2 de abril de 2004

Asuntos complementarios: soluciones efectivas

La alegría ¿Es complementaria de la abundancia? ¿El ocio de la pobreza? ¿La fraternidad del cansancio? No creas, querida lectora invisible que supongo al otro lado de Acá, que se trata de preguntas orientadas a atizar, ahora desde una perspectiva fenomenológica, el debate sobre las interacciones casuísticas que inició hace poco Friedrich Württemberg contra la Escuela de Strafford. No, aunque tentado estoy.

Es algo más simple y cotidiano: preguntas que se hace uno mientras va por Teusaquillo rumbo a los oficios del día. Cae una tibia llovizna mañanera sobre esta parte de mi ciudad -útero abierto entre montañas- que se levanta entre la fragancia de los eucaliptos y los sietecueros.

Entonces, en lugar de detenerse en el recuento de los noticieros o en las cosas rutinarias, le da al caminante por pensar porqué parece que hay contento, sólo cuando se tienen resueltas (o, eso creemos), las cosas materiales. Quizás por eso tanto afán en las bolsas y aún detrás de ellas.

De hecho, piensa mucha gente, la alegría es consecuencia lógica, virtud derivada, de la abundancia. No nace de generación propia o espontánea. (Habría que averiguar si hay alegrías que producen alegrías o alegrías que se dan por que sí: un rayo de ternura en la madrugada, por ejemplo, que viene de la nada y va a ninguna parte).

Tendremos pues que aplazar el proyecto encaminado a ser alegres y retomar el sendero de los que buscan la prosperidad primero. Sin preguntar, obviamente, por qué parecen estar siempre tristes los rollizos banqueros suizos y argentinos (también he visto uno que otro cubano, aunque menos rollizo).

Hojea una revista sobre temas geográficos, un periódico de Allá con noticias de Acá, o un informe de cualquier ONG sobre nuestra trágica situación. Verás repetida, en las calles de Puebla y de Sao Paulo, la misma imagen del hombre acuclillado, las rodillas huesudas sosteniendo los codos, la mirada perdida, un pobre perro flaco que no hace nada. Ni siquiera descansa.

Aunque, menos dramática, también es frecuente la fotografía de la hermosa mulata que baila todas las semanas de todos los años hasta el amanecer, la del muchacho que vive dormitando sobre un burro que atraviesa estos valles inmensos.

Es dable concluir, por la repetición de esos cuadros (con algunas variantes recientes, fruto, talvez, de la globalización), que la ociosidad es el ejercicio preferido de nosotros, los pobres. Que nos encanta estar tirados en las aceras polvorientas, en las playas produciendo bostezos en vez de sudar para llenar los graneros.

Así revertiría aquel viejo precepto según el cual la pereza es la madre de todos los defectos, incluida la penuria. De ahí que gané adeptos la idea de la UNESCO en el sentido de que la anomia y la violencia son rasgos que identifican la cultura del pobre, si es que todavía no la han relegado al elemental folklore.

El cansancio, antes de convertirse en genuino agotamiento, produce un instante (a veces prolongado, pero casi siempre fugaz) en que nos hermana con el universo cercano.

Es eso lo que explica los abrazos de borracho: antes de caer la cabeza, por consumir cerveza derrotada en la mesa, los ebrios se deshacen en cariñosas muestras no a resultas, como se había supuesto inicialmente, del licor en el nervio simpático sino porque ya están cansados de la eterna rutina.

Esta misma hipótesis se está verificando en algunos cuarteles y cárceles: después de fuertes jornadas de trote alrededor del campo, los soldados y presos que almacenaban hosquedad en sus morrales, ahora los abren amistosos al sudor compartido y un bocado de agua comparten al hermano que era antes enemigo.

En tales circunstancias, los pueblos que aspiren a la alegría como lema deberán trabajar arduamente en las acumulaciones.

De modo similar, los industriales del esparcimiento deberán investigar el potencial de consumo de los desarrapados que, aunque no tienen una moneda, se la pasan tendidos con tiempo para todo (hasta para esas películas de serie, sin hablar de Internet infinito y la música country cuyos goces requieren muuucho tiempo).

Y con careras por el desierto al unísono entre las tropas pacificadoras y los temibles afganos, o encerrando a beber terroristas y víctimas, es probable que la ONU por fin pueda dar un parte de victoria, con la paz proveniente del hastío mundial.



cgcuevas@divertinajes.com
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