21 de mayo de 2004

Pequeños sucesos de los lugares comunes

"No es bueno poner todos los huevos en la misma canasta", concluyó enfático el Mugre Gamez, ahora metido de asesor del comité de directores. Y los miembros del honorable cuerpo estuvieron a punto de soltar las babas ante semejante portento de sabiduría agraria. "Es razonable", dijo el más tímido de los directores. "Más que razonable: una genuina joya del espíritu empresarial. Un aserto hondo y sapiente ¿Cómo no se le había ocurrido antes a nadie?", preguntó el vicepresidente del comité.

El asesor sonrió con modestia y satisfacción: una vez más había merecido sus altos honorarios por esos juicios, dignos de Pacheco de Queiroz, que tanta fama le habían dado en los círculos de provincia y que ahora aseguraban su éxito en los altos círculos de la capital.

Asunto despachado que le permitiría llegar a tiempo a la cita con la joven oficinista que, de paso, lo atendía cuando venía a cumplir los delicados encargos su compadre, el Presidente Ejecutivo. Intima y fructífera complicidad los unía desde los remotos años de la universidad cuando el ahora asesor merodeaba los códigos (con más ganas de eludirlos que de aprenderlos), mientras el futuro ejecutivo pugnaba entre el fútbol, las reuniones maoístas y las leyes de la física que, finalmente, le dieron para pensionarse como profesor de algo en la misma Alma Mater.

Quiso el destino que un accidente sacara abruptamente (de la vida y también de su cargo -en este caso sí merecido- al frente de una empresa pública), a un antiguo alumno del pensionado en clases de física.

Coincidió el momento, la necesidad de designar allí a alguien que se prestara a manejos turbios sin mayores preguntas: un idiota útil para firmar sin chistar, con pocas ambiciones y tranco pausado: el viejo pensionado parecía cumplir los requisitos y así inició la carrera de ejecutivo por lo alto: hay quienes caen hacia arriba.

“Decidir es asunto de sentido común”, le dijo su mujer. “Necesitas acompañarte de alguien de confianza, que sepa dónde ponen las garzas”. La cita le alumbró el recuerdo. Habría que conseguir al Mugre Gamez, el abogado enclenque y dicharachero que a punta de patrañas y subterfugios se había labrado (en estricto sentido, pues cada billete que recibía lo invertía inmediatamente en una finca, su verdadera vocación), un enorme capital y un dudoso prestigio de “hombre de empresa”.

El Mugre aceptó encantado. Pronto se vio convertido en asesor, consejero de confianza y guía del improvisado ejecutivo.

Vinieron las vacas rollizas. Y, para eso, nada tan productivo como la capacidad ordeñadora del Mugre: contratos amañados, ahijados en las posiciones claves, ambición desmedida.

Ciertos presupuestos rollizos se desplazaron como bailarinas del Bolshoi sobre las tenues sabanas de contabilidad. Viajes y escapes cubiertos por anónimos anfitriones: hasta patrocinios (¿latrocinios?), a la enseña futbolística del viejo profesor sin abandonar una venia, de vez en cuando y discreta, a la ideología pseudo izquierdista de los años mozos.

Por no hablar (¿para qué hacerlo?), de las juergas exhaustivas después de los “comités estratégicos”. Esguinces al Caballo de Troya de los controles que los mismos compadres presentaban como “imperiosos para evitar los abusos sobre el erario”.

Pero, como el hilo se rompe por lo más delgado, los agujeros empiezan a adornar la urdimbre tejida por la siniestra mano del Mugre: hace agua la barca y el viejo profesor venido a ejecutivo fue reemplazado en la presidencia de la Dulce Compañía.

Antes, el Mugre Gamez tuvo la previsión de suscribir un contrato más que leonino por un año más con todas las prebendas. Y, como no hay cuña que más apriete, su antiguo jefe y cómplice (que no alcanzó a hacer otro tanto, es decir a cubrirse con un contrato como “asesor”. Por que en lo del fútbol hace tiempo que no está para esas); alimenta rumores sobre la deslealtad de Gamez.

“Cría cuervos y te sacarán los ojos”, murmulla su mujer. “No hay marx que por bien no venga”, responde él esperanzado en que pase poca agua debajo de los puentes para reivindicar la alcurnia de las decisiones torticeras y, ahora sí, se deshaga de los consejos de su, hasta no hace mucho, mano derecha.

En esta sede de lugares comunes no podría decirse que estamos ante un hecho de menor cuantía pues el caso, aunque similar a otros sonados en la prensa, conlleva ingredientes adicionales además de los dividendos: aseguran que la mujer del ahora ex - presidente ejecutivo debe algunos favores al Mugre Gamez y le preocupa tener que cobijarse bajo un sol que hace tiempos, eso dicen las malas lenguas, no calienta…





cgcuevas@divertinajes.com
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