3 de septiembre de 2004

Palo que sea

Desde su origen, popular y frentero como el de todos los vocablos, ha sonado igual: “palo que sea”. Aunque, sin duda, traduce, en lo que está establecido: “para lo que sea” y algunos escritores con pruritos costumbristas lo escriban “Pa’ lo que sea”.

Tres palabras con más vigor que un juramento solemne la mano izquierda en el corazón y la contraria en lo alto o viceversa o acunada sobre un libro que se pretende sacro.

Compromiso indeclinable de arranque: a partir de su pronunciación no hay peligro que se birle ni dificultad que se eluda ni escaramuza que valga. Las buenas –y sobre todos las malas-, encontrarán a quien lo enuncia firme en la compañía, certero en el cumplimiento y, sin ninguna excusa, presto a servir la palabra empeñada.

Mientras mis colegas de éste lugar, la mayoría de los lectores (los del lado de allá del Sud-Acá) y varios de por aquí disfrutaban (es un decir), de los calores veraniegos y el tiempo sin premuras, tuve ocasión de reiterar varios “palo que sea”.

Fórmula ineludible para, conmigo mismo, sobrepasar tardes de viento helado y soledad irremediable y noches rudas y mañanas de tedio y plazos incumplidos por el olvido y disculpas de burócratas sin otro destino que la jubilación tardía.

Inspiración a fondo para sacar de los embrollos cotidianos un anhelo, impulsos fragantes de café y mango pues ¡lo que sea es! y nada se obtiene del reposo que no se ha merecido, sino por el tesón de la madera, al tiempo firme y acariciante que se sembró con la misma semilla de la vida.

“Palo que sea” significa, pues, que en las duras (y ojalá en las más abundantes y fructuosas maduras), vuelvo a la cita semanal en esta sección que cada vez se me parece más a un incitante refugio urbano y digital que me apacienta buenos ratos.

—Entonces ¿Vamos?— Pregunta el joven a su camarada, sentados al borde de la fuente de la plaza del barrio.
—“Palo que sea”—. Con la respuesta se abre una aventura que podrá incluir algunas travesuras detrás de las adolescentes de largas piernas, medio cajetilla de mentolado y mucha risa cuando llegue el momento de la remembranza, por si acaso llega.
—Nada más que decir—. Y se van orondos por la noche de los edificios, buscando la fiesta, planeando los requiebros que han de argumentar para ponerle nombre propio al deseo.

Las ganas son el único recurso infalible. Un par de billetes que, por lo general, se extiende más allá de lo que la economía pequeño-burguesa puede admitir, financiará la aventura. El resto se compone de vagabundeo por las franjas prohibidas de las noches citadinas, algunas paradas para cortejar las gatas que balancean sus dones al borde de las avenidas y la pérdida inocente del tiempo que cierra las cortinas, pletóricas y lentas, al viernes por la noche de los funcionarios.

Cuando se necesita la complicidad del aire sin arrugas, un aliento para la obstinación sin mezquinas demandas de éticas ceñidas a los rezos; lo que se espera y sirve es un contunde “Palo que sea”, sin adjetivos y sin envoltorios.

Ni rutas pre-fijadas por la rutina de los caminos pavimentados, ni certidumbre del semáforo en verde, ni códigos en los cruces, ni lámparas prendidas, ni banderas izadas sobre los guardafangos del auto, ni escoltas ni chequeras: sólo la convicción de que se sigue el rumbo inexplicable de la música y que, al final del túnel, trece más se abren hambrientos por calles que, mañana o pasado, repletas de decencia, servirán de escenario a los desfiles y a las procesiones.



cgcuevas@divertinajes.com
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