11 de junio de 2004

Ocupaciones rápidas

¡Caramba! Cómo se ocupan de rápido y de tanto algunos viejos amigos convertidos, por fuerza de fortuna, en nuevos directivos. Apenas anteayer los mismos y las mismas (y dale con lo de la perspectiva de género), andaban pausados (y pausadas. ¡Bah, qué lío!), casi arrastrando los pies, con tiempo para saludar a diestra y a siniestra y para sonreír agradeciendo las felicitaciones anticipadas y abriendo la agenda como un compás de esfera:

—Me he enterado de la buena noticia. Congratulaciones.
—Gracias eres muy gentil. Ya hablaremos.
—Se que lo harás muy bien. Por si algo necesitas…
—Desde luego, cuento con tu apoyo.
—Más que merecida esa designación.
—Opinión generosa la tuya. No te me pierdas.

Pero, luego de asumir el cargo que me honra y al que estoy dispuesto a dar lo mejor de mí para el éxito de la misión que se ha fijado este gobierno (o entidad, ministerio, secretaría e, inclusive, una gerencia mediana o una simple coordinación de algo poco más que nada), el tiempo de la fraternidad se les comprime.

Y la agenda se convierte, de ese modo, en arma letal contra los afectos en manos de una secretaria igualmente inabordable. He llegado a la conclusión —dolorosa por cierto— de que las bonitas son más feroces guardianas que las feas y las jóvenes más duras que las veteranas en esto de preservar los tiempos sagrados y las intimidades de los jefes.

Los asuntos oficiosos con cara de oficiales cierran el paso a la conversación, fuente nutricia de la sabiduría. El conteo sonriente de esos incidentes que dan color a las pequeñas y grises vidas que vivimos, cede todo el terreno al análisis grave de las cuestiones importantes.

Se instaura la distancia en el tiempo restringido, atropellado por las citas inaplazables que se cruzan con los comités, reuniones y juntas donde se tratan temas, vaya sorpresa, en los que el nuevo directivo se convierte automáticamente en experto. He llegado a pensar que con la firma del acta de nombramiento se accede, de inmediato, al dominio de las claves de materias antes insospechadas. Sospechoso.

Una extraña energía parece aparecer en la primera fase de las nuevas funciones permitiendo funcionar al ritmo vertiginoso de todo lo que empieza. Las fases del ocio y del descanso (supuestamente aquellas que permiten reflexionar lo que, me temo, es lo primero que debería hacerse en estos casos), prácticamente desaparecen.

A veces, por un leve resquicio robado a las fuertes tensiones, se cuela una llamada del directivo a algún amigo:

—Vaya sorpresa. Veo que te van bien las cosas. Lo veo en los periódicos.
—¡Qué va! Ilusiones. Todo esto es una mierda. Esto (trátese del gobierno, el ministerio, la secretaría, la gerencia mediana o una simple coordinación), está plagado de idiotas y de problemas sin solución. Maldita hora en la que decidí meterme a esto.
—Pues, lo siento. Si te hemos echado de menos en el bar (o en la casa, en las tertulias o en las cenas con el grupo de costumbre).
—Y yo a ustedes ni se lo imaginan. En cuanto pueda sacaré un tiempo y los veré.
—Te esperamos. Hasta pronto.
—No me olviden. Espero tu llamada.

El afecto, tanto como la ingenuidad, nos lleva a veces a esperar el pronto regreso del amigo prodigo. Pero el prodigio es lento. Hay que tener paciencia, mucha paciencia pues corren tiempos arduos y cuando las cosas tienen cara de fáciles son, por lo general, difíciles.

Métete en su piel. Analiza lo que tú harías en circunstancias similares y es muy posible que la situación, creyéndola mejor sea al menos igual si no peor: metido de cabeza en el fragmento de poder que te tocó en ésta oportunidad, reniegas de tus costumbres, del encuentro y la visita a los compadres, de las llamadas telefónicas para comentar el clima, del cine con hijos y crispetas, para entregar tu cuota de sacrificio en aras de un proyecto que, bajo la idea de transformar el mundo, apenas si te transforma a ti…no siempre para bien.

Esas cosas ocupan los campos de tu vida tan velozmente como tú lo permitas y con tanta fuerza que, si cedes una línea, por ahí mismo irrumpe (interrumpe) en todo lo demás: el café lento en las tardes de jueves junto a un libro abierto, la caminata bajo la llovizna salpicando los autos que te llevan, mírate en aquel de placas oficiales, raudo a una cita a la que nunca llegas oportunamente…



cgcuevas@divertinajes.com
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