2 de julio de 2004

Nos gusta escuchar a Stive

Se llama Esteban pero, por cariño, todos le decimos Stive. Y no es que sea pequeño o caricaturesco, todo lo contrario: un mestizo más bien alto, enérgico de gestos y amable compostura, que nos depara intensos momentos con sus charlas (las famosas “Charlas Stive”), sus hondas críticas y su desenfado; en esta Dulce Compañía que nos entrega un salario, pero muchos desvelos también la maldita, a cambio de nuestro trabajo:

—¡Claro que nuestra gente sabe más de lo que cree el pensamiento oficial! ¿Cómo habríamos hecho para sobrevivir, si no, a tantos siglos de iniquidad con la alegría casi ilesa? Por que aprendemos a todo rato, tenemos más razones de las que nos suponen. Pero, no eso que ellos llaman “sabiduría popular”.

—Explícate Stive. ¿Es lo que mismo que dijo El Negro Gaitán de que “El pueblo es superior a sus dirigentes”?

—Quiero decir que cuando a una marchanta en la plaza de mercado, o a un campesino, alguien le pregunta por el rumbo de la lluvia o el sentido del tiempo, rara vez dirá lo que realmente piensa: que eso ni le va ni le viene. Responderá espontáneamente con la misma fórmula que usan los Lamas del Tibet o los gurúes hindúes: “Si cae lo que sube ¿Por qué no ha de subir lo que alimenta el fango?” “No todo lo que vuela corre, como le pasa al viento”.

—Pero eso es sabio, Stive. Tienes que reconocer que es sabio —comenta Merceditas, la encargada de los cafés, una de sus consecuentes seguidoras.

—¡Qué va, Mechas! Eso esos son chistes para descrestar tontos. Que los estudios de antropología le dediquen libros enteros a tratar de interpretar lo que quieren decir, demuestra que funciona el engaño.

Cuando Stive dice “nuestra gente”, nos incluye. Y, a su vez, él también: toda la muchedumbre que ocupa, ocupamos, los lugares comunes. Y cuando dice “ellos”, sonríe y sigue de largo. Como si no valiera la pena mencionarlos, pero sin adjetivos.

—¿A qué viene todo esto, Stive? Ahora de lo que hablamos es del Plan Estratégico Corporativo que, según el Secretario General, tenemos que impulsar.

—Ellos creen que tienen “la tabla de salvación” de la Dulce Compañía. Pero el Plan no es un salvavidas: es un yate de lujo que hace agua. Sólo nuestra gente tiene los remos y sabe como usarlos. A eso me refiero.

—Hablas como un gurú, o un lama.

Touché! El Plan es una mierda importada y costosa. Lo hicieron por encargo los consultores canadienses, que tan bien conocemos, sin que hayan hablado con nuestra gente.

—Planeación participativa ¿Es lo que tú propones?

—¡No seas ingenua, hermana!

—Entonces, ¿de qué hablas?

—Se hizo un programa para mejorar el cultivo de cordero boyacense. Los encargados definieron que quienes más sabían eran los propios productores. Consiguieron financiación para llegarles con una propuesta: “vamos a hacer un proyecto y queremos aprender cómo lo están haciendo. Pero su saber —y su tiempo—, valen. Les pagamos para que nos lo cuenten”. Así, pagada, consiguieron la información que no tenían. Luego, la procesaron y diseñaron el “modelo para obtener el cordero ideal en condiciones”.

—¿Qué tienen que ver los corderos boyacenses con lo que produce la Dulce Compañía”.

—Presentaron el modelo a cada uno de los productores mostrándoles los aciertos y posibles fallas que debían observar, en cada caso, para mejorar los resultados. Lo curioso es que ahora también les pagaron, una cifra menor a la anterior debido a que ahora, además, traían nuevo conocimiento.

—¿Y, qué pasó? —pregunta la bella Sonia ansiosa con avidez advenediza de auxiliar de Contabilidad (el corro de las Charlas de Stive está abierto a todas las facciones).

—La cadena productiva mejoró ostensiblemente. Pero lo mejor es que los productores antes disgregados ahora cooperan, se han unido y han mejorado. El cordero boyacense tiene, quien iba a imaginar, certificados de calidad y todo eso.

Ahora viene lo bueno: se abre el debate. ¿Cómo recomponer esa experiencia? Acaso ¿Ocurrió realmente? Poco importa lo último. Stive calla y se ríe. Se va a un rincón y prende un cigarrillo (zona de fumadores aunque no haya carteles).

Cinco pisos arriba hay reunión de gerentes. Se abren los portafolios y brillan las agendas electrónicas. Retumban los móviles (¿del crimen?), los teléfonos. Corren las secretarías (¿cuáles secretos guardan?), llevando memorandos. Los auxiliares vuelan (¿cuánto por cada auxilio?), atendiendo lo suyo.

Ellos y nuestra gente: en compañía ¿Dulce?



cgcuevas@divertinajes.com
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