18 de junio de 2004

Tres ideas claras

No lo ha cambiado el poder. Así ha sido siempre pero no se sabía. Cubiertas por corazas de arrogancia y obstinación guarda desde quién sabe cuándo una fértil inseguridad en si mismo que le hace desdeñar todo comentario un triz apartado de sus escasas ideas claras:

La primera, no permitir que el mundo, los demás, sus cercanos, sepan qué tan débil se siente tras las puertas de su aparente auto-suficiencia.

La segunda, mantener una imagen externa, pública, impoluta y amable a toda costa inclusive llevándola hasta el ayuno y la abstinencia privadas.

La tercera, amaestrar las ambiciones de suerte que sus avances se vean engrandecidos por el altruismo de un fin que ni él mismo puede definir con precisión.

Son, como se observa, tres nociones enroscadas en un mismo propósito que, si bien no conduce a parte alguna, al menos le ha servido para avanzar intacto de cumbre en cumbre hasta llegar a donde está ahora, cada vez más sólo (cosa que poco importa pues la tarea supone varios sacrificios) con tal de seguir una trayectoria para la que cree haber sido designado quizás por el destino.

“No me traigan problemas sino soluciones. Prescindan de los diagnósticos pues ya se sabe que sólo sirven para alterar el juicio”. Esa fue la única directriz que dio a los subordinados luego de su designación.

Para que negar que ha mantenido firme tal disposición. Lo cual, además, le permite salir, sin mucho ruido y menos nueces, de los ejecutivos incómodos: aquellos que se creían intocables por el respaldo de algún miembro del Consejo Directivo.

Obligado a condensar en un párrafo una propuesta sustentada en cinco fólderes gruesos cualquiera se amilana y más si no los ha estudiado. “No encuentro fundamento en su planteamiento. Proceda en consecuencia. Espero su renuncia”, les espeta y a otro asunto.

Luego, cuando el padrino respectivo busca interceder a favor del caído, responde sin apelación “No dio la talla ¿Qué le hacemos?”.

A veces se repite, hablando a los demás, cómo le hubiese gustado seguir contando con el aporte del expulsado (Pero lo dice cuando la máquina excluyente no puede reversar la marcha. Jamás antes).

Su séquito de improvisados asesores tiembla cuando pide una opinión sonriente. Un titubeo sirve de introducción a una arenga repleta de pleonasmos sobre el futuro atiborrado de certezas e insinuación de más cambios en la cúpula.

Las escasas presentaciones públicas que ha hecho hasta el momento lo muestran como un líder negado a tratar asuntos de poca monta (no utiliza, desde luego, esos términos. La tangente por la que sale se convierte en diámetro de las reflexiones que, como pompas refulgentes de jabón perfumado, flotan en el ambiente cuando sale).

Se engañan quienes creen que en la privacidad se dedica a estudiar gruesos documentos de trabajo o a discutir con sus áulicos los aspectos de las grandes estrategias. ¡Qué va! Nada de eso. Una parte del ocio está destinado a las oraciones y los rezos a los que es tan afecto desde los tiempos de la niñez en el seminario. También pasea los perros en su casa de campo en las afueras y les lanza palos para que los regresen jadeantes a sus pies.

Con su ex-mujer y las amigas (curiosamente todas sesentonas matriculadas en la misma cofradía piadosa), charlas triviales sobre cómo asegurar que las orquídeas de colección se mantengan frescas hasta la exposición anual del próximo septiembre y, de vez en cuando, una tarde de té y galletas con sus sobrinos.

Estricto en los horarios y en las normas abstractas con cierta cortesía: no hay que perder el tiempo, proteger a los débiles, andarse con cuidado, abstenerse de maledicencias, afrontar dignamente grandes adversidades (si es que llegan), confiar en la justicia, paciencia y entereza son buenas consejeras, no caerle al caído ni para levantarlo…

Y el fin, que todo justifica, se hunde en los meandros de una grandilocuencia que nunca explica nada distinto a la suntuosidad (¿o santidad?), de méritos siempre en vías de demostración. Amén.



cgcuevas@divertinajes.com
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