22 de marzo de 2004

Amable solicitud para que abras tu ventana

El solo prurito de haber sobrevivido a unas cuantas catástrofes me permite recomendarte -lectora imaginaria a la que evoco siempre que me siento frente al computador a trazar estos apuntes para Divertinajes.com-, un único remedio contra la desesperanza que puede acometerte después de sentir las ondas del terror en Madrid: abre las ventanas.

Como el caso es urgente me impone ser preciso, sin metáforas. Debo advertir, en consecuencia, que cuando digo ventanas, me refiero a aquel invento sin memoria ni dueño que separa lo interno de lo externo a través de una capa, usualmente de vidrio, atornillado a una batiente (de aluminio, hierro, madera o sentimientos).

En el interior (también conocido como “este lado de la ventana”), por lo general estás tú. Y, al otro lado nosotros, los demás: el ruido, los hambrientos, sus canciones: si quieres escuchar el silencio insomne de los vientos, abrigarte en su frío o bendecir tus gestos, la abres. Pero echas los cerrojos cuando prefieres alejar esos sueños, distintos de los tuyos, para dormir sobre la placidez de tu caudal.

Ahora, como Neruda, voy a contarte amiga mía. Un hijo salió aquel día en brazos de su padre, apenas intentaba cumplir el primer año, a despedir al tío que siempre se aprecia si va a ningún lugar cuando, de pronto en la mañana que quiebra los cristales, irrumpió una hecatombe de metralla.

Todos fueron ilesos: el niño que, ahora mocetón, se yergue contra la estatura del padre, el tío triunfante en otra parte cultivando ahuyamas y hasta la prima que aún no había nacido y hoy administra un par de espléndidas caderas en Ibiza.

Existen los milagros si, antes del eco de las bombas que buscan la matanza, las ventanas se abren a una sincera solicitud de abrigo.

Cuando voy a la cama despido las cortinas. Así repaso el hondo camino de las nubes, por si acaso despierto. Veo los cerros andinos y alimento una cacatúa y esa pareja de canarios que aún no quiere perpetuar su estirpe en cantos amarillos. Luego a los oficios del día: a redactar decretos en favor de las nubes, a reclamar derechos y a jugar con la risa.

Ya olvidé la fecha en que crucé el puente que vive a mis espaldas. Subí sus escaleras. Las bajé y me monté en un taxi. Cuando llegué, más tarde, el portero me abrazó sin nostalgia pues me encontraba vivo: unos minutos, según me dijo, después de haberme ido, el puente sucumbió bajo una ráfaga criminal: Allí cayó un mendigo, mi amigo, 12 personas más y algunos policías.

Por ellos, mi lectora, todavía me emborracho: venían a mi vida sin requisitos previos. Regresan, cuando quieren, a comer en mi plato, roban de la alacena cuando les da la gana.

¡Bienvenidos ladrones si han de llevarse la honra guardada en los cajones! Bicocas, joyería, el alma de los oros y esa bisutería de imperios demolidos por razones de Estado. ¡Vengan a los bolsillos! ¡Beban de nuestras copas¡ Todo lo que se lleven, si acaso se lo llevan, es nuestro, compartido, no importa donde duerman. ¿Acaso, me pregunto, lo nuestro no es lo tuyo confundido con lo ajeno?

El vicio de cultivar mendrugos es un crimen cuando se ponen frenos a la solicitud trabajadora de los hambrientos.

Cuando todo es de nadie se acaban las fronteras, los jueces y sus jaulas. Vibran las primaveras mezcladas en floreros. Las bombas se acuclillan. Las pistolas se orinan si abrimos las compuertas.

Atocha es mi estación predilecta del año. Era un otoño helado cuando allí yo sudé cenando en Samarcanda. Atocha a mí encanta porque siempre encontré en sus pasillos los pañuelos de un adiós que llega y el sombrero de ciertas despedidas. Es mi jardín de encuentros, mi sueño, y mi esperanza de llegar a una boda querida por sus trenes exactos.

Con Sabina yo me quedo en Madrid, yo me bajo en Atocha mientras tú, buena lectora, abres esa ventana rodeada de escombros a ésta, mi serenata indígena que te canta versos con olor a jacintos y rumores de orquídeas.

Evita la nostalgia de los truenos que matan. Las ansías valen tanto si no atosigan el alba. Abre tus piernas, vida, siente que son ventanas: bares repletos de profetas que llegan desde Acá, desde el Sur sólo para bailar sedientos a la hora que cierran los burdeles.



cgcuevas@divertinajes.com
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