

No todas son vidas rescatables, como esa triste alegría de un domingo en la tarde. Pero aún así merecerían figurar en un catálogo de existencias perdidas más por nuestro olvido, que por su propia ausencia.

Meretriz del recuerdo, la nostalgia, nos las hace invisibles. Algunas lo agradecen.





cgcuevas@divertinajes.com
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