10 de septiembre de 2004

Hasta cuando contamos

Nadie duda de que el vulgar practicismo manda, por ahora y desde hace rato, la parada en el mundo. Esa lógica imperante (que algunos llaman burguesa, otros occidental, judeo-cristiana, capitalista en fin: todos saben a qué me refiero), ordena poner por delante el propio apetito sin que los bostezos del otro perturben el disfrute de tu banquete individual. Menos aún cuando el plato principal es, precisamente, un otro.

Desde luego, también persiste, con no pocas dificultades, una contra-lógica dispuesta a demostrar que definitivamente hay cosas, muchas, mejores sí son compartidas.

La comida, para seguir con la metáfora golosa, es una de ellas. Pero no la única. El trabajo en casi todos sus aspectos también, el juego (¿Incluido el solitario? No faltará la pregunta del guasón. A lo que respondo ¡Claro!), los viajes y hasta los tragos amargos se pasan mejor en compañía de un congénere (ojalá del otro género)… o de varias.

Es, supongo, un asunto de actitud ante el mundo y la vida. Algo que identifica más allá de las convenciones políticas, religiosas, económicas y nacionales.

Aunque por lo general se cree que “el colectivismo es de izquierda”, son conocidos los casos de viejos camaradas adoradores de la “acción individual”, por contraste con seguidores de ideologías contrarias a los que, quizá por la sola simpatía, se les busca para regar con unas cuantas cervezas una buena controversia.

Las iglesias (tan parecidas a los partidos políticos en su administración de promesas a futuro para obtener el respaldo presente), en especial las mayoritarias en ésta parte del globo (ya lo dijimos: occidente judeo-cristiano), explotan una vertiente de ese practicismo cuando privilegian la salvación propia a costillas del hundimiento de los demás.

De economía en este punto, mejor ni hablar. Desde la Catedral de Wall Street hasta las miserables parroquias de extra-muros, en toda relación mediada por el billete, la lógica dominante es la de tu pérdida es mi ganancia así que mientras más para mí, peor para ti y a la viceversa.

“Cuentas conmigo”, en estas condiciones induce la sospecha inmediata de “¿Hasta cuánto?”

“Hasta Siempre, Comandante”, el lema reivindicatorio que acompañó un par de generaciones desde estos lares, no ha perdido toda su vigencia. Canciones y poemas lo mantienen pero, más que eso, el lenguaje que, como el pan de mazorca humea en los fogones de leña en las esquinas y en los mercados de barrio y pueblo.

Contar con alguien —que así lo manifieste— es más enfático que epístola de Pablo en boda, que intercambio de anillos y arras en manos de pajecito. Palabra sacramental, compromiso no numérico, convenio categórico aún cuando se promulga con sencillez, a la ligera.

Y, vaya sorpresa para los escépticos, el “cuenta conmigo” reverdece entre los jóvenes. Para cosas en apariencia insubstanciales -como irse de excursión o a rumbear en un paraje barrial de pocos amigos-, pero que son, para las chicas y sus adeptos, esenciales. Menos, paradojas, en asuntos de tareas estudiantiles y otros menesteres impuestos por padres, maestros y demás especies ordenadoras. Pero, por algo se empieza.

Como quedó dicho atrás, el “cuenta conmigo” se erige como receta opuesta, insisto, al practicismo en boga: ese que antepone la mezquindad al afecto solícito, la ganancia metálica a la satisfacción cálida de los deseos, la ordenanza al goce en común.

En mi peculio tengo muchas cuentas contigo (en este sentido, digo). Unas que he recibido, otras que yo emito a siniestra y a diestra. Que adeudo y que complazco siempre que se pueda hacerlo sin disculpas de más tardes, de soy torpe u olvido. Sin sellos de por medio, sin sacarles el cuerpo en medio del camino. Aunque queme el cansancio, lluevan truenos o frío, sólo por que he decidido, puedes contar conmigo. Cómo quieras y dónde.



cgcuevas@divertinajes.com
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