16 de abril de 2004

Gracias a los amigos por la espalda

Aumenta el número de quienes creen que el órgano de la amistad no es el corazón, como se había pensado desde que Cupido disparó sus primeras flechas al núcleo de los afectos. O, inclusive desde antes, pues se asegura que lo que antecedió a la larga (ya va para eterna) disputa entre Dios y Satanás fue un gaudeamus de Padre y Señor Mío o, para equilibrar las cargas, una francachela de los Mil Demonios que terminó, rebasada la frontera de los colmos, en un delirante debate sobre quien orinaba más allá de la Vía Láctea de manera sostenida durante, por decir algo, 435 siglos. Una ganga.

Solo que la leve fisura que se abrió esa madrugada excesiva, con el correr de los milenios se convirtió en una grieta por la que, de un tiempo para acá, se cuelan las almas a uno u otro partido.

Si cuando esos inconvenientes entre amigos se presentan, repito, por lo general con unas copas de más y respecto de alguna tontería como cuál de las dos (las mujeres son más amigueras que los hombres), tiene más tino para descubrir un estúpido detrás de las camisas de marca con apenas una mirada a la punta de sus zapatos. Los varones, herencia sideral, sobre lo de la extensión de las meadas, cosas del fútbol y de esas.

Por eso, aquel rato en el bar que comenzó con el repaso de recientes acontecimientos cotidianos sigue pendiente abajo hasta hacer muy pronto en las tonterías, los balbuceos y las provocaciones. Al otro día, se supone, le toca al corazón restañar esos mínimos rasguños. Casi siempre.

Por que, es la propuesta para hoy, es un reconocimiento a la espalda de los amigos y oportuna.

Un viejo y sabio adagio (todo adagio digno de aparecer en una publicación como ésta de la que me precio, ante mis amigos y detractores, claro está, debe ser sabio y viejo. Los nuevos y estúpidos no tienen cabida aquí. Ni más faltaba), asegura que “si un buen amigo te clava un puñal por la espalda, puedes empezar a dudar de su amistad”.

Ojo. No dice esa joya de la sabiduría condensada que empieces a dudar si te clava el puñal en el corazón, sino en la espalda. Si lo hace en el núcleo cardiaco no podrás dudar que los afectos han cambiado. El mensaje será tajante. Tendrás que buscar nuevas amistades en otra parte, quizás en alguno de los dos lados a los que se hizo referencia en el primer párrafo.

En cambio, por la espalda, ese mismo gesto es incierto. Puede ser que se trate de un asunto, como los ya referidos, de mero aburrimiento, una forma fuerte de expresar congoja momentánea o algo más grave pero que demuestra la amabilidad del amigo que no quiere, por ninguna circunstancia, arruinarte el corazón.

En cualesquier de esas eventualidades se acerca a ti y ¿dónde te da las palmadas? No, desde luego, en el pecho, sino al otro lado, en la espalda. (Aunque a veces, lo confieso, he tenido alucinaciones en las que, a una amiga generosa, la reconforto allí precisamente donde su generosidad se torna más corpórea).

En su mítico Diccionario del Diablo, Ambroce Bierce trae una formidable definición de espalda: “La parte de un amigo que tendremos el privilegio de observar en tiempos de adversidad”.

En efecto, los buenos amigos te entregan el bien más preciado justo cuando más lo necesitas: la espalda. Te la dan con largueza y con donaire. Largueza sobre todos los amigos de posición elevada (y larga espalda) y don aire de suficiencia y superioridad y apáñatelas como puedas que conmigo cuentas cuando estés mejor.

(Por algo que no sé me encanta que mis amigas me dan la espalda. Olímpicas y rotundas no puedo evitar quedarme contemplando la terminación de ese irse al horizonte ojalá sobre tacones puntilla mientras bendigo la gracia de su esplendidez bien dispuesta).

De ahí porqué no entiendo la mala fama que le atribuyen a la espalda de los amigos. Giovanni Papini demostró que Judas, buen amigo de Jesús, le dio la espalda para que pudiese cumplir el escarnio de la Verdad a cambio de la mala fama que se le imputó al Iscariote por lo que ninguno otro de la docena estaba dispuesto a hacer cuando lo que querían no era que se cumpliera la Palabra sino asegurarse un diván a la diestra, allá arriba.

Apolonio de Tiana contabilista de dioses trata con gobernantes de la talla de Vespasiano, Tito y Domiciano. Le gusta estar cerca del poder y hacer buenos amigos entre los emperadores del último ciclo, dice, para influir benéficamente en ellos.

Habla mal de Éufrates, por que éste le dio la espalda en momentos de premura económica. ¿Qué se esperaba, acaso, de un discípulo próximo y querido? ¿Qué le pasara, como un ladrón por debajo de la mesa, una bolsa con un par de centenes para, por si acaso, se le ofrecía en algún trance digamos, por ejemplo, una invitación a la corte para jugar cartas o damas?

No. Hizo bien Éufrates en darle la espalda a su maestro en el justo momento en que más la necesitaba. Así Apolonio aprovechó el tiempo, como lo hago ahora, en escribir.



cgcuevas@divertinajes.com
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